Opinión

¿Y de qué mejor y popular manera para conocer y disfrutar del Cañón del Sil que navegando por el mismo río Sil? Porque, en efecto, debido a la construcción de embalses con el fin del aprovechamiento eléctrico, el hermoso y abnegado río es, digamos, “transitable para las embarcaciones que llevan a término las denominadas “rutas fluviales”. ¿Y cuáles son los “embarcaderos”? Santo Estevo, en Nogueira de Ramuín, Abeleda, en Castro Caldelas, Ponte do Sil-Deputación de Lugo, en Monforte de Lemos y, por último, Os Chaneis, en Sober. He aquí –entre otras oportunidades que nos brinda el Cañón y riberas del Sil– la extensa red de “miradores”, inefables “belvederes” que incluso se sitúan en las zonas más elevadas del Cañón. De tal modo que con asombro divisamos tanto el “encajado” recorrido del Sil como las tierras que se distienden a su alrededor.
As palabras defínennos, definen a Galicia: auga, norte, océano, entroido, cor, memoria, paisaxe, pedra, chuvia, ocaso, emigración, morriña. Son fermosas, sonoras, sonantes e útiles; serven para o diálogo, para crear, para deseñar mesmo mundos inauditos. Temos a sorte das palabras, dos seus significados sentimentais, da súa música, desde pronunciar con engado líquido, lírico, como son de gaita, pegado á terra, do seu debalar, da súa emotividade. Abracemos as palabras.
Desde las postrimerías de 1700 hasta comienzos de 1900 la pelea ‘anticanina’ en la metrópoli de Buenos Aires presentó perfiles épicos. “Los perros cimarrones –escribió el Padre Cattaneo en 1730– cubren todas las campañas circunvecinas y viven en cuevas subterráneas que trabajan para ellos mismos, y cuya embocadura parece un cementerio por la cantidad de huesos que la rodean”. Evoco ahora a esas personas que son llamadas a “pasear a los perros” por plazas y plazas de la ciudad de Buenos Aires. Son perros asidos al extremo de una cadena. Seguramente que esos sirvientes albergarán ideas y sentimientos “subversivos” o, cuando menos, “asimétricos” respecto de los cánones ciudadanos.
Hay jueves que nacen destinados a trascender el calendario ordinario para inscribirse con letras de oro en la historia del arte gallego. El que congregó a la sociedad gallega en el Edificio Castelao del Museo de Pontevedra, este 23 de julio, no fue una cita cultural más; se convirtió, por derecho propio, en una referencia inexcusable. En las calles de esa Pontevedra natal que vio nacer y crecer a José Freixanes, el aire parecía impregnarse de una emoción tangible, la misma que guardan los escenarios de la infancia y que alimenta las vocaciones más puras. Aquel espacio vibró con la calidez de un reencuentro entrañable, el de una familia y una ciudad volcadas en abrazar el legado eterno de uno de sus hijos más insignes, haciendo justicia histórica a una trayectoria inolvidable.
Nos hallamos ante el prodigio: cañones y sierras, llanuras y valles; una excepcional riqueza de flora y fauna, así como un legado cultural vivo que han transformado el territorio de ‘Ribeira Sacra’ y ‘Serras do Oribio e Courel’ en la Gran Reserva de la Biosfera de la Unesco. Toda esta comarca comprende una superficie total de 306.535 hectáreas, esto es, el 10% del territorio continental de Galicia, distribuidas entre 23 municipios de las provincias de Lugo y Ourense. De ellos, 18 pertenecen al ‘geodestino’ de ‘Ribeira Sacra’. De Lugo, Bóveda y Carballedo, Chantada y Monforte de Lemos, Pantón y Paradela, A Pobra do Brollón, Portomarín y Quiroga, Ribas de Sil y O Saviñao, Sober y Taboada. De Ourense, A Peroxa y A Teixeira, Castro Caldelas, Nogueira de Ramuín y Parada de Sil.
El tiempo, en su discurrir inexorable, teje alianzas insospechadas entre la memoria y el porvenir. España, Marruecos y Portugal acogerán en 2030 el centenario de la Copa del Mundo, un hito mayúsculo que enlazará tres continentes y cuya piedra fundacional volverá a posarse sobre la hierba de Montevideo. Se trata de un homenaje de justicia poética a la primera gran cita de este deporte, aquella epopeya de 1930 que coronó a la selección uruguaya frente a la escuadra argentina en un duelo fratricida y memorable.
