LA ESCRITORA ARGENTINA DE ORIGEN GALLEGO ES AUTORA DEL LIBRO ‘AURELIA QUIERE OÍR’

María Rosa Iglesias: “Ninguna riqueza, si se logra, alcanzará a borrar los afectos perdidos por la emigración

| 28 Septiembre 2019 - 15:07 h.
La escritora, con sus nietas, en una exposición fotográfica en la que aparecen su casa natal y su jardín.
La escritora, con sus nietas, en una exposición fotográfica en la que aparecen su casa natal y su jardín.

Emigró a Argentina cuando aún no contaba cinco años de edad. Se fue con su madre y su hermano al encuentro con el padre que había partido tiempo atrás. Se fue con su inocencia a una patria que no era la suya y donde le faltó la caricia del abuelo, el arroyo que cruzaba saltando de piedra en piedra, los sembrados, la gaita sonando en las fiestas... Todo se le fue con ese viaje transoceánico que le marcó de por vida, como su enfermedad, la hipoacusia. De ambas pérdidas, la afectiva y la auditiva, busca resarcirse con su libro ‘Aurelia quiere oír’ con el que irrumpe en el mundo de la novela.

Narradora y poeta, María Rosa Iglesias llegó este verano a Galicia donde tuvo ocasión de promocionar su primera novela, ‘Aurelia quiere oír’, una especie de autobiografía con la que pretende reparar sus dos grandes traumas: la emigración y la hipoacusia. Autora de relatos premiados en España y Argentina, en este libro refleja su lucha contra la incomprensión que le produjo la enfermedad y las contradiciones que tuvo que sufrir para crearse una nueva identidad lejos de su Galicia natal.

Pregunta. Nació en Marrozos, una aldea de Santiago de Compostela, pero se trasladó muy joven a Buenos Aires. ¿Qué recuerdos guarda de ese momento?

Respuesta. Emigré dos meses antes de cumplir cinco años. Mamá, mi hermano mayor y yo íbamos a reencontrarnos con papá que había emigrado cuando yo tenía dos meses. Era muy chiquita y no comprendí que nos marchábamos para siempre, así que iba con mucha ilusión de conocer a papá, segura de que pronto todos regresaríamos a Galicia. Recuerdo intensamente la angustia de mi mamá y la tristeza de mi hermano mayor que sí se daba cuenta de la realidad. A pocos días de llegar a Buenos Aires, la que empezó a desesperarse fui yo: preguntaba cuándo volveríamos y ante las respuestas evasivas de mis padres, empecé a sospechar la verdad. Cuando me anotaron en la escuela sufrí una conmoción, una decepción tremenda porque se confirmaba lo definitivo del viaje.

P. ¿Cómo transcurrió su vida en Argentina? ¿Echó de menos su tierra de origen?

R. Tuve la infancia y adolescencia de una niña pobre: sin juguetes ni diversiones. Con mandatos y disciplinas firmes para progresar en base al estudio, el trabajo y el ahorro. Extrañaba todo: la casa, el paisaje, a la gente querida, a los animales, el sentimiento de pertenencia a esa comunidad.  

P. ¿Cómo se siente Galicia desde Argentina? ¿Es el retorno un sueño para todo emigrante, o una necesidad que se desvanece con el tiempo?

R. Al elegir emigrar, aunque les duela, los adultos pueden hacerse responsables de su decisión, resulte acertada o no. Pero el niño no participa de esa elección y siente mucho enojo al verse brutalmente arrancado de lo suyo, de lo que conoce y lo que ama. Yo no sabía que éramos pobres, no sabía que había atraso y falta de libertades. Sí sabía que amaba todo lo que era mío que, por eso mismo era valioso, porque lo amaba.

Creo que retornar es el sueño de la mayoría de los emigrantes, aunque muchos, al descubrir las mayores posibilidades de progreso que dan las ciudades ya no quieren volver al campo. Con los años, aunque extrañen lo suyo, van echando raíces, cambiando costumbres y, finalmente, al formar una familia (y más si se casan con una persona no gallega) ven alejarse la posibilidad de regresar. En parte por su propia integración pero también porque no quieren infligir a sus hijos el dolor de abandonar el lugar de nacimiento. En cuanto tienen posibilidades económicas, se consuelan con visitas al lugar de origen. Y al cabo de los años, descubren que tienen dos pertenencias, por más que el lugar donde transcurrió la infancia jamás deja de añorarse. 

P. Se dice que la emigración es un fenómeno que marca indefectiblemente a quien lo vive. Desde su experiencia, ¿cómo lo analiza?

