Acá, en Ancud, se percibe, diferenciándose de la población de Castro, que el ser humano ha venido de otro lugar. Se transparenta el “español”. Excepto la frecuencia lluviosa así como las casas de madera, la ciudad de Ancud bien pudiera estar fuera de Chiloé, aunque, eso sí, sin cambiar de espíritu. En Castro, no obstante, ya se observan casas anchas, simpáticos muchachos, de baja estatura, una pizca rechonchos, mas de generosas espaldas, dotados de una vivísima charla, tanto que, desde el primer instante, nos interrogamos qué rara lengua hablan estas gentes, porque no la podemos entender.