Opinión

A finais do ano pasado, en Montevideo, o meu vello amigo Xosé Monterroso Devesa publica (pagando do seu peto) Tres mil nomes galegos do Uruguai que sumado aos dous anteriores de 2009 e 2011 (Mil e pico de nomes galegos do Uruguai) son unha triloxía que merece a maior atención porque estamos diante dun rigoroso labor de investigación sobre a emigración galega na República Oriental do Uruguai. Despois de máis de medio século de ininterrompida actividade cultural defendendo a nosa identidade propia, mantén o seu compromiso de poñer en valor a achega dos que acougaron as friaxes na Banda Oriental.

Deixou escrito José Luis Alvite que “os galegos son uns señores moi prudentes e moi reservados que só esaxeran ao calar”. Sei que Alfredo Conde sabe máis polo que cala que polo que conta. E demostrouno unha vez máis ao recibir o premio da Asociación de Xornalistas de Galicia (APG) que leva o nome de quen, sen estar, permanece por homenaxe ao seu talento no vello Finisterre. Un Oeste onde se intenta matar en vida cando moitos tratan de obviar o obvio, é dicir, o talento de personalidades como a do ourensán xenial, mahiano de adopción e brionés de residencia. Premio Nacional de Literatura, Premio Nadal e tantos outros, autor de ducias de relevantes novelas, contos, guións e de máis de 20.000 artigos. Os xornalistas querémolo, admirámolo e recoñecémolo aos seus oitenta e un espléndidos anos.

“Hacia las últimas décadas del siglo XIX las naciones iberoamericanas, nacidas a la vida independiente al filo del primer cuarto de la centuria, se percataron de que ya eran dueñas de ‘un pasado’. De un pasado que, por natural encorpamiento, ya no era solo un pasado ‘colonial’ sino –y además– ‘nacional’, de un pasado urdido en los repositorios documentales todavía mal organizados y peor conservados, pero también sedimentados en la memoria de las gentes en ese entonces provectas, actores, comparsas, a veces meros testigos de los acontecimientos y procesos fundacionales”, escribe Carlos Real de Azúa en el pórtico del libro Montevideo antiguo, cuyo autor es el notorio Isidoro De María, publicado en la ‘Editorial Universitaria’, Buenos Aires, 1965.

“Llegamos al pueblo grande de Redondela. No pudimos encontrar una posada a pesar de ser una localidad importante. Un peregrino que había ido a Roma a ver la tumba de los Apóstoles y que había llegado hacía poco, como había pasado por Francia, nos ofreció su casa en recuerdo de las buenas posadas de nuestro país”, escribe Fray Claude de Bronseval en la bella y gallega Redondela el 26 de junio de 1532. Es la “vivencia” de la peregrinación a Santiago de Compostela. “Caminamos por espacio de media legua llegando al alto de un montecillo que se llama ‘Monte del Gozo’ desde donde contemplamos el tan suspirado y ansiado Santiago, que quedaba distante como a una legua. Descubierto así de pronto, caímos de hinojos, y fue tanta la alegría que saltaron las lágrimas de nuestros ojos y comenzamos a cantar el ‘Te Deum”, leemos a Domenico Laffi en su texto Viaggio in Ponente a S. Giacomo di Galicia e Finisterre, publicado en Bologna en 1673.

 

​La luz de este jueves de abril sobre el Tajo baña una ciudad que aún resuena con los debates y las reflexiones de la jornada precedente. Lisboa, siempre abierta al pensamiento, albergó una cita de hondo calado intelectual y político que trasciende la mera actualidad. La capital lusa se convirtió en el epicentro de la reflexión compartida con la celebración del IV Foro La Toja-Vínculo Atlántico, un encuentro impulsado por Amancio López Seijas y el Grupo Hotusa que, bajo el cielo lisboeta, ha buscado fortalecer los lazos entre España y Portugal en un contexto cada vez más complejo.

Acabo de releer el magnífico libro de la periodista española Tereixa Constenla sobre la Revolución de los Claveles, un relato esencial para comprender la singularidad de un proceso que transformó la Península Ibérica. La autora logra sintetizar la belleza de un levantamiento donde la decencia se impuso a la dictadura a través de un gesto puramente civil. Como bien escribe la estradense de Arca, el 25 de abril fue la revolución más hermosa del siglo XX, una anomalía romántica en un mundo de jerarquías rígidas, donde los soldados no buscaban el poder, sino la entrega de este a los ciudadanos.

“Al eclipse de la luna, viéndola ir negreciendo, decían que enfermaba la luna, y que si acababa de oscurecerse, había de morir y caerse del cielo, y cogerlos a todos debajo y matarlos, y que se había de acabar el mundo. Por este miedo, en empezando a eclipsarse la luna, tocaban trompetas, cornetas, caracolas, atabales y atambores, y cuantos instrumentos podían haber que hiciesen ruido; ataban los perros grandes y chicos, dábanse muchos palos para que ahullasen y llamasen la luna, que, por cierta fábula que ellos contaban, decían que la luna era aficionada a los perros por cierto servicio que le habían hecho, y que oyéndolos llorar habría lástima de ellos, y recordaría del sueño que la enfermedad le causaba”, leemos en el texto de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso, libro publicado en Lisboa en 1609; la segunda (la Historia general del Perú), vería la luz póstumamente en la andaluza Córdoba, en 1617.

