Opinión

Benjamín Franklin y “El libro del hombre de bien”

| 18 de agosto de 2012

 

“En mi juventud concebí el proyecto, tan atrevido como difícil, de llegar a una ‘perfección moral’. Deseaba vivir sin cometer jamás una falta, y vencer todas aquéllas a que pudiesen arrastrarme una inclinación natural, la costumbre o la sociedad. Como sabía, o creía saber, l oque era bueno y lo que era malo, no veía por qué no había de poder hacer ‘siempre’ lo uno y evitar lo otro”, leemos en el “Plan de mejora moral “Extracto de sus memorias)” inserto en “El libro del hombre de bien” de Benjamín Franklin, publicado por Espasa-Calpe, Madrid, 1964, en su 4ª edición.

Escritor y físico, además de hombre de Estado, Benjamín Franklin vio la luz cerca de Boston en 1706 y falleció en Filadelfia en 1790. Evocando su niñez, dio sus primeros pasos como ayudante de su padre, modesto fabricante de velas y jabones. A los doce años entra de aprendiz en una imprenta, estudia afanosamente y se traslada a vivir a Londres, donde trabaja en su oficio. Retorna en 1726 a Filadelfia: se establece con una imprenta, tira un periódico, abre una librería y comienza a escribir obras encomiables. Luego sobresale como economista, aboga por una emisión de papel-moneda basada en la riqueza del país, demostrando que “el jornal elevado produce el trabajo barato”. Conviene observar que fue el primero en percatarse de que la población de las colonias americanas se duplicaba cada veinte años.

Seducido por la física, Franklin inventa las chimeneas económicas y la primera batería eléctrica. También el pararrayos y el anteojo que exhibe su propio nombre. Recordemos que fue director general de Comunicaciones, dirigió la construcción de fortalezas y ocupó diferentes cargos públicos en Norteamérica y Europa, mereciendo constantemente el respeto de todos debido a su austeridad y desinterés, al igual que a su patriotismo e incesante laboriosidad.

“Cuando se nos presentan circunstancias en que sobre asuntos de importancia debemos tomar un determinación que nos agobia, la dificultad procede principalmente de que en nuestro examen todas las razones en ‘pro’ y en ‘contra’ no concurren a la vez en la imaginación, y que se nos presentan de manera que alternativamente ha desaparecido la primera cuando llega la última”, escribe Benjamín Franklin en “Álgebra moral”. “De aquí proceden –agrega– las diferentes disposiciones o resoluciones que alternativamente preferimos, y la incertidumbre que nos atormenta. Para fijarla, mi método es dividir en dos columnas una hoja de papel poniendo al principio de la una la palabra ‘pro’, y la voz ‘contra’ al principio de la otra”.

Entre los curiosos textos que podemos leer figuran “Advertencias necesarias a los que quieren ser ricos”, “Medios para tener siempre dinero en el bolsillo” o “Diálogo entre la Gota y Franklin”. Tampoco echamos en el olvido “Arte de tener sueños agradables” y “Parábola contra la intolerancia”. Otros títulos atractivos son “Los salvajes de la América del Norte”; sugerentes son las escenas de “La linda pierna y la pierna torcida”, “El porrazo en la cabeza” y “Las visitas indiscretas”. ¿Y quién no recuerda los divertidos “Modelo de carta de recomendación para una persona a quien no se conoce” o bien “El palo o las garantías políticas”?

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