Opinión

Cordillera adentro

Edmundo Moure | 14 de junio de 2021

“…Mi infancia son recuerdos de un pasar feliz y tormentoso a la vez, ya que a los siete años comienzo a tomar conciencia de que existo, es decir que ‘soy’ en un lugar y circunstancias determinados”. (I.R.A)

País extenso el nuestro, flanqueado al oriente por una de las dos cadenas montañosas más colosales del planeta, la cordillera de Los Andes, surcado al poniente por la cordillera de la Costa, geológicamente más antigua y de cumbres que no superan los dos mil trescientos metros. Chile debiese ser, según esta conformación geográfica donde escasean las llanuras, un vasto territorio habitados por montañeses.

–O de hombres de mar– complementa Gonzalo Contreras, aludiendo a nuestros cinco mil kilómetros de costa, mientras me extiende el vibrante regalo de Cordillera Adentro, libro de relatos, crónicas y anecdotario popular, en cuidada edición de su sello Etnika, obra de Iván Ramírez Araya; (septiembre 2020, 350 páginas). La portada y contraportada, en una sola lámina elocuente, nos ofrece una fotografía inédita de Sergio Larraín, a quien el autor conoció de cerca, dedicándole un breve capítulo de homenaje.

–Así es. Benjamín Vicuña Mackenna, cuando se refería a la “interminable siesta colonial”, que Chile durmió durante poco menos de tres siglos, antes de ser república independiente, denotaba esta curiosa circunstancia, antropológica y social, de habitantes de los valles que nos caracteriza, herencia de colonizadores con aspiraciones de hidalgos terratenientes, servidos por indígenas, mestizos y negros, observando los montes como paisaje y el océano como panorama temible.

Pero vamos al contenido de este libro, cuya lectura me ha resultado tan grata como sorprendente.

Iván Ramírez Araya es un ovallino de ochenta y cuatro años, nacido en las tierras del Limarí, de profesión veterinario, curtido y criado en medio de una familia de ganaderos, conocedor del duro oficio del arriero que conduce sus rebaños y tropillas desde los valles costinos hasta la cordillera, en busca del esquivo pasto para su engorda. Escritor testimonial, notable cronista de sus propias peripecias, hábil contador de historias que a ratos parecen extraídas del acervo de un abuelo memorioso, alternándose con un avezado huaso que desovilla su discurso como una suerte de diálogo o coloquio vivo con paisanos, amigos, parientes y aun adversarios, a quienes fustiga con sus arraigadas convicciones del mundo y de los seres humanos, sin arredrarse en la denuncia de injusticias endémicas y de constantes abusos de poder. No es un tribuno ni un político de profesión, sino un hombre de la tierra, comprometido con los suyos, que desgrana sus historias y dibuja, en líneas sencillas y entrañables, los personajes y seres:

“En la Región de Coquimbo, en épocas de verano, sufridos campesinos subsisten con sus cabras gracias a las pasturas que preservan las cordilleras, donde la vida es muy dura”.

“La altura cordillerana condiciona un clima inhóspito, hostil, erizado de frío, y un paisaje cubierto de pedregales, con abruptos precipicios, por donde solo son capaces de transitar las cabras, las mulas y, por cierto, los cabreros trashumantes”.

“Arriba, el frío penetra hasta el alma, el viento azota la piel curtida que a pesar de ser morena se torna morada en las mejillas y azulina en las manos, aun en verano. Entonces, el campesino para ampararse de las inclemencias del tiempo, construye sus ‘rucos’ de piedra en la piedra, abrazado de barro para amortiguar el hielo”.

Su palabra es clara, sencilla, pero dentro de esta sencillez del relato, el autor nos entrega significativos hallazgos verbales, al rescatar palabras, vocablos, giros lingüísticos y dichos de ese mundo, pequeño para la estadística, ancho y profundo para el trashumante, poblado de crianceros, ganaderos, campesinos de minifundio, seres corajudos que se enfrentan a la adversidad del clima, a los rigores crecientes de la sequía que desertifica, día tras días, la zona que llamamos aún “Norte Verde”, mientras el Estado chileno, en complicidad con los poderosos de siempre, entrega las reservas de agua a empresas mineras o a latifundistas y especuladores del agro.

Escuchemos la voz de este cronista que ama, hasta el desgarramiento, su patria, es decir las mujeres y hombres de esfuerzo que la integran, en un cuerpo que a menudo parece sucumbir a los padecimientos infligidos por voluntades arteras y codiciosas. Su recorrido por la variopinta geografía que nos tocó habitar, no es el de un viajero superficial, sino el de quien, parodiando a Miguel de Unamuno, “le duele Chile”:

“Mientras recorro las serranías del Norte Chico, observando a los campesinos que se aferran con toda el alma para no caerse ‘de hambre en hambre hacia abajo’ y que han perdido la esperanza de ser, entonces medito en la capacidad que tienen algunos seres humanos de adelantarse en el tiempo, denunciando injusticias y desigualdades con el arma del verbo, del idioma, y golpeándonos donde más nos duele, nos obligan a escucharlos para que así sus denuncias no caigan en el vacío”.

Hay también páginas de desnudo naturalismo, donde el autor habla sin tapujos, empleando el léxico popular para narrar anécdotas que bien pudieran pertenecer a la picaresca regional; no las cuenta como sucesos de folclor vulgar, sino como vivencias propias, integradas al cuerpo del libro como experiencias vividas en su deambular.  

La abigarrada y entretenida crónica es, por cierto, autobiográfica. Iván Ramírez hila su propio devenir en la sociedad que, a su vez, se agita y deambula en la geografía multicolor de su tiempo, integrando, de manera maciza y coherente, la conjunción orteguiana del “yo y mi circunstancia”. La riqueza testimonial del libro se despliega en más de cinco décadas del convulsionado siglo XX. Los sucesos históricos, las guerras, las revoluciones son también parte del individuo que traspasa el umbral de su existir en medio de la sociedad. La trágica experiencia del golpe militar que dejó su huella de oprobio a partir de 1973, está presente en estas páginas, con el tributo de admiración por el presidente Salvador Allende, en la conmoción moral de su magnicidio.

Ya para terminar este breve comentario, confieso que me sentí atraído por el patronímico de Iván, por este Ramírez tan antiguo que ostentaba mi abuela materna, oriunda de la tierra colchagüina, presente en Cordillera Adentro, apellido ligado a la Península Ibérica, destacado en la novela de José María Eça de Queirós, La Ilustre Casa de Ramírez.

Que el autor y mis abnegados lectores perdonen esta digresión, pero me gustaría compartir la mesa y el vino con Iván Ramírez, para conversar con él sin pausa, pues también yo pertenezco a la estirpe memoriosa de la “gente de la tierra”.       

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