Opinión

Mulieres Ignis

Edmundo Moure | 06 de septiembre de 2021

En el 90 aniversario de la SECH, mi homenaje encendido a mis queridas compañeras escritoras.

¿Cómo no iba uno a enamorarse en los ámbitos secretos de la Casa de las Palabras? Mujeres de fuego, de llamas hechas de sílabas, de brasas corporales e ígneo corazón. Tenías treinta y cinco febreros cuando cruzaste por primera vez su portal. Te recibió Sergio Bueno, afable y caballeroso -más bien caballeresco- y te presentó a Raúl Mellado, que oficiaba entonces de secretario. De inmediato, te hizo entrega éste de su Hoja Verde, esa pequeña y constante publicación de folios volanderos, que algún día debiésemos rescatar, para darle forma de libro, donde él recogía poemas y otras breves piezas literarias de sus compañeros de oficio.

La primera y hermosa mujer estaba ahí, ante tus ojos, no tan juveniles, pero sí novatos en el mundo literario nacional:

Era Inés Moreno (1917-2003). Bella, de ojos claros y despiertos. Su figura me cautivó, más aún cuando escuché su voz privilegiada, la que nos recreaba los versos de grandes y medianos (as) poetas, porque ella los y las cantaba con generosidad, sin discriminaciones. Lo más impresionante para mí fue su recital “Mi Gabriela”, donde aparecía vestida con una túnica blanca, para recitar, durante más de una hora, los más entrañables poemas de la Hija de Elqui.

Escribió de ella Luis Alberto Mansilla:

“Era una actriz de la poesía, y a ella entregó su existencia, con su profunda voz, su figura esbelta y sus minuciosos estudios.

“En los últimos días ya no podía hablar. Se comunicaba con papelitos que entregaba a sus hijas. Uno de ellos fue una cita de Borges, que expresaba sus últimas percepciones: “Toda persona que ha vivido proyecta una sombra que nunca acaba.

“La ‘sombra’ de Inés Moreno se proyecta sobre el teatro, la poesía, la narrativa, las artesanías y la pintura. Fue una artista múltiple que incursionó en casi todas las artes y puso su talento al servicio de las mejores causas. Nunca eludió los compromisos. Fue valerosa en años difíciles y siempre apareció como una voz de la democracia, la libertad y la esperanza. No sólo era una magistral voz de la poesía, fue también poeta -autora de tres libros- novelista, pintora naïf, artesana, compositora de canciones, actriz de brillante trayectoria”.

 

 

 

En el Refugio López Velarde, a donde me condujo Sergio Bueno, conocí esa tarde a la poeta serenense Stella Díaz Varín (1926-2006), a quien dedico en la primera parte de este libro páginas de especial factura, que dan cuenta de lo que ella fue (y sigue siendo), para mí. Nombrarla entre pares y aun entre lectores no asiduos a la Casa, es como pulsar la campanilla de la memoria, traer su potente recuerdo, no siempre -hay que decirlo- asociado a su poesía, sino más bien al mito que encarnó; hay quienes aseguran que la leyenda es, en este caso, más fuerte que su poesía. No compartimos ese aserto, menos a la luz de su Poesía Reunida, por Editorial Cuarto Propio.

Tú y yo, Stella, nos reíamos de esta gloria pasajera de la fama y dudábamos, con ironía, de la gloria post mortem. Pero poco antes que partieras al último viaje, amiga, me confesaste, con lágrimas en los ojos, que tenías miedo a la muerte y terror por la incertidumbre del más allá… Fue en un café de la Feria Internacional del Libro de Santiago, en 2005, un año antes de partir. No supe qué responderte.

 

Recordarás, amiga, las visitas de Pepe Cuevas, Raúl y Carlos Mellado, Micaela Souto, Hernán Miranda, Paz Molina, Ximena Cofré, Luis Alberto Acuña, Salvatori Copola, Héctor Pinochet Ciudad –un fino narrador exiliado, con el apellido del torturador-, y otros compañeros que recordar sí quisiera. Hacías de atildada anfitriona; preparabas pebre, ponche, corvina al horno y otros manjares, mientras yo echaba unas carnes olorosas a la parrilla. Lo demás era el pan, el vino, el pisco, el coñac, a menudo en exceso; no teníamos freno y nos desbocábamos en compulsivas libaciones, salvo Micaela, que jamás pasaba la barrera del segundo vaso de tinto, porque no deseaba perder nunca la lucidez y se ponía triste cuando escuchaba a los pares de la palabra rumiando desatinos con lengua estropajosa y ojos en extravío. Pero tú, Estela, ponías la nota lúcida y honda, como si para cada ocasión extrajeras de tu obra unos versos estremecedores, desprovistos de artificio lírico:

 

            “Enhebro agujas / para que las viudas jóvenes/ cierren los ojos de sus maridos, / y desperdicio minutos, atisbando / a la entrada de una flor de espliego / de una simple abeja, / para separarla en dos, / y verla desplazarse: la cabeza hacia el sur / y el abdomen hacia la cordillera”.

