Opinión

Estatuas

Edmundo Moure | 15 de marzo de 2021

La primera estatua que surge en mi memoria es la del Príncipe Feliz, que deja de serlo cuando su amada golondrina perece congelada bajo los labios de aquel noble de metal y de corazón humano, sensible a las espinas y requiebros del amor, sobre todo del prohibido, el que padeciera en triste y dolorosa abundancia el autor de aquella historia, Oscar Wilde.

La segunda, quizá fuera la ecuestre de Bernardo O’Higgins, en posición de salto y escape del sitio de Rancagua, donde las tropas de la Patria Vieja sufrieran aplastante derrota a manos de los realistas españoles; bueno, eran todos hispanos, jurídicamente hablando, los guerreros de aquella justa independentista.

En la casa materna, durante una sobremesa (1950, tal vez), se había comentado la molestia expresada por el embajador de España, a propósito de la “odiosa figura” del corcel chileno del hacendado con uniforme, Bernardo O'Higgins, pisoteando a un realista que portaba el pendón rojo y amarillo.

Claro, era preciso entender la simbología bélica, con sus banderas, uniformes y entorchados. La Patria, esa palabra mayúscula, de veneración tan infusa como genética, nacía o se apagaba según fuesen de afortunadas las glorias militares.

Alguien comentó, a la hora de los postres, que un embajador de cierto país árabe petrolero, en trance de restablecer relaciones diplomáticas con la España de Franco, había expresado parecida queja ante la estatua ecuestre del apóstol Santiago, en su brutal identidad de Matamoros, aplastando, en este caso, a una dupla de moriscos de turbante y alfanje brilloso como la herética medialuna musulmana.

Cuestión, pues, de épocas históricas y de circunstancias, como ocurre, hoy en día, con los continuos vejámenes y atentados en contra de la estatua de un “héroe oficial”, como es el general Manuel Baquedano, de currículo sonoro y solemne, consagrado como oficial distinguido en las campañas genocidas de Cornelio Saavedra en la Araucanía (1868), y luego, como comandante del victorioso ejército chileno en la guerra de las empresas del salitre, de 1879.

El caso de este monumento amerita algunas reflexiones civiles. Junto con erigirlo, se cambió el epónimo de Plaza Italia por el de Plaza Baquedano... Y aquí comienza el padecer del mílite Baquedano y de su pacífico caballo, puesto que no ha sido posible erradicar del inconsciente colectivo, o de la villanía o vulgo o pueblo llano, el porfiado nombre de Plaza Italia, con su sesgo de extranjería inmigrante, para más remate, ahora que se pretende reivindicar los “valores patrios” de puertas adentro, algo alicaídos.

Más allá de las reparaciones florales y de las constantes manos de pintura, convendría retirar la estatua y ubicarla en la Escuela Militar, lugar en el que don Manuel se sentiría a sus anchas, libre incluso de las palomas que mancillan y guanean, tanto a próceres civiles como militares, en esa ecuánime y transversal democracia olímpica de las plumíferas.

La otra estatua que no olvido, es la de don Ramón María del Valle-Inclán, sentada en un banco del parque Rosalía de Castro, en Santiago de Compostela. Puede uno sentarse a su lado y tomar con él una foto, sin que lo hostiguen los carabineros o municipales. 

-¿Y la estatua de Rosalía, qué le pareció?

-Ni Rosalía de Castro ni Gabriela Mistral precisan de monumentos metálicos o pétreos. Ellas son la patria, es decir, la Matria inmortal, que sustituye fanfarrias y tambores por la palabra poética. 

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