O 21 de xullo de 1958 non foi un día de moita calor e quizais sexa por iso que estou aquí segundo comentou o enfermeiro que me fixo a transfusión no sanatorio compostelán do doutor Baltar. Poida que fose o xersei de manga longa que me puxo a miña nai o que me salvou xa que evitou unha maior perda de sangue e tamén que as poutas non afondasen máis do meu corpo de cinco anos. Despois de xantar fun cos meus tíos e un amigo, un par de anos maior, ata unha leira dos meus avós maternos perto do camiño que leva a Vimianzo. Mentras os meus tíos facían os seus labores, nos os dous, enredábamos nun espazo de encrucillada que tiña no chan unhas xeitosas pedras brancas e unha area moi fina do seu redor. De súpeto o meu compañeiro berra forte: Manoliño que vén o lobo! e sae correndo na busca dos meus tíos. Eu vou detrás (non vin lobo nin loba) pero antes de cruzar o pasadoiro feito nun valado dunha leira que está a poucos metros de distancia, sinto a trabadura duns dentes e o rabuñado dunhas poutas que non sei a que animal pertencen xa que non abrín os ollos.
En la Argentina, el mundo de la Pampa, al decir de Morand y Keyserling, vive, extasiado, el cielo y la luz; el color, inexorablemente variado, si bien siempre orante y humilde. “América es el Continente de los pájaros”, dejó escrito el británico Guillermo E. Hudson, el autor de El Ombú, Allá lejos y hace tiempo, y Mansiones verdes. Mas la ciudad de Buenos Aires, con su febril crecimiento, fue, en alguna medida, cerrando la hermosa simpatía por el campo abierto y la plena Naturaleza. “Hay en Buenos Aires más pájaros enjaulados que en libertad. Si Hudson, que describió y catalogó las distintas especies de pájaros, hubiera quedado entre nosotros, no habría escrito tampoco Pájaros en Londres”, señala el ensayista y escritor Ezequiel Martínez Estrada en su excelente obra La cabeza de Goliat. Microscopia de Buenos Aires, Ediciones de la ‘Revista de Occidente’, en ‘Cimas de América’, colección dirigida por Eduardo Caballero Calderón, Madrid, 1970.
Antes de conocer el mundo, lo leímos. Antes de caminarlo, ya habíamos recorrido sus sendas, descifrando la urdimbre, esa palabra hermosa que nace del latín ordiri para tramar o tejer nuestra propia existencia. Fuimos porque otros soñaron antes. Navegamos con la Odisea y la Eneida, descendimos a los abismos con la Divina Comedia para aprender que siempre hay un camino hacia la luz, y dimos la vuelta al mundo de la mano de Julio Verne, antes de sumergirnos en el Nautilus con el Capitán Nemo en la Ría de Vigo en busca de los legendarios galeones de Rande. Habitamos la selva primigenia con Rudyard Kipling, sobrevivimos a la soledad con Robinson Crusoe y buscamos tesoros en las islas de Robert Louis Stevenson, cartografías que resultaron ser los mapas inexplorados de nosotros mismos.
Llegar a los sesenta y cuatro años es alcanzar un mirador sereno desde el cual se contempla el paisaje vivido sin el vértigo de las primeras cumbres. Me presento a esta nueva vuelta al sol con la misma curiosidad que me ha guiado siempre, aprudentado pero jamás claudicante, entendiendo que el calendario no es más que un inventario de asombros y que cada jornada sigue despuntando con sus afanes intactos. Me modero, o al menos lo intento, ante una realidad confusa, consumista, globalizada, y procuro que mis pretensiones sean abarcables, comprensibles, próximas, asumibles. El tiempo, ese escultor incansable, nos va cincelando el alma con la precisión de un artesano, despojándonos de lo superfluo para dejarnos en la esencia.
Continuando con el maravilloso cosmos de los petroglifos y su sagrado enigma prehistórico de Galicia, ahora nos situamos en el Ecoparque Arqueológico “Monte Tetón”, cuya creación ha permitido conservar y difundir el tesoro milenario de su patrimonio cultural. El área exhibe senderos señalizados, así como miradores y zonas de descanso, lo que facilita el acceso a estas insculturas rupestres, concediendo licencia para su integración en este hermoso entorno natural.

