Opinión

Sobre mi atril tengo la magnífica obra de ‘Bibliófilos Gallegos. Biblioteca de Galicia, número V’. Heme ante el Cancioeiro da Poesía Céltiga, cuya autoría corresponde a Julius Pokorny, traducido por el profesor y ensayista lucense Celestino Fernández de la Vega y el filósofo y humanista Ramón Piñeiro. La publicación tuvo lugar en Santiago de Compostela en 1952. Inefable libro que vio la luz en 1991 como “Homenaxe do Consello da Cultura Galega”. Esta traducción –la primera hecha a lengua romance de las poesías celtas recogidas y publicadas por Julius Pokorny con el título de Altkeltische Dichtungen– fue premiada en el II Concurso de la Editorial de los Bibliófilos Gallegos, año de 1951.

Asistimos en el tablero de Oriente Próximo a una representación dramática de la discordia entre la moral y la política. El conflicto que involucra a Irán y sus vecinos pone de manifiesto cómo el moralista político –aquel que forja una moral ad hoc para disculpar los principios de gobierno contrarios al Derecho– se impone sobre el político ético. Se utilizan máximas sofísticas que parecen rescatadas de los tratados de la más rancia razón de Estado: el “actúa y luego justifícate” o el “divide y vencerás”. En este juego de sombras, la legitimación viene después del hecho; la fuerza se disculpa por el éxito y el “buen éxito” se convierte en el único abogado aceptable de una causa que, en el fondo, huele a pólvora y a intereses inconfesables.

Acá, en Ancud, se percibe, diferenciándose de la población de Castro, que el ser humano ha venido de otro lugar. Se transparenta el “español”. Excepto la frecuencia lluviosa así como las casas de madera, la ciudad de Ancud bien pudiera estar fuera de Chiloé, aunque, eso sí, sin cambiar de espíritu. En Castro, no obstante, ya se observan casas anchas, simpáticos muchachos, de baja estatura, una pizca rechonchos, mas de generosas espaldas, dotados de una vivísima charla, tanto que, desde el primer instante, nos interrogamos qué rara lengua hablan estas gentes, porque no la podemos entender.

El 23-F es el cumpleaños de Laxeiro. Sigue siéndolo muchos años después de tantos inconvenientes tiempos, por su ausencia y por los avatares. Nos salvan la cultura y la amistad; esa que ayer, a deshora –las 13:00 horas de la convocatoria no parecen las más adecuadas para un acto cultural–, nos permitió acercarnos al Museo de Arte Contemporáneo de Vigo a algunos amigos del artista, editores, comisarios, escritores, profesores, fotógrafos, pintores o periodistas. Entre ellos se encontraban el escritor y editor Bieito Ledo, el historiador y crítico de arte Antón Castro, el pintor Antón Pulido, el fotógrafo Carlos Rodríguez, el escultor Silverio Rivas, el galerista Beny Fernández, o el polifacético Xavier Magalhaes, otros que no están en las fotos, como el también galerista Viki Montenegro.

Continuando con la visita a la Capilla-Museo Catedralicio de la Santa Iglesia de Santa María de Tui, entre las piezas artísticas que admiramos se halla un atril con incrustaciones de nácar inventariado en el siglo XVII como “Atril de la China”: una obra oriental llevada a cabo en Japón para los...

Las recetas viajan sin pasaporte, no reconocen fronteras. Las que llegaron al puerto de Buenos Aires en las maletas de los inmigrantes, ya habían incorporado como ingredientes productos americanos. La amiga Raquel Rosemberg, periodista y editora a la que recordaremos siempre con cariño, escribió: “… dicen que América fue conquistada, pero yo siempre digo que hubo un movimiento inverso, y es que América conquistó al mundo a través de su cocina. Si uno recorre distintos países de Europa se da cuenta de que los ingredientes latinoamericanos han salvado poblaciones enteras de la hambruna y participan de innumerables recetas. Por eso tenemos que tener una mirada diferente. Tenemos que salir de la postura de Tercer Mundo y empezar a ser protagonistas. Tenemos que mostrar todo lo que sabemos y podemos hacer”. Sin duda, nos cuesta entender cómo eran las cocinas de nuestros ancestros sin los productos americanos, ni la de América sin los europeos.