Hay noticias que no hacen ruido, pero marcan época. Esta es una de ellas. La medicina gallega vuelve a situarse en la cúspide de la investigación internacional con la publicación en ‘Scientific Reports’, del grupo Nature, de un avance llamado a cambiar el enfoque terapéutico de la orbitopatía de Graves. Se trata de una enfermedad autoinmune inflamatoria que afecta a los tejidos de la órbita, tanto a los músculos como a la grasa ocular, y que se caracteriza principalmente por la protrusión de los ojos, la hinchazón de párpados y, en casos más avanzados, la visión doble o el riesgo de pérdida de visión.

“Comenzaré a contaros que Lisboa es capital de Portugal, residencia de su rey, ciudad grandísima, y magnífica, habiendo gran cantidad de población, que para magnificarla los portugueses usan cierto proverbio: quien no vio Lisboa, no vio cosa buena. La ciudad tiene un soberbio puerto de mar, segurísimo, a la orilla del gran río Tajo, por el que introduce la mayor parte de las preciosísimas mercancías orientales, y de otras partes del mundo, y dicho puerto manda para fuera gran cantidad de mercancías a diversas partes de Europa”, leemos en las fervorosas páginas escritas por el viajero Nicola Albani en la ciudad lisboeta el 4 de febrero de 1744.

Tengo la evocación hermosa de un paseo por el Ródano, un instante eterno de felicidad. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿cómo puede uno evocar un lugar o un momento en el que nunca ha estado o que jamás ha vivido? Esa es la eternidad de la imaginación, la que regalan la poesía, el arte, la literatura, el periodismo. Somos parte de nuestra propia creatividad y de la de nuestros seres admirados; habitamos una subjetivación que no deja de ser nosotros mismos.
Los amigos que forman la barra del ‘Rover’ están muy enojados. No quieren que la unión bélica de Estados Unidos e Israel acabe con la milenaria civilización persa. Son defensores de la vida en libertad y no aceptan que los matones se impongan por la fuerza. Esperan que sea derrotada la poderosa mafia sionista que engrasa con coimas millonarias al presidente pedófilo.
Quipu quiere decir añudar y ñudo, y también se toma por la cuenta, porque los ñudos la daban de toda cosa. Hacían los indios hilos de diversos colores, unos eran de un color solo, otros de dos colores, otros de tres y otros de más, porque los colores simples y los mezclados todos tenían su significación de por sí. Los hilos eran muy torcidos de tres o cuatro liñuelos y gruesos como un huso de hierro, y largos de a tres cuartas de varas, los cuales ensartaban en otro hilo por su orden a la larga, a manera de rapacejos. Por los colores sacaban lo que se contenía en aquel tal hilo, como el oro por el amarillo, y la plata por el blanco, y por el colorado la gente de guerra”, leemos en las páginas de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso, obra publicada en Lisboa, en 1609; la segunda (la Historia general del Perú), saldría póstumamente en Córdoba, en 1617.

Artes se asienta con la solidez de las granodioritas hercínicas en la ladera oeste que dibujan los montes de San Alberte y A Cidá, últimas estribaciones de una sierra del Barbanza, que aquí se rinde ante la inmensidad del Atlántico. Es un mirador privilegiado, un balcón natural donde la geografía gallega se vuelve abierta y rotunda, expuesta a los vientos nobles y a esas lluvias que alimentan un paisaje de verdes profundos y azules salitres. Ante la mirada se despliega el espectáculo de un horizonte oceánico y arenoso, definido por el complejo de Corrubedo y las lagunas de Carregal y Vixán, donde la duna activa de los Montes da Area custodia un ecosistema de marismas y canales mareales que son puro latido geológico.

“Presentar en 1998 una exposición producida en Galicia y pensando en Portugal así nos ha llevado, a partir del criterio de recalcar uno de los muchos lazos de hermandad que existen entre ambos pueblos. Y dada la ocasión de que el punto de partida para iniciar una posible itinerancia era nada menos que esa gran capital europea que es Lisboa, en un momento en su día a día de una Exposición Universal, se estimó que, de algún modo, la propia urbe lisboeta debería de implicarse en el desarrollo de la muestra en cuestión”, escribe el ilustre profesor José Manuel García Iglesias en la excelsa obra titulada Lisboa-Santiago. La espiritualidad y la peregrinación jacobeas, ‘Xunta’ de Galicia, ‘Consellería de Cultura, Comunicación Social e Turismo’, ‘Xacobeo’ 99’/ Galicia.

