Edmundo Moure

Mulieres Ignis

Edmundo Moure -

En el 90 aniversario de la SECH, mi homenaje encendido a mis queridas compañeras escritoras.

¿Cómo no iba uno a enamorarse en los ámbitos secretos de la Casa de las Palabras? Mujeres de fuego, de llamas hechas de sílabas, de brasas corporales e ígneo corazón. Tenías treinta y cinco febreros cuando cruzaste por primera vez su portal. Te recibió Sergio Bueno, afable y caballeroso -más bien caballeresco- y te presentó a Raúl Mellado, que oficiaba entonces de secretario. De inmediato, te hizo entrega éste de su Hoja Verde, esa pequeña y constante publicación de folios volanderos, que algún día debiésemos rescatar, para darle forma de libro, donde él recogía poemas y otras breves piezas literarias de sus compañeros de oficio.

El gran aniquilador

Edmundo Moure -

(Entre holocaustos y Genocidios)

La historia del siglo XX es, hasta ahora, la máxima crónica de los horrores perpetrados por el ser humano en contra de sus semejantes. De todos ellos, entre una sucesión demencial que suma decenas de millones de personas –como tú, como yo–, el más destacado por los libros de historia, por la prensa y también bajo la pluma de escritores de diversos orígenes étnicos, es el que conocemos como ‘holocausto judío’, proceso planificado de aniquilación urdido por los nazis, que se llevó a cabo entre 1938 y 1945. Antes de eso, el pueblo hebreo sufrió matanzas llamadas pogromos, ocurridas en diversas naciones de Europa, con el subterfugio o disfraz de guerras religiosas y persecuciones heréticas.

Cordillera adentro

Edmundo Moure -

“…Mi infancia son recuerdos de un pasar feliz y tormentoso a la vez, ya que a los siete años comienzo a tomar conciencia de que existo, es decir que ‘soy’ en un lugar y circunstancias determinados”. (I.R.A)

Roser Bru (1923-2021)

Edmundo Moure -

“Sandías e higos en baja”

Roser Bru Llop era una de los dos mil setenta y ocho pasajeros, refugiados de la Guerra Civil española (18 de julio de 1936–1 de abril de 1939), que arribaron al puerto de Valparaíso, Chile el 2 de septiembre de 1939, a bordo del paquebote Winnipeg, cuya misión epopéyica había sido posible gracias a la visión, al esfuerzo y a la voluntad de Pablo Neruda y de su compañera, Delia del Carril, La Hormiguita, secundados por el diplomático chileno Carlos Morla Lynch. Si bien el gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda, obtenido por el Frente Popular, propició aquella honrosa empresa humanitaria, los verdaderos ejecutores de ella, que debieron sortear innúmeros escollos para llevarla a cabo, fueron Pablo Neruda, con su entusiasmo desbordante, y Delia del Carril, a través de sus contactos con hombres de negocios de Buenos Aires y de París, a los que convenció para sufragar buena parte del costoso propósito.

El silencioso consuelo de los libros

Edmundo Moure -

La peste que el murciélago desató entre los chinos, desde la nauseabunda proliferación de su cocina promiscua, ha devenido, tras el forzoso encierro de las grandes urbes, en beneficios impensados para la vida intelectual. Uno de ellos, el que a mí y a otros asiduos atañe, es una resurrección de los libros y del vicio impune que traen consigo: la lectura.

 

El tiempo de afanes cotidianos, de horas de transporte esfumadas para acceder a oficinas y reparticiones públicas, constriñendo el espacio cada vez más reducido del lector contemporáneo, obligado a ejercer oficios pedestres de subsistencia, se amplía de pronto como efecto real, para no abandonarse al desasosiego de esa amenaza aún no desvelada por la anónima ciencia del tercer milenio, sus investigadores y sus burócratas de la muerte.

 

Desde los anaqueles, se han desempolvado títulos que esperaban su turno impreciso, para hacer escuchar sus voces clausuradas temporalmente. Otros han llegado, llegan, por el correo ordinario o por el envío diligente de autores afectuosos o interesados en reseñas críticas; otros brotan desde la feracidad de las producciones electrónicas y sus formatos cada vez más amables…

 

Ya sé, amiga lectora, amigo lector, que nada reemplaza al objeto libro en su naturaleza originaria de papel encuadernado y oloroso, pero el ebook y su aparato Kindle ofrecen ventajas comparativas en la conjunción espacio, tiempo y precio.

 

Así, el Diario de un Escritor, de Dostoyevski, en versión íntegra, cuesta cincuenta mil pesos; en formato digital, seis o siete dólares, la décima parte, y no ocupa el espacio físico que amplifica el acopio de años de compras compulsivas, cuyo hábito suele dañar relaciones conyugales y expectativas de satisfacer otras necesidades.

