Opinión

Carmenza, una mujer excepcional

Edmundo Moure | 19 de abril de 2021

“La historia de vida de mamá, la Carmenza, pudo haber sido en blanco y negro. Ella optó por vivirla en colores. Incluso cuando el viento y la lluvia le volaban los sueños, ella era capaz de ver, en algún rincón, el arcoíris”.(Carmen Ortúzar Meza)

 

Mi prima, Carmen Ortúzar Meza, la Menchu, periodista, hija, hermana, madre, esposa y también abuela, ha dado a luz un bello libro testimonial, Carmenza, la Abuela, homenaje memorioso a su madre, Carmen Meza Ramírez.

Ciento setenta y cuatro páginas de textos, notas y testimonios acerca de la vida casi octogenaria de una mujer entregada, en cuerpo y alma, al amor por su familia, que debió afrontar tragedias y dificultades sin cuento, haciéndose cargo, con entereza y coraje, del gobernalle de esa nave librada a su comando en medio de las tempestades de la existencia. Todo ello, desde la honda alegría de la entrega.

La obra se desarrolla a partir de una breve semblanza biográfica suya de los comienzos, de los años tempranos. Luego, la vida íntima familiar, narrada desde las casas que la familia habitó o las moradas que habitaron en el corazón de sus residentes, puesto que la casa es el libro espacioso de la memoria, su tesoro vital hecho de habitaciones que crecen y se multiplican a través del tiempo, como nos enseñara Gastón Bachelard, para develarnos muchos de los secretos que las emociones inmediatas nos ocultaron a la comprensión afectiva, ya fuesen dolores o regocijos.

Los Tilos fue la primera de los Ortúzar Meza (recuerdo aquella casa blanca, de un piso, donde alojé a veces, junto a mi primo Javier, seis años menor que yo; le tenía miedo a la oscuridad y dormíamos con la luz encendida, mientras yo leía ejemplares de historietas); Calle Serrano 295, antigua casa de dos pisos en el centro sur de Santiago; Cartagena, la casona señorial de los Ortúzar en Cartagena, heredada por el tío Pedro Ortúzar Veyl, abogado, esposo de tía Carmenza, residencia enorme donde todos –o casi– los primos y otros parientes cercanos, veraneamos gracias a la hospitalidad sin límites de nuestra tía; Pitrufquén, la antigua morada en ese pueblo de la Araucanía, a donde se trasladaron, debido al nombramiento de tío Pedro como Juez de Indios de la localidad, a partir de junio de 1961, los siete hijos; ellas: Blanca, Carmen, Verónica y Mireya; ellos: Javier, Eugenio y Pedro. 

El 9 de enero de 1964, el tío Pedro, pater familiae, juez, salió de madrugada camino de la estación de ferrocarril. Fue arrollado por un tren, cuando los rieles aún recibían los cristales del rocío. La súbita tragedia enfrentó a Carmenza con una realidad distinta y apremiante. Lo hizo sola, sin vacilaciones ni recursos de autocompasión, con el apoyo de sus hijas e hijos noveles, que contribuyeron a la imprescindible fortaleza de la familia. La historia detallada está en el libro, narrada por la prima Carmen, la Menchu, con límpida claridad, sin artilugios verbales, como si la escuchásemos conversar en una sobremesa. Las historias familiares fluyen y se entrecruzan; también las anécdotas, travesuras y demás sucesos acaecidos en esa villa del sur boscoso, agrario e indígena de nuestro largo país.

En 1968, la familia regresa a Santiago. Hay unos días en La Cisterna, en la casa-quinta de los Moure Rojas, donde Carmenza había compartido largos días de su juventud con nuestra madre Fresia, en el incipiente noviazgo con Pedro, el joven abogado, a comienzos de los años 40. Hay una buena fotografía, en blanco y negro, colores de la nostalgia, que los muestra mirándose con ternura.

Luego, la morada en calle Diagonal Oriente. El racimo de la familia se va desgajando en los primeros matrimonios. La vida continúa y Carmenza sigue siendo el centro espiritual y afectivo del clan que sucede a la familia. (También yo recuerdo sus reconfortantes tés con marraqueta, una especialidad de tía Carmenza brotada de sus manos hospitalarias).

La segunda parte de este libro entrañable lleva por título La Abuela, donde la imagen y el carácter de madre son reemplazados por el más dulce y sereno de la abuela, cuya convocatoria es más amplia y morosa, porque los años mitigan premuras y afanes y el alma busca entregar su sabiduría a los hijos de los hijos. En este rol, Carmenza parece sobresalir aún más, a través de los testimonios recogidos de nietas y nietos.

Hay también otras evidencias filiales que matizan y complementan el relato de Carmen Ortúzar, engarzados con eficacia narrativa en el discurso medular, preservando la continuidad de la historia y engrandeciendo el homenaje a esta mujer excepcional.

No estamos aquí frente a una obra literaria, en el sentido de un libro escrito bajo perspectiva estética o retórica ajustada a los “géneros”. Quizá en ello estribe su mayor mérito, pues la autora se deja llevar por una prosa de impecable factura –no en balde es avezada periodista– y desmenuza sus recuerdos en el fuego comunitario de la memoria, sin pretensiones de mostrarse o lucirse ante el lector, prurito éste inevitable en todo escritor que se siente con el derecho y la urgencia de “decir algo”. No obstante, el texto funciona, atrapa y se torna universal, porque los rasgos y servidumbres de la condición humana habitan en sus palabras.

Es posible que la falta de referencias a ciertas personas y figuras de la historia acarree alguna confusión al lector ajeno a su trama. Esto se explica porque Carmen Ortúzar, la Menchu, concibió el libro como cumplimiento de una deuda de amor con Carmenza y los suyos, y quiso publicarlo como testimonio afectivo, obsequiado sólo a los suyos. 

El producto final, como suele ocurrir en el ámbito de las palabras, resulta diferente de lo propuesto por la voluntad de la autora. Lo mismo ocurre con Carmenza, con su hermosa figura, con sus grandes ojos reveladores, con su voz vigorosa y clara, con su humor proverbial, capaz de endulzar todas las amarguras y aventar zozobras y presagios, no sólo entre los más cercanos, sino en ese prójimo que en nuestro tiempo parece devenir en una antigua quimera.

Carmenza, la Abuela, queda ya para siempre en la gran Biblioteca tribal de la memoria, gracias a Menchu, nuestra prima y delicada escritora de recuerdos imperecederos.

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