Opinión

“Figurémonos una población en tinieblas, con más huecos, zanjas, albañales, estorbos y desperfectos que otra cosa; en que para salir de noche, era preciso hacerlo con linterna, para evitar tropezones y caídas, por cuanto uno que otro farolito en la puerta de alguna esquina, que desaparecía al toque de ánimas, en que todo se cerraba, no suplía la necesidad de alumbrado en las calles. Se hacía indispensable alumbrado público siquiera en la calle principal de San Pedro y en una que otra de lo más poblado”, escribe el narrador y periodista Isidoro de María en su fiel Montevideo antiguo (selección), Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1965.

No hacen falta excusas para convocar a Federico, su Presencia. Pero lo cierto es que estoy escribiendo hoy, 5 de junio, día de su nacimiento en Fuente Vaqueros. Y fue inevitable pensar en el poeta, y sus lazos con Galicia. Pienso que solo la perspectiva de un poeta logra atrapar la imagen invisible, la que pocos ven de personas o paisajes, de hadas y espíritus traviesos. Tratándose de un país que oscila entre lo mágico y lo real con absoluta naturalidad, cuyos habitantes cruzan bancos de niebla cantando, ignoran la lluvia intensa y aman al mar como las gaviotas lo aman, la palabra de un poeta mayor se convierte en guía para descubrir rayos intensos de luz en la espesura de los bosques encantados que algunos caminamos, y otros imaginan como creados por una febril imaginación.

Su paso por la política activa fue breve y marcado por la misma ironía con la que observaba el resto del mundo. Durante una sesión parlamentaria especialmente intensa, donde los discursos ideológicos se encadenaban sin descanso y la retórica inflamaba los ánimos de los diputados, Josep Pla permaneció en su asiento observando el espectáculo con una mezcla de fatiga y distancia. Cuando un compañero de bancada le preguntó qué opinaba de la trascendencia de aquel debate histórico para el futuro de la nación, el escritor, sin retirar la mirada del orador, le respondió que el verdadero problema de aquel país no era la falta de leyes nuevas, sino que los hombres habían olvidado cómo escucharse en silencio alrededor de una mesa.

“Actualmente, en Galicia, hai 141 árbores e 37 formacións catalogadas coma senlleiras, das que 47 árbores e 14 formacións están na provincia de Pontevedra, segundo a última actualización do catálogo realizada en xullo de 2020. Cada unha destas árbores e formacións ten un motivo diferente para a súa catalogación coma senlleira”, explican Ángeles Barros, Pilar Vela y Carmen Salinero, pertenecientes a la Estación Fitopatolóxica ‘Areeiro’ de la Diputación Provincial de Pontevedra. Desde luego que existen árboles célebres y significativos en todo el mundo. Y ello, ya sea por su longevidad y rareza, porte y aspecto, valor histórico, científico o cultural, ya sea, sencillamente, por el afecto popular. Se trata, en definitiva, de admirables monumentos vegetales. Testimonios de nuestra historia y cultura de Galicia que debemos cuidar y preservar.

Al margen de resultados coyunturales, es evidente que el Estado necesita de algunas decisiones consensuadas, pactadas, maduradas que permitan ajustar su funcionamiento a la demanda de los tiempos. Es más que probable que el consenso –a todas luces imposible en la actualidad– sea la primera prioridad para alcanzar acuerdos de sentido común con los que reforzar el sistema democrático, con base en la separación de poderes y el respeto institucional. No me importa repetirme una vez más.
“La población material, en los albores del planteamiento de la ciudad de San Felipe de Montevideo, fue en su mayor parte construida de piedra en bruto y techo de teja, piso bajo, como que todo tenía que ser relativo. Poco a poco, con el andar del tiempo, fueron mejorándose las construcciones, en proporción al aumento de pobladores y a medida que se adquirían los elementos indispensables para edificar, como el ladrillo, la cal y las maderas, importándose éstas del Paraguay para tirantes, alfajías, marcos, puertas y ventanas. Alguna se traía de los montes de Santa Lucía y sus cercanías, para caballetes y tijeras de ranchos, que también se construían con pared de ladrillo, y aun algunos tirantes de sauce morado, que probaron ser de mucha duración en la Ciudadela”, leemos en las memorables páginas –“La Plaza-Fuerte y su contorno”­– del escritor uruguayo Isidoro De María en el libro Montevideo antiguo (Selección), Editorial Universitaria de Buenos Aires –“Serie del Nuevo Mundo”–, 1965.