 

Adquirí las obras completas de Fernando Pessoa, El Canon Occidental, de Harold Bloom, Memorias, de Simone de Beauvoir, Notas y Dietarios, de Josep Pla. Este autor catalán me fue recomendado, a comienzos de los 80, por Luis Sánchez Latorre, Filebo, lector formidable y universal, capaz de mantener un ritmo de lectura de seis, siete u ocho horas diarias; también me recomendó a Julio Camba, ese incisivo periodista español de la primera mitad del siglo XX, de acerada pluma y fino humor, desconocido entre sus pares y plumíferos de Chile. Ambos, Pla y Camba, padecieron una suerte de censura silenciosa en la España post franquista, debido a sus simpatías por el régimen del caudillo gallego; algo semejante le ocurrió a Borges entre los sectores progresistas de Latinoamérica, debido a su proclividad por dictadores entorchados. Pero el placer de leerlos va más allá de ideologías y partidismos.

 

En lo que va de este año y algunos meses, he leído interesantes libros sobre Irlanda, la patria de Wilde, de Shaw y de Joyce, textos de viaje de Javier Reverte y de Heinrich Böll, género o subgénero, si ustedes quieren, que me atrae mucho ahora, junto a diarios, memorias y ensayos; van quedando algo relegados los cuentos y las novelas, aunque leí hace poco los relatos de ese fino especialista que es Luis Alberto Tamayo, los alucinantes microcuentos de Lilian Elphik. También la novela breve, o nivola, como diría Unamuno, El viejo que subió un peldaño, de Jorge Calvo, uno de nuestros mejores narradores actuales; Unquén, el que espera, novela de Sergio Infante Reñasco, texto que me sorprendió por su capacidad de relacionar y fundir, en atrapante narración, diversos lenguajes de la tribu, rescatando sus identidades desde el lejano exilio. A ambos les debo una crónica para Cine y Literatura.

 

Si Irlanda cautiva, al igual que Galicia, tratándose de naciones desangradas por el drama de la emigración, ese cáncer social brotado de la pobreza ancestral del minifundio y del caciquismo colonizador, extendido en todos los continentes, en versión más acabada y exterminadora, por la expoliación capitalista, hay otra patria en donde se cometió uno de los más atroces genocidios de la Historia; me refiero a Armenia, víctima de un holocausto a manos de los turcos, bajo su agonizante imperio, en el año 1915, ha poco más de un siglo, cuya triste fecha conmemorativa es el 24 de abril (un día después del aniversario internacional del Libro), que coincide con las matanzas de armenios en Constantinopla. Luego de leer El Genocidio Armenio, de Matt Clayton, libro mal escrito, titubeante, lleno de lugares comunes, aunque de precisa información histórica, pasé a La Memoria de Ararat, un libro reportaje del catalán Xavier Moret, interesante y fluido, aunque sin mayor vuelo estético, semejante a otros muchos de su clase que se editan hoy por cientos.

 

El tercero me compensó con creces: Livro dos Sussurros, del escritor armenio Varujan Vosganian; lo leí en la versión portuguesa de Kindle, pues no se ofrece en castellano y en inglés me costaría mucho leerlo. Es una suerte de novela autobiográfica, entrañable, memoriosa hasta el más hondo sentido poético. Los susurros tienen para el autor y adquieren, en la complicidad de ambos agentes del fenómeno lectivo, diversas connotaciones, nacidas de la imperiosa necesidad de hablar en sordina, de bajar la voz y pronunciarlo todo en la cautela del secreto, debido al miedo de una sociedad en trance permanente de aniquilación y sojuzgamiento. Primero, bajo la feroz bota otomana; recién terminada la segunda guerra mundial, el sometimiento al poder soviético, en virtud de constituir enclave estratégico de la geopolítica mundial, sobre todo en ese periodo aciago de los dos mayores conflictos planetarios, cuando se enfrentaban las potencias rectoras del planeta, repartiéndose la esfera humana como una torta de cumpleaños.

 

Nacida en la encrucijada de Oriente y Occidente, como el primer estado-nación que abrazó el cristianismo, en el siglo IV, Armenia ha padecido casi dos milenios de vasallaje, que parecieron interrumpirse a partir de 1991, con la declaración de su –¿definitiva?– independencia, aun cuando no ha desaparecido la amenaza de sus dos vecinos beligerantes: Turquía y Azerbaiyán, ambos estados musulmanes.

 

Vosganian ha sido capaz, en Livro dos Sussurros, al modo de García Márquez con Cien Años de Soledad, de crear una gran novela-poema, quizá realzada, en este caso, por su traducción portuguesa. Pocas lenguas poseen esa enorme potencialidad poética que ostenta el idioma de Camoens, Pessoa y Saramago. El lector no deja de agradecerlo, mientras goza las páginas del libro, en procura de otros susurros, de otras tierras y de nuevos viajes al corazón de las palabras. Echa en falta no saber armenio, idioma antiguo y poderoso, muy cercano a la lengua de la divinidad, según sus hablantes que lo conservan, pese a numerosos intentos de exterminio, con la heroica voluntad de los pueblos que no se rinden al vasallaje cultural.

 

Quizá por primera vez, aunque seamos ya muy viejos, hemos experimentado la fruición de la lectura despojada del ansia de los libros que están a la espera de ser abiertos, tras el turno otrora anhelante de desflorar sus palabras en la perspectiva de futuros placeres y expectativas de conocimiento. Así nos recomendaron Borges y Cortázar, desde sus distintas experiencias creativas y estéticas.