 

 

 

Isabel Velasco se nos marchó en 2019. Interesante narradora, incansable gremialista de nuestra SECH. Amiga para confiarle penas y secretos, para apoyar la cabeza doliente sobre su hombro perfumado. Dejó dicho: “Me crié bajo la protección del padre y tres hermanos sanos, fuertes e intachables. Pienso que de ahí viene mi tendencia al machismo. Creo que, para sentirse realizada, una mujer no puede pasarse sin el apoyo, consejo, amistad y amor de un hombre”.

En junio de 1997, cuando yo trabajaba en una minera de Copiapó, un desusado temporal en la región de Atacama sepultó en la nieve la planta de acopio de El Bolsico, situada a 4.600 m. de altura. Perdimos contacto con los cinco trabajadores de la faena. Fue necesario recurrir a un helicóptero, pero en ese momento todas las aeronaves de rescate se hallaban ocupadas. Me acordé, entonces, que Belisario Velasco, hermano de Isabel, era Ministro del Interior. Llamé a mi amiga y, gracias a su proverbial diligencia, obtuvimos el concurso de un helicóptero de la FACH que rescató, en menos de veinticuatro horas, a los mineros atrapados. Así era nuestra querida Isabel.

 

A Carmen Berenguer la conocí a inicios de los 80. Veo ahora su figura, imponente y atractiva, con una manta negra que la cubría por completo, su cabellera azabache, cayendo en cascada sobre los hombros, grandes ojos oscuros donde campeaba una mirada llena de resolución. La primera idea o juicio era “una mujer valiente”. Comprobada cuarenta años después, desde su sólida obra poética, pasando por su quehacer combativo, siempre en primera línea, hasta hoy. En aquel entonces entró a la Casa del Escritor flanqueada por dos figuras rupturistas, conflictivas y corajudas: Pedro Lemebel y Pancho Casas, las “Yeguas del Apocalipsis”. Trío entrañable que solía moverse al filo de la brutal represión de la dictadura militar-empresarial que padecíamos. No me atreví a enamorarme de la Carmen ni menos de recitar para ella, como hago a menudo, “La casada infiel”, de Federico García Lorca. Entrego aquí un texto suyo testimonial:

“Fue a partir de los ‘80. Antes estuve en Estados Unidos. El movimiento contracultural norteamericano me quedó muy marcado. Observé ese lugar muy de cerca, cómo se fue desarrollando en las universidades, cómo fue cambiando el mundo. Los hippies hicieron cambiar el mundo, pero no eran sólo los hippies, sino que el movimiento de izquierda latinoamericano, el movimiento de las mujeres, el movimiento racial, los derechos civiles, el movimiento poético, musical. Todo eso me quedó impregnado y después, cuando regresé a Chile, me di cuenta que se estaba gestando un movimiento similar, pero que era más político y de oposición a la dictadura. Ese movimiento fue grandioso. Se trasladaba mucho a la gente, desde el sur hacia la Sociedad de Escritores de Chile, donde tomé un taller. Después me puse a trabajar allí mismo. Se hicieron muchos trípticos, porque no había editoriales que publicaran. Todo estaba quebrado, había una crisis institucional profunda. Sólo quedamos nosotros, expectantes”.

 

Teresa Hamel era, por derecho propio, la dama de la Casa del Escritor; pudiera haberse escrito un cuento con este título, porque su presencia entregaba un singular sello de distinción. Viñamarina de nacencia, en el seno de la familia Hamel Nieto, propietaria de un fundo o hacienda en la zona de Reñaca, mucho antes de que se transformara en balneario de ricos con pretensiones de prosapia, Teresa se educó en París. De regreso en Chile, publicó Negro (1950), su primer cuento; al año siguiente, dio a luz el volumen de narraciones breves, El contramaestre.

Se vinculó con escritores, intelectuales y artistas de nombradía, como Rubén Azócar, Armando Cassígoli, Humberto Díaz Casanueva, Margarita Aguirre, Camilo Mori y Pablo Neruda. Su amistad con nuestro Nobel 1971, se prolongó durante veintitrés años, hasta la muerte de Neruda, acaecida el 23 de septiembre de 1973, en la clínica Santa María, hasta donde Teresa Hamel lo acompañara, desde la casa de Isla Negra, en un trayecto signado por el miedo ante el caso de las patrullas militares. Ella ostentaba un coraje que hacía olvidar su menuda figura, y no trepidó en recurrir a sus relaciones y contactos con uniformados para salvar al Poeta.

Tengamos presente que Pablo Neruda, vate del pueblo, militante comunista y precandidato a la elección presidencial en que triunfaría Salvador Allende, era, para las fuerzas reaccionarias y golpistas del 73, un símbolo en el que volcaron su odio, ensañándose con su emblemática casa de La Chascona, sita al pie del cerro San Cristóbal, la que saquearon sin piedad, para luego inundar su planta baja.