O destino, ese fío de liño –resistente, inmaculado e condutor dunha sabedoría ancestral que adquire a forza mítica do fío de Ariadna ou a unión do fío vermello– que Ramón Villares Paz, historiador e catedrático galego leva décadas debullando con precisión de ourive, acaba de trazar un círculo perfecto sobre a xeografía espiritual de Galicia. Apenas uns días despois de que o reitor magnífico anunciase a xenerosa doazón do seu arquivo persoal á Universidade de Santiago de Compostela –ese legado de sesenta e seis caixas que gardan a memoria de cincuenta anos de rigor intelectual–, a Fundación Otero Pedrayo coroa a súa traxectoria co Premio Trasalba 2026.

Estoy ante la inefable portada de la Santa Iglesia Catedral de Santa María de Tui. Además de los apóstoles y profetas, los dos principales personajes parecieran representar a los profetas Jeremías y Daniel. Ahora bien, las estatuas de la izquierda nos muestran a Moisés con las Tablas de la Ley, al profeta Isaías con una “cartela”, a San Pedro con sus llaves y a San Juan Bautista, quien sostiene un disco con el Cordero. Ved ahora el tímpano, dividido en dos registros. En el inferior representa, en continuada escena, el anuncio a los pastores, una especial y rica representación del “Nacimiento del Señor”. Si observáis el registro superior, os mostrará la “Adoración de los Reyes Magos”, flanqueados por el rey Herodes y San José. El lado sur de la fachada –junto con el Claustro– os dejará ver la capilla de Santa Catalina; en su parte superior, las salas del palacio de Don Diego de Muros.

Como lo realizó don Alonso de Ercilla –el épico autor de La Araucana–, dejamos la tierra firme a través del canal de Chacao, si bien hubiéramos podido elegir la partida desde Puerto Montt, por mar. De improviso, nos topamos con una alargada costa sembrada de islas; tan extensa que podríamos creer que forman parte de un continente. Henos ante el prodigioso collar de islas de Chiloé. Chacao fue el “desaguadero” de un viejo lago que ocupaba completamente el golfo de Reloncaví. Cuando se hundió la región, Chiloé quedó metamorfoseada en isla: la “Isla Grande”, que llaman los “chilotes”. Pues, en verdad, 8.394 quilómetros cuadrados es, por ejemplo, una extensión suficiente para dar cabida a tres Ducados de Luxemburgo. Es, empero, la región chilena con menor densidad de población.

La ciudad de Tui tuvo una gran significación en los aconteceres de la Galicia Medieval y Moderna como “plaza fuerte” durante la guerra de “Restauración Portuguesa”. Al inicio de 1809 padeció enormes y numerosas pérdidas a causa de la invasión francesa por parte de las tropas del mariscal Soult, porque la habían designado “cuartel general”. He aquí una encrucijada de severos caminos entre el sur de Galicia y el norte de Portugal. Porque, en efecto, por estos lugares pasaba la “via XIX” del “itinerario” del romano Antonino, la cual –partiendo de Bracara Augusta– se dirigía a Lucus Augusti y a Brigantium, constituyendo siempre un insólito “centro de comunicaciones” y con sus singulares puertos fluviales durante la Edad Media.

Siempre que aludimos a la ciudad chilena de Valparaíso, existen dos adverbios de lugar que nos persiguen: “arriba” y “abajo”. Porque, claro es, los “porteños” no conciben otro aspecto topográfico que el de consultar los horóscopos de los cerros. La mayoría conocemos la parte baja de la ciudad, mientras que ignoramos esa segunda mitad, mucho más extensa, que se dilata en las alturas. Así comprendemos que el pensamiento de los “porteños” ha sido, día y noche, “subir”. Porque los cerros son empinados, de modo que incluso los automóviles han de hacerse cruces para alcanzar los barrios altos. Al igual que en la populosa ciudad gallega de Vigo –también en las italianas de Génova y Nápoles– Valparaíso es una población “vertical”.

La cocina cultural, o tradicional, sus platos, no nacieron para presumir en alfombra roja, ni para ser admirados, transformados en maquetas impecables, sin manchas de salsas ni grasa; nacieron para suplir con ingenio necesidades, para nutrir el cuerpo y el alma, para curar en la diáspora el mal de lejanía, o la morriña.