R. La emigración es un terremoto, sobre todo para un niño y marca para toda la vida. Aunque en el nuevo país te vaya muy bien, cosa que no es ni tan fácil ni tan frecuente (los que se quedan suelen fantasear mucho con el “éxito” de los que se fueron, cosa no siempre cierta), has perdido todas tus referencias culturales y todos los afectos. Algunos podrán vivir la emigración como una liberación de condiciones de vida muy difíciles, como el logro del progreso para sí y para su familia, pero, aun así, lo que se perdió fue demasiado. Alguna gente muy aventurera disfruta de irse a otro lugar y no siente excesiva nostalgia. Pero la mayoría no se va por aventura, se va obligado por las circunstancias sociales o políticas. Y eso se vive como una expulsión. Se produce una ruptura en la historia y los vínculos y hay que invertir mucho esfuerzo físico y psíquico para reconstruirse. 

P. Ganadora de varios premios literarios en España y Argentina, ¿en qué momento descubrió su vocación de escritora? 

R. Desde que aprendí a redactar disfrutaba mucho de la escritura. A los diez años, cuando leí el Quijote, sentí que crear un mundo de ficción era maravilloso. Pero mis padres no tuvieron éxito económico rápido y no alentaban el cultivo del arte sino el trabajo y el estudio de cosas más “serias y prácticas”. Por eso yo sentía que escribir por placer era transgredir los mandatos. Recién cuando logré independencia económica dediqué algún tiempo a la escritura pero no mucho, porque tenía que trabajar para mantener a mi familia y no me quedaba tiempo ni energía. Y si me quedaba, lo invertía en leer, en cultivarme. Sin embargo, escribía esporádicamente textos cortos: eran mi válvula de escape para no morir aplastada por una realidad muy dura.

P. Escribió poemas y cuentos y se atreve ahora con la novela. ¿Cómo surgió la necesidad de escribir este libro?

R. Me gustan las posibilidades de la novela para acercarse al personaje, a la interioridad de su psiquis, a la minuciosidad de sus vivencias porque se trata de textos extensos. No obstante, hay límites impuestos por el mercado: la penúltima versión de ‘Aurelia quiere oír’ tenía 700 páginas pero, por sugerencia de la editorial, tuve que achicarla a 352 páginas. 

Yo tengo un problema auditivo severo. Desde que tuve sarampión a los dos años, sufrí de otitis crónica en los dos oídos. Fui perdiendo audición al punto de que a los 18 años oía un 20% de lo normal y fue equipada con audífonos. Pero los audífonos no suplantan el sentido perdido, como tampoco las muletas reemplazan a las piernas. Fue durísimo estudiar, llegar incluso a la Universidad, socializar con oyentes, trabajar, criar a mis hijos. Desgraciadamente no existe conciencia social de las dificultades de los hipoacúsicos porque no tienen ninguna marca física: solo se lo nota distraído, un poco en Babia, tímido, desinformado, solitario. No van tropezando con las cosas y con el mundo como los ciegos o los rengos. Por sus dificultades para socializar con oyentes, los hipoacúsicos (al contrario de los sordos que sí tienen lugares donde socializar con sus pares) se sienten aislados, solos e impotentes. Y tienen muchas limitaciones a la hora de estudiar, trabajar y competir con su entorno oyente. 

Yo necesitaba hacerle comprender a la sociedad que la pérdida de audición causa enormes dificultades para vivir con plenitud, para generar y aprovechar oportunidades. La sociedad ignora o es indiferente a los problemas del hipoacúsico, la familia no es asesorada ni recibe orientación para ayudarlo adecuadamente y el paciente va sintiéndose un estorbo, una carga, un fracasado. La persona hipoacúsica necesita ayuda, necesita comprensión, necesita respeto y simpatía. Necesita oportunidades acordes con sus capacidades.

Las dificultades del hipoacúsico, es decir, de la persona que sin ser sorda tiene una pérdida auditiva importante, no ocurren en el orden de las relaciones espaciales, en el contacto con la materia del mundo sino que ocurren en el orden de la información y del conocimiento, de las ideas que suscita la información y la comprensión de las relaciones lógicas y de sentido que sólo devela la palabra. El lenguaje hablado, y por lo tanto oído, está antes que el lenguaje escrito y además, para dominar el lenguaje escrito es indispensable dominar primero el hablado. El lenguaje es lo único que diferencia al ser humano del animal porque le permite tener memoria, tener historia, crear, imaginar, comunicar. Le permite vincularse con los demás, comunicar deseos, afectos, intereses, ser tenido en cuenta, competir por un trabajo, hacer chistes, reclamar. La persona que oye poco, por más que quiera superar su minusvalía, siempre tropieza con límites severos y está muy expuesto a la frustración.

P. ¿Qué cuenta en ‘Aurelia quiere oír’? ¿Hasta qué punto hablar de la emigración en una novela era para usted una asignatura pendiente?