Si transitamos por las calles de Buenos Aires, la ciudad, con sus puertas y balcones, se asemeja a la urbe que Juan Agustín García denominaba “Ciudad de comerciantes”. Hasta mediados del siglo XIX, se hallaban las “bandolas” –especie de ropavejerías portátiles– donde se mostraban de modo atrayente las baratijas. Simultáneamente, bajo la “recova” del Cabildo, en la que seres humanos aguardaban, a su lado un platillo, la limosna para el sepelio. Aquel Buenos Aires de los viajeros ingleses del inicio del siglo XX –como el de Hudson y Cunninghame Graham, Wilde y Bilbao– estaba algo más arriba de las cejas del transeúnte. El color del jalbegue y de las persianas, al igual que el estilo y clase de la forja de los balcones, eran, desde luego, de distinto gusto, además de viejos.

Desde el lugar más pequeño del mundo se puede observar todo el universo. El escritor Vicente Risco recreaba su erudición situando cada pequeño recuncho de Galicia en el vértice de un cosmos de sueños, ambición e imaginación. Cada rincón del viejo Finisterre se incrusta de sus propias historias, de horizontes singulares, de deseos humanos y ambiciones soñadoras. Un horizonte para un gallego siempre fue un reto insoslayable; lo ha sido en lo físico, en lo geográfico, en lo social y lo es muy singularmente en la creación artística, literaria y plástica.

Estoy delante de eternos ciervos, exactos círculos concéntricos e inextricables laberintos. Paisaje colmado de símbolos cuya significación continúa siendo un sagrado misterio. Así, a simple vista, pudieran ser meras figuras inscritas en las rocas, pero los grabados rupestres constituyen un inefable legado de antiguas civilizaciones. Ciertamente, Galicia es uno de los territorios con mayor riqueza en arte rupestre, superando las 3.400 estaciones catalogadas hasta hoy, específicamente concentradas en las ‘Rías Baixas’, ‘Terras de Montes’ y ‘Baixo Miño’.

El Camino de Santiago es, ante todo, un milagro de pervivencia. A través de los siglos, esta ruta ha sido el gran cauce de la convivencia, el intercambio cultural y el respeto profundo por el otro, valores que hoy, en un mundo convulso, resultan más necesarios que nunca. Al asomarnos al horizonte del Año Santo Jubilar 2027, nos encontramos ante la oportunidad de renovar esa esencia, conjugando la memoria histórica con los desafíos de una modernidad que exige excelencia, sostenibilidad y una visión estratégica de alcance universal.

Entender el alma de una nación a través de sus objetos es una tarea que requiere una mirada experta y, sobre todo, una sensibilidad capaz de leer el devenir de los siglos. El director de las Colecciones Reales, oriundo de tierras lucenses, Víctor Cageao lidera hoy la puesta en valor de un conjunto patrimonial que ha sido, históricamente, el reflejo de la evolución política y estética de la Corona española. Lo hace por decisión de sus majestades Felipe VI y Leticia. Su enfoque, alejado de las visiones anquilosadas, prioriza la accesibilidad y la comprensión profunda de nuestras raíces. En un edificio como la Galería de las Colecciones Reales, donde la arquitectura de Luis Mansilla y Emilio Tuñón dialoga con la historia, Cageao aplica su experiencia en la conservación preventiva para asegurar que piezas únicas no solo se mantengan, sino que hablen con nitidez al público global.

“Este libro no fue escrito para complacer a nadie ni para una posible reedición monumental a costa del municipio; ni para satisfacción personal de ninguna índole. Responde más bien a un deber. Es casi una meditación, al divagar por las calles de un hombre solitario que ni siquiera se ha propuesto un paseo agradable. Un libro, en fin, que pudo no haberse escrito sin que ello dejara ningún vacío en el alma del autor”, nos revela Ezequiel Martínez Estrada en el ‘Prólogo’ de su libro La cabeza de Goliat Microscopia de Buenos Aires, Ediciones de la Revista de Occidente, ‘Cimas de América’ (colección dirigida por Eduardo Caballero Calderón), Madrid, 1970.

“Cada comarca en la tierra/ tiene un rasgo prominente:/ El Brasil su sol ardiente,/ minas de plata, el Perú;/ Montevideo, su cerro;/ Buenos Aires, ¡patria hermosa!,/ tiene la Pampa grandiosa;/ la Pampa tiene el ombú”, así evocamos los inmarcesibles versos del poeta Luis L. Domínguez. Este poema figura al frente del inolvidable libro de relatos El ombú y otros cuentos rioplatenses del narrador de ascendencia británica Guillermo E. Hudson, en la versión española de Eduardo Hillman y publicado por la Editorial Espasa-Calpe Argentina, S. A., Buenos Aires–México, colección Austral, 1ª edición, Buenos Aires, 1941.

Na historia da emigración galega atopamos unha páxina moi especial onde se recollen os éxitos dos que apousaron na Banda Oriental. Desde moi cedo nas terras liberadas polo egrexio Artigas houbo achegas de sangue galego que empurraban polo progreso nun afastado espazo da “costa verdecente” de Galicia. O emigrante Farruco da parroquia de Santa María de Paraños [O Covelo] foi quen aconsellou ao heroe nacional para ingresar en 1797 no “Cuerpo Veterano de Blandengues de La Frontera de Montevideo”.

“Figurémonos una población en tinieblas, con más huecos, zanjas, albañales, estorbos y desperfectos que otra cosa; en que para salir de noche, era preciso hacerlo con linterna, para evitar tropezones y caídas, por cuanto uno que otro farolito en la puerta de alguna esquina, que desaparecía al toque de ánimas, en que todo se cerraba, no suplía la necesidad de alumbrado en las calles. Se hacía indispensable alumbrado público siquiera en la calle principal de San Pedro y en una que otra de lo más poblado”, escribe el narrador y periodista Isidoro de María en su fiel Montevideo antiguo (selección), Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1965.