Lalín ten o premio de Gastronomía máis prestixioso de España, que leva o nome de Álvaro Cunqueiro (1911-1981), escritor, xornalista e gastrónomo mindoniense. O realismo dunha terra de paisaxes que semellan un tapiz multicolor, onde a xeografía se admira sobre un lenzo quebrado por lindes de pedra, corredoiras asfaltadas e ríos que portan a memoria do Deza, únese á súa tradición cultural no máis amplo sentido: é culto que se cultiva na horta e no espírito; o culto que observa o horizonte desde o Monte do Toxo; é culto o desmonizante do Corpiño; é culto o que practican os lalinenses ca súa intelixencia natural, que analiza, procesa, estuda, conxectura e conclúe na mesa e na aula, con retranca sabrosa.

“La antigua ciudad episcopal tudense, una de las siete capitales del Reino de Galicia hasta 1833, se halla situada sobre una rocosa colina, al borde del río Miño, en la frontera con Portugal. De míticos orígenes griegos, aparece, en la época romana, con el nombre de Castellum Tyde como cabeza de la comarca de los Grovios, perteneciente al Conventus Bracarensis. Fue capital en la época de los suevos y visigodos, en donde acuñaron moneda de oro. El rey Vitiza tuvo su corte y palacio en la inmediata entidad menor de Pazos de Reis”, leemos en las páginas del bello e imprescindible libro La Catedral de Tui. Historia y Arte, cuyos autores son Domingo Cameselle Bastos y Ernesto Iglesias Almeida, con fotos de Pío García, y publicado en ‘Edilesa’, León, 2004.

Si el tiempo cabe en un vaso de las horas, bébelo despacio; si nace en un reloj de cuco, disfrútalo como un canto; si lo impone un reloj de pulsera, lúcelo con elegancia; mas si lo dicta un reloj de sol, entrégate a su luz con paciencia. En esta diversidad de medidas subyace una verdad antigua: no somos meros prisioneros de la cronometría, sino habitantes de un flujo constante. Reflexiono sobre el pasar de los días, es una cierta melancolía del pasar, anhelo de porvenir, circunstancia del cumplir años de un maestro amigo, Alfredo Conde

Sor Salud se fue con el año. Con este primer cuarto de siglo del segundo milenio después de Cristo. Hace ya algún tiempo que las noticias llegaban con una cierta parsimonia de sabor amargo, mas se referían a ella, como siempre, como una persona esencial, como una de las personalidades gallegas más influyentes y decisivas a escala internacional. Se hablaba de una emigrante con vocación universal, coraje y valores cristianos cuya obra educativa y solidaria es poco conocida aquí –salvo en Ourense– pero enormemente popular en México, pues su obra al frente de los Colegios Miraflores –con una unidad en la ciudad de las Burgas– es el paradigma de la buena educación, de la que alcanza a las élites pero que atiende a los más necesitados, y esto es quizás menos sabido.

En Valparaíso, a la luz del sol, casi nunca matinal, contemplamos un agrupamiento de irregulares viviendas que coronan los cerros, que se internan dentro de un vaho azul debido a las quebradas muy hondas. Los cerros salen ahora a abrazar el mar. Todo se extiende por ‘El Almendral’ y se abre paso frente al ‘Barón’. ¡Hermoso collar de perlas que engarza el ‘camino plano’! Más lejos, los balnearios de Recreo y Viña del Mar; siguiendo la costa, he ahí Reñaca, Montemar y Concón. Al oeste, Valparaíso lleva un saliente y un faro: Punta de Ángeles. En la zona alta, alrededor del faro, nos hallamos ante el barrio de Playa Ancha que nos regala un acervo de antiguos ‘chalets’, estilo 1900, con un jardín romántico, fértil en papayos, parrones y palmeras que el viento sacude entre remolinos de polvo.

Siento el peso de las ausencias, pero también la luz de la memoria que no se apaga. Este año, mi árbol de Navidad no tiene una ubicación física; lo he plantado en el jardín invisible del recuerdo, allí donde habitan los que ya pertenecen a otro mundo. Desde ese rincón del alma, elevo un mensaje...