R. Escribí la primera versión de esta novela hace veinte años. Y al escribir sobre mi hipoacusia, también necesité escribir sobre mi emigración, que fue el otro gran mazazo que me dio la vida. En las sociedades receptoras abunda la soberbia de creer que los inmigrantes tienen que estar muy agradecidos por haber podido dejar sus países (siempre inferiores por atrasados, bárbaros y miserables) y haber llegado al paraíso. Y la mirada sobre el pobre (Adela Cortina acuñó el término aporofobia) que, además, es extranjero, suele ser descalificadora. En todas las sociedades. Los receptores no sólo temen que ese extranjero les quite lo que es “suyo” sino que tampoco comprenden la nostalgia del desarraigado, no comprenden su dolor ni el recurso psíquico de idealizar la patria de origen. Ninguna riqueza, si es que la logra, alcanzará a borrar los afectos perdidos. Y yo necesitaba contarles a los argentinos (la Argentina todavía no se había convertido en un país de emigración por lo que no parecía importante comprender todo lo que se siente cuando se migra por necesidad) que la patria no es el territorio de miles de kilómetros que figura en los mapas. La patria es la casa, la caricia del abuelo, los juegos en el monte, el cielo y las nubes, el cerezo en el huerto, el cocido servido en cuencos de barro. Y esa patria, esa infancia y juventud perdida para siempre, duele. Duele mucho. 

En ‘Aurelia quiere oír’ intenté hacer comprender estas dos pérdidas padecidas: la del entorno cultural y afectivo y la auditiva. Tardé más de veinte años en escribir la versión definitiva porque, mientras escribía, tuve que elaborar mi dolor, mi rabia, mi impotencia. Lloré cada vez que evoqué a mi abuelo; el arroyo que cruzaba con mis primas, saltando de piedra en piedra; los sembrados; la gaita sonando en la fiesta; mi madre cosiendo bajo la parra. Me enfurecí al evocar las humillaciones por no oír, las oportunidades perdidas, los desplantes y la indiferencia de los que me tomaban o me hacían sentir estúpida. Al escribir volvía a abrumarme la impotencia de no oír a mis profesores, no oír una conversación interesante, un dato indispensable para mi trabajo.

P. ¿Qué hay de María Rosa Iglesias en Aurelia?

R. Emocionalmente Aurelia y María Rosa son muy parecidas. Pero lo autobiográfico en la novela se limita a las experiencias de la emigración y la hipoacusia, a los sentimientos que produce el desarraigo, al modo de enfrentar los desafíos, a la tozudez para no darse por vencida. María Rosa, o sea yo, tuve madre hasta los cuarenta años, mi padre era pastelero y tuve dos hermanos, uno nacido en la Argentina. Me casé muy joven, como mandaban las costumbres de la época, tuve dos hijos (Ruy es historiador y Mónica geógrafa) y me divorcié muy joven. No terminé la carrera de Letras y no sé dibujar ni pintar. O sea, el personaje Aurelia tuvo una vida diferente a la de la escritora María Rosa. El entorno familiar de Aurelia es parecido al que rodeó a María Rosa, pero no igual. El resto de los personajes, los que rodean a la Aurelia adulta, son totalmente inventados. En pocas palabras, ‘Aurelia quiere oír’ es una ficción apoyada en las vivencias de María Rosa, pero de ninguna manera una autobiografía.  

P. Este verano estuvo en Galicia, donde tuvo oportunidad de presentar el libro. ¿Viaja con frecuencia a la comunidad autónoma?

R. No tanto como quisiera. Mi primer viaje de retorno ocurrió 41 años después de mi emigración. Fue en el año 1994. Regresé en el año 2007, en el 2010 para asistir a la defensa de tesis de mi hijo en Santiago de Compostela y, por último, en el 2019 para presentar mi novela. Las condiciones económicas no me permiten mucho más, pero no me quejo: yo volví, otros nunca pudieron cumplir ese sueño.

P. ¿Es su tierra natal un lugar hospitalario para acoger a los ‘hijos’ que tiene repartidos por todo el mundo?

R. Sí, Galicia es un lugar hospitalario y no sólo por la recepción de los familiares y amigos. En el año 2007, nos ocurrió varias veces que, cuando mi hijo contaba que yo era una emigrada en Argentina, no me cobraban algunos gastos, la gente preguntaba por el país, recordaban a un tío o un abuelo que habían emigrado a Buenos Aires, me trataban con mucho cariño. La emigración a América tiene un aire mítico, tal vez muy superior al de la emigración a Europa. En aquellos tiempos de analfabetismo y pobreza, sin la maravillosa evolución de las comunicaciones hasta llegar al prodigio de internet, irse para América era irse para siempre, en barcos que tardaban veintitantos días en cruzar el océano. En cambio de Europa siempre se vuelve. 

P. ¿Cómo le gustaría que fuera tratada la emigración gallega? ¿