“Sobre el tabernáculo está Santiago, a tamaño natural, en plata dorada y con una esclavina del mismo material por encima de sus hombros, ornamentada de piedras preciosas en lugar de conchas… Todo en oro y plata macizos, sentado en una silla, con el bordón en la mano”, leemos en las páginas escritas por Guillaume Manier, en Santiago de Compostela, noviembre de 1726. “La ciudad de Santiago está situada entre grandes montañas, es muy espaciosa y está rodeada por una única muralla con almenas que por una parte están llenas de violetas amarillas, que se ven desde lejos, y por la otra los muros están tan cubiertos de hiedra que parece un bosque: un ancho foso circunda la ciudad y por arriba del muro están las torres cuadradas de antigua fábrica que medían muy poco espacio unas de otras”, así escribe León de Rosmitbal y de Bladua en Santiago de Compostela, el 14 de agosto de 1466.

Non é un cartel, nin un nome. A conmemoración anual do Día das Letras Galegas trascende o persoeiro celebrado, incluso a data, por festiva que sexa, para converterse nun referente da importancia cultural dunha lingua, dunha cultura, dun pobo.

A finais do ano pasado, en Montevideo, o meu vello amigo Xosé Monterroso Devesa publica (pagando do seu peto) Tres mil nomes galegos do Uruguai que sumado aos dous anteriores de 2009 e 2011 (Mil e pico de nomes galegos do Uruguai) son unha triloxía que merece a maior atención porque estamos diante dun rigoroso labor de investigación sobre a emigración galega na República Oriental do Uruguai. Despois de máis de medio século de ininterrompida actividade cultural defendendo a nosa identidade propia, mantén o seu compromiso de poñer en valor a achega dos que acougaron as friaxes na Banda Oriental.

Deixou escrito José Luis Alvite que “os galegos son uns señores moi prudentes e moi reservados que só esaxeran ao calar”. Sei que Alfredo Conde sabe máis polo que cala que polo que conta. E demostrouno unha vez máis ao recibir o premio da Asociación de Xornalistas de Galicia (APG) que leva o nome de quen, sen estar, permanece por homenaxe ao seu talento no vello Finisterre. Un Oeste onde se intenta matar en vida cando moitos tratan de obviar o obvio, é dicir, o talento de personalidades como a do ourensán xenial, mahiano de adopción e brionés de residencia. Premio Nacional de Literatura, Premio Nadal e tantos outros, autor de ducias de relevantes novelas, contos, guións e de máis de 20.000 artigos. Os xornalistas querémolo, admirámolo e recoñecémolo aos seus oitenta e un espléndidos anos.

“Hacia las últimas décadas del siglo XIX las naciones iberoamericanas, nacidas a la vida independiente al filo del primer cuarto de la centuria, se percataron de que ya eran dueñas de ‘un pasado’. De un pasado que, por natural encorpamiento, ya no era solo un pasado ‘colonial’ sino –y además– ‘nacional’, de un pasado urdido en los repositorios documentales todavía mal organizados y peor conservados, pero también sedimentados en la memoria de las gentes en ese entonces provectas, actores, comparsas, a veces meros testigos de los acontecimientos y procesos fundacionales”, escribe Carlos Real de Azúa en el pórtico del libro Montevideo antiguo, cuyo autor es el notorio Isidoro De María, publicado en la ‘Editorial Universitaria’, Buenos Aires, 1965.

“Llegamos al pueblo grande de Redondela. No pudimos encontrar una posada a pesar de ser una localidad importante. Un peregrino que había ido a Roma a ver la tumba de los Apóstoles y que había llegado hacía poco, como había pasado por Francia, nos ofreció su casa en recuerdo de las buenas posadas de nuestro país”, escribe Fray Claude de Bronseval en la bella y gallega Redondela el 26 de junio de 1532. Es la “vivencia” de la peregrinación a Santiago de Compostela. “Caminamos por espacio de media legua llegando al alto de un montecillo que se llama ‘Monte del Gozo’ desde donde contemplamos el tan suspirado y ansiado Santiago, que quedaba distante como a una legua. Descubierto así de pronto, caímos de hinojos, y fue tanta la alegría que saltaron las lágrimas de nuestros ojos y comenzamos a cantar el ‘Te Deum”, leemos a Domenico Laffi en su texto Viaggio in Ponente a S. Giacomo di Galicia e Finisterre, publicado en Bologna en 1673.

