Hace unos días, lamentándonos de la muerte del genio de la vida y de la arquitectura Óscar Niemeyer, un amigo ingeniero –experto en resistencia de los materiales– y yo discutíamos sobre la capacidad que tuvo el brasileño para derrochar talento y obras exhuberantes a cualquier edad, para sorprender y para aplicar los nuevos avances científicos al servicio del urbanismo.