“Figurémonos una población en tinieblas, con más huecos, zanjas, albañales, estorbos y desperfectos que otra cosa; en que para salir de noche, era preciso hacerlo con linterna, para evitar tropezones y caídas, por cuanto uno que otro farolito en la puerta de alguna esquina, que desaparecía al toque de ánimas, en que todo se cerraba, no suplía la necesidad de alumbrado en las calles. Se hacía indispensable alumbrado público siquiera en la calle principal de San Pedro y en una que otra de lo más poblado”, escribe el narrador y periodista Isidoro de María en su fiel Montevideo antiguo (selección), Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1965.