Al margen de los sectores más privilegiados, en Santiago de Chile solamente existen “islotes” de nuevas poblaciones y “villas” donde apenas pudiéramos hallarlas. La Catedral, abajo. Ñuñoz, alto. El barrio de San Cristóbal. He ahí las floraciones de la estrenada ciudad de Santiago, que habrá de acrecentarse tiempo después a través de sus “centros” menos poblados. Pues, en verdad, Santiago exhibe una singularidad: la de carecer de “transiciones”. Así, en Morandé y Amunátegui –calles muy céntricas– nos encontramos próximos al “Mapocho”, un arrabal de contrarias características. Cerca de la Cárcel, oteando la luz del poniente, se sitúan casas y bodegones de un piso, techo de tejas y algún hermoso farol que se quedó huérfano de luz, frente al todopoderoso “foco eléctrico”. También, taciturnas cantinas y puertas entornadas que esconden algún camastro en una “pieza” más baja que la acera.