Pan y rosas, gritaron 15.000 mujeres en 1908, costureras industriales y trabajadoras textiles que luchaban por jornadas dignas, mejores salarios y el fin del trabajo infantil. Los reclamos habían comenzado en 1857 allí mismo, en Nueva York, donde miles de inmigrantes eran explotadas, y en Europa. Pero ese año, el 8 de marzo, fallecieron 129 trabajadoras en un incendio provocado por los patrones. En realidad hubo 2 incendios que a veces se confunden: en Cotton Textil Factory, y en la fábrica de confección de camisas Triangle Shirtwaist (1911), la tragedia más documentada. Cincuenta y cinco años después, aquí en Buenos Aires, recuerdo a mi madre trabajando en una fábrica de ropa como costurera, donde yo, cerca de los quince años, también trabajaba con la categoría de “aprendiz” en el sector mantenimiento. Un año antes había trabajado con un devanador de lana en un taller textil más pequeño. El dinero era escaso, y aunque ya había más derechos, jornada de ocho horas, obra social, vacaciones, voto femenino, otros faltaban, la lucha sigue para ellas. En el documento de mi madre, como en el de todas las inmigrantes que llegaban de España, en ocupación figuraba “sus labores”, eufemismo que abarcaba el trabajo doméstico, cuidado de hijos, enfermos y, a menudo, actividades de costura o tejido, incluso si estas últimas se vendían. Es decir, en dos palabras se reflejaba la dependencia de la mujer y la falta de reconocimiento económico de las tareas domésticas.