 

¿Cuánto llevamos leído? Mucho; tal vez poco, si miramos las inmensas bibliotecas, si atendemos a las múltiples incitaciones con que nos bombardean a diario. Apenas son unas cuantas líneas de la biblioteca infinita. Hemos deletreado el tiempo traducido en páginas y su medida permanece en la forma amada del libro. De manera que la última puerta que vamos a cerrar, según Borges, será la página postrera, vuelta en el pliegue de su ala de pergamino. Ojalá sea propicia también la última palabra pronunciada.

Carmenza, una mujer excepcional

Edmundo Moure -

“La historia de vida de mamá, la Carmenza, pudo haber sido en blanco y negro. Ella optó por vivirla en colores. Incluso cuando el viento y la lluvia le volaban los sueños, ella era capaz de ver, en algún rincón, el arcoíris”.(Carmen Ortúzar Meza)

Temprano madrugó la madrugada…

Edmundo Moure -

A Eduardo García Marchant, amigo y cuñado.

Apelo a un verso entrañable de Miguel Hernández, para titular esta crónica, memoriosa y lacerante; cuatro sencillas palabras que, en precisa conjugación, expresan poéticamente el concepto de la muerte prematura. Es parte de su ‘Elegía a Ramón Sijé’, “a quien tanto quería”, su camarada y confidente perdido en la flor temprana de juvenil amistad.

Estatuas

Edmundo Moure - La primera estatua que surge en mi memoria es la del Príncipe Feliz, que deja de serlo cuando su amada golondrina perece congelada bajo los labios de aquel noble de metal y de corazón humano, sensible a las espinas y requiebros del amor, sobre todo del prohibido, el que padeciera en triste y dolorosa abundancia el autor de aquella historia, Oscar Wilde.

Pedro Humire, poeta y músico aymara (1935 -2020)

Edmundo Moure - Una breve nota del poeta mapuche, candidato al Premio Nacional de Literatura, Jaime Luis Huenún, a propósito de la partida hacia los horizontes azules del músico y poeta Pedro Humire, con quien tuve el privilegio de compartir, en los 80’, el vino, la amistad, la música y la poesía en el Refugio López Velarde, de la Casa del Escritor. Le recuerda, Huenún, de la mejor manera posible, con un entrañable poema:

Las patrañas de la historia

Edmundo Moure -

Me llama la atención que muchos españoles se manifiesten a través de las redes sociales agradeciendo a Juan Carlos I de Borbón por ‘los favores recibidos’, atribuyéndole, después de un menos que somero análisis histórico, haber ‘devuelto la democracia a España’, bueno, devolver sería un exceso semántico, pues España ha sido, a lo largo de su extensa historia, uno de los países menos democráticos de Europa y del mundo adelante. Junto a Portugal, recibió del papado más de la mitad de los territorios del ‘Nuevo Mundo’, a inicios del siglo XVI, con una simple raya trazada por mano de un obispo aventajado.

La enajenación lingüística de las lenguas minoritarias

Edmundo Moure -

Tras la lectura del notable ensayo ‘La Lengua Materna como forma de locura’, de Rosana Cassigoli, recién publicado en Alpha, Revista de Artes, Letras y Filosofía de la Universidad de Los Lagos, Chile, vuelvo a reflexionar sobre ciertas particularidades y fenómenos del deterioro de lenguas minoritarias que tienen el carácter de maternas.

El niño aventurero de Quemchi

Edmundo Moure -

“La voz de mi madre y el rumor del mar arrullaron mi infancia”

Francisco Coloane Cárdenas (19 de julio 1910 – 5 de agosto 2002). El más grande y prolífico narrador de aventuras y viajes de la literatura chilena; el novelista chileno más conocido y editado en Europa. Pertenece a la generación literaria de 1938, galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1964. Algunos de sus relatos han sido llevados al cine: ‘Tierra del Fuego’, ‘La Tierra del Fuego se apaga’, ‘Si mis campos hablaran’.

Hernán Miranda, méritos y trayectoria indiscutibles

Edmundo Moure -

Reitero mi apoyo al otorgamiento del Premio Nacional de Literatura, género Poesía, versión 2020, al poeta Hernán Miranda Casanova.

Efraín Barquero: Adiós al poeta de la tierra

Edmundo Moure -

Por distintos caminos y en diversos lugares he buscado al poeta de los lares, a Efraín Barquero, nuestro cantor campesino de Chile, hijo de la tierra y del pan temprano de Piedra Blanca.

Sombrero en mano, mirando al suelo

Edmundo Moure - Quizá sea el nuestro el país en donde más se practica el eufemismo, ese prurito de ponerle a todo diminutivo, como si el lenguaje fuese en sí mismo una afrenta. Así ocurre cuando se alza la voz por encima del murmullo o sordina del habla en lugares públicos; o si se escribe una petición; ni hablar de un reclamo o denuncia...

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