 

​La luz de este jueves de abril sobre el Tajo baña una ciudad que aún resuena con los debates y las reflexiones de la jornada precedente. Lisboa, siempre abierta al pensamiento, albergó una cita de hondo calado intelectual y político que trasciende la mera actualidad. La capital lusa se convirtió en el epicentro de la reflexión compartida con la celebración del IV Foro La Toja-Vínculo Atlántico, un encuentro impulsado por Amancio López Seijas y el Grupo Hotusa que, bajo el cielo lisboeta, ha buscado fortalecer los lazos entre España y Portugal en un contexto cada vez más complejo.

Acabo de releer el magnífico libro de la periodista española Tereixa Constenla sobre la Revolución de los Claveles, un relato esencial para comprender la singularidad de un proceso que transformó la Península Ibérica. La autora logra sintetizar la belleza de un levantamiento donde la decencia se impuso a la dictadura a través de un gesto puramente civil. Como bien escribe la estradense de Arca, el 25 de abril fue la revolución más hermosa del siglo XX, una anomalía romántica en un mundo de jerarquías rígidas, donde los soldados no buscaban el poder, sino la entrega de este a los ciudadanos.

“Al eclipse de la luna, viéndola ir negreciendo, decían que enfermaba la luna, y que si acababa de oscurecerse, había de morir y caerse del cielo, y cogerlos a todos debajo y matarlos, y que se había de acabar el mundo. Por este miedo, en empezando a eclipsarse la luna, tocaban trompetas, cornetas, caracolas, atabales y atambores, y cuantos instrumentos podían haber que hiciesen ruido; ataban los perros grandes y chicos, dábanse muchos palos para que ahullasen y llamasen la luna, que, por cierta fábula que ellos contaban, decían que la luna era aficionada a los perros por cierto servicio que le habían hecho, y que oyéndolos llorar habría lástima de ellos, y recordaría del sueño que la enfermedad le causaba”, leemos en el texto de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso, libro publicado en Lisboa en 1609; la segunda (la Historia general del Perú), vería la luz póstumamente en la andaluza Córdoba, en 1617.

Hay noticias que no hacen ruido, pero marcan época. Esta es una de ellas. La medicina gallega vuelve a situarse en la cúspide de la investigación internacional con la publicación en ‘Scientific Reports’, del grupo Nature, de un avance llamado a cambiar el enfoque terapéutico de la orbitopatía de Graves. Se trata de una enfermedad autoinmune inflamatoria que afecta a los tejidos de la órbita, tanto a los músculos como a la grasa ocular, y que se caracteriza principalmente por la protrusión de los ojos, la hinchazón de párpados y, en casos más avanzados, la visión doble o el riesgo de pérdida de visión.

“Comenzaré a contaros que Lisboa es capital de Portugal, residencia de su rey, ciudad grandísima, y magnífica, habiendo gran cantidad de población, que para magnificarla los portugueses usan cierto proverbio: quien no vio Lisboa, no vio cosa buena. La ciudad tiene un soberbio puerto de mar, segurísimo, a la orilla del gran río Tajo, por el que introduce la mayor parte de las preciosísimas mercancías orientales, y de otras partes del mundo, y dicho puerto manda para fuera gran cantidad de mercancías a diversas partes de Europa”, leemos en las fervorosas páginas escritas por el viajero Nicola Albani en la ciudad lisboeta el 4 de febrero de 1744.

Tengo la evocación hermosa de un paseo por el Ródano, un instante eterno de felicidad. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿cómo puede uno evocar un lugar o un momento en el que nunca ha estado o que jamás ha vivido? Esa es la eternidad de la imaginación, la que regalan la poesía, el arte, la literatura, el periodismo. Somos parte de nuestra propia creatividad y de la de nuestros seres admirados; habitamos una subjetivación que no deja de ser nosotros mismos.
Los amigos que forman la barra del ‘Rover’ están muy enojados. No quieren que la unión bélica de Estados Unidos e Israel acabe con la milenaria civilización persa. Son defensores de la vida en libertad y no aceptan que los matones se impongan por la fuerza. Esperan que sea derrotada la poderosa mafia sionista que engrasa con coimas millonarias al presidente pedófilo.