Su producción, fundamentalmente narrativa, se reanudó en 1959 con las novelas Raquel devastada, y La noche del rebelde (1969). En 1979 publica crónicas de viaje, bajo el título Verano austral (1979, crónicas de viajes); el volumen de cuentos Las causas ocultas, en 1980, y sus cuentos testimoniales, reunidos en Dadme el derecho a existir, en1984. En 1988, bajo mi fallido sello editorial Logos, tuvimos la honra de publicar su novela Leticia de Combarbalá.

Memoria Chilena, página de la Biblioteca Nacional, apunta: “Sus cuentos han sido incluidos en importantes antologías, como la Antología del cuento chileno moderno (1958) de María Flora Yáñez y la Antología del cuento hispanoamericano (1962) de Ricardo Latcham. La crítica literaria la ha inscrito dentro de la generación literaria del '50”.

En un par de ocasiones, compartimos cálidas veladas en su departamento de calle Providencia, junto a Stella Díaz, quien fue su amiga y protegida por la proverbial generosidad de Teresa Hamel.

 

Paz Molina me fue presentada por Carlos Mellado, a inicio de los 80. Me cautivó su sonrisa y su mirada chispeante. Nos hicimos amigos en un parpadeo. Compartimos momentos felices de fraternidad, que se extendieron en nuestra activa participación en la Revista Huelén, creada y dirigida por el escritor Hernán Ortega Parada. Si la Casa del Escritor, como sabemos, se transformó en auténtico refugio de la libertad creativa y de expresión, en aquellos días aciagos de la dictadura, la sede de Huelén, en Avenida España, fue otro lugar de acogida en donde un grupo de escritores se reunía para articular, bajo la diligente batuta de Ortega, una de las mejores revistas literarias de aquellos años.

Aristóteles España, nuestro inolvidable Tote, escribió una certera reseña sobre nuestra amiga Paz, hoy recluida por larga dolencia.

Memorias de un pájaro asustado; así se titula este libro de poemas de Paz Molina (Santiago, 1945) editado en 1982, es decir, hace 22 años y siempre vigente. Autora también de Noche Valleja (1990) y Cantos de Ciega (1994), es una de las principales voces femeninas de Chile y una de las primeras en identificarse y cultivar la imagen del poeta como personaje, como ser que mira al vacío pero con la mente puesta en la historia y en el devenir del tiempo. "El poeta es un espécimen -dice Molina- que vive una dualidad o duplicidad, de tener que estar siempre dispuesto a vivir de cualquier cosa menos de la poesía. Esa forma de vida, siempre me interesó, aunque reconozco que puede ser desgarradora en algunos momentos de la vida"

Memorias de un Pájaro Asustado es un libro revelador, lleno de instantes de plenitud donde el hablante usa máscaras para descifrar la angustia del hombre del siglo XX. No de otro tiempo. Sus textos son fieles a su pensamiento poético: la voz lírica no es la de “los escritores”; “los poetas están al otro lado de la escritura”, dice.

“Interesante propuesta porque esta forma de abordar el lenguaje conlleva riesgos, saltos mortales, intentos de suicidio, caídas al vacío desde un despeñadero. Sobre todo cuando no hay talento, lo cual no es su caso. Paz Molina construye lugares míticos a partir de conversaciones con esos fantasmas de las duplicidades; transforma a esas máscaras de las que hablábamos en referentes de la nostalgia. La angustia de vivir una hora al cual no se pertenece.

“En sus poemas se advierten los humus vallejeanos, las desolaciones mistralianas, pero no como influencias definitorias, sino como escenarios donde la escritora dibuja poéticamente, paso a paso, esos fantasmas aún vivos, de un corpus literario que alcanza toda la fuerza y el desgarro que la transformaron en la década del 80 en un ícono de la poesía escrita por mujeres en Chile. En su escritura hay olas de magia, la emoción no es un dogma como en otras escritoras de su generación, sino es sangre compartida, frenesí erótico, las palabras cobran significado a medida que enumera los rituales de la cultura en la que está inserta y a la cual rinde homenaje por la variedad de significados de las obras que contribuyeron a su formación y que le permiten seguir escribiendo, ya sea en Isla Negra o Santiago.

“El año 1983, Paz Molina fue editora de poesía de la Revista ‘Huelén’ que dirigió Hernán Ortega. Contribuyó desde sus páginas a dar a conocer a una pléyade de jóvenes poetas de norte a sur del país y rescató a Miguel Arteche como una voz ineludible para esos días complejos en que todo el sistema literario, o mejor dicho, el escenario poético chileno estaba dominado por la presencia de Nicanor Parra, Jorge Teillier, Enrique Lihn.

“Paz Molina nos habló de la religiosidad, de las vanguardias, del rescate de los vates que en las provincias daban a conocer su canto lleno de fuerza, en la adversidad total”.

(Este texto especial es parte de mi libro Memorias de la Casa Escrita)

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