Resulta prodigioso que un nombre de resonancias tan clásicas –derivado del latín Amantius, aquel que ama o es digno de ser amado– haya terminado por configurar una suerte de estirpe del éxito en la Galicia contemporánea. No es una coincidencia menor que figuras tan dispares en sus disciplinas, pero tan convergentes en su excelencia, compartan este apelativo que parece imprimir un carácter de laboriosidad y triunfo silencioso.

“Debo puntualizar el criterio que me ha guiado al hacer esta selección y aclarar, de paso, el subtítulo de ‘Antología vivida’. Al releer los Comentarios Reales he tratado de extraer todos los materiales que se pueden suponer respaldados por el vivir del Inca. O sea, todo aquello que, de manera directa o indirecta, se engarza en la médula de su biografía. Pero no olvidemos el coeficiente imaginativo de una obra escrita a tantos años de distancia de la experiencia misma. El Inca Garcilaso prodiga en sus obras las aseveraciones: ‘Yo lo vi’, ‘Yo lo hice’, ‘Yo lo oí”, escribe el eminente filólogo y profesor de Literatura Juan Bautista Avalle-Arce en la ‘Aclaración preliminar’ de su inigualable libro titulado El Inca Garcilaso en sus ‘Comentarios’ (Antología vivida), Editorial Gredos, Antología Hispánica, nº 21, Madrid, 1970.

“Namentres que as creacións literarias dos demáis pobos europeos xa fai tempo que son patrimonio de xente culta, ben pouco se sabe, entre nós, da cultura e da literatura dos celtas. Da literatura dos irlandeses, a ponla máis vizosa da álbore céltiga, somentes se conocen as obras da escola poética anglo-irlandesa, dende Thomas Moore hasta William Butler Yeats e Synge, que por estaren escritas nunha lingua allea non poden dar, como é natural, unha imaxe fiel do esprito celta”, escribe el filólogo checo Iulius Pokorny en la ‘Introducción’ de su obra Cancioeiro da poesía céltiga, publicada en edición ‘facsímil’ por ‘Bibliófilos Gallegos. Biblioteca de Galicia, nº V’, y traducida por los escritores y filósofos gallegos Celestino Fernández de la Vega y Ramón Piñeiro en Santiago de Compostela en 1952, como “Homenaxe do Consello da Cultura Galega, 1991”.

La ciudad de Alcalá de Henares, cuya historia respira el legado universal de Cervantes, ha servido de baluarte para una respuesta necesaria y urgente de los editores de la Unión Europea y América Latina. Bajo el paraguas de EditoRed, se ha proclamado la Declaración de Alcalá de Henares, un documento que no solo analiza la vitalidad del español en el siglo XXI, sino que se erige como un código deontológico frente a una transformación sistémica que amenaza con desvirtuar el oficio. Este manifiesto de resistencia subraya que, ante el desborde tecnológico, la esencia ética del periodismo debe permanecer inalterable.

Pan y rosas, gritaron 15.000 mujeres en 1908, costureras industriales y trabajadoras textiles que luchaban por jornadas dignas, mejores salarios y el fin del trabajo infantil. Los reclamos habían comenzado en 1857 allí mismo, en Nueva York, donde miles de inmigrantes eran explotadas, y en Europa. Pero ese año, el 8 de marzo, fallecieron 129 trabajadoras en un incendio provocado por los patrones. En realidad hubo 2 incendios que a veces se confunden: en Cotton Textil Factory, y en la fábrica de confección de camisas Triangle Shirtwaist (1911), la tragedia más documentada. Cincuenta y cinco años después, aquí en Buenos Aires, recuerdo a mi madre trabajando en una fábrica de ropa como costurera, donde yo, cerca de los quince años, también trabajaba con la categoría de “aprendiz” en el sector mantenimiento. Un año antes había trabajado con un devanador de lana en un taller textil más pequeño. El dinero era escaso, y aunque ya había más derechos, jornada de ocho horas, obra social, vacaciones, voto femenino, otros faltaban, la lucha sigue para ellas. En el documento de mi madre, como en el de todas las inmigrantes que llegaban de España, en ocupación figuraba “sus labores”, eufemismo que abarcaba el trabajo doméstico, cuidado de hijos, enfermos y, a menudo, actividades de costura o tejido, incluso si estas últimas se vendían. Es decir, en dos palabras se reflejaba la dependencia de la mujer y la falta de reconocimiento económico de las tareas domésticas.

Repasando la geografía chilena, la ribera sur del Estrecho está constituida, en su parte oriental, por la Gran Isla de Tierra del Fuego; en su parte occidental, por otras islas de dimensiones menores, a saber: Dawson, Capitán Aracena, Clarence, Santa Inés, Jacques y Desolación. Bajo el nombre de “Tierra del Fuego” se designa a toda la región situada al sur del Estrecho de Magallanes. De modo contrario, las islas y penínsulas que se hallan al norte del Estrecho, solitarias, suelen estar habitadas de manera estable. Así es como –frente a Magallanes– se presenta Puerto Porvenir, señalado centro ganadero; en el interior existen también no pocas “estancias”. En las costas del canal de Beagle se encuentran muchos centros agrícolas y ganaderos, especialmente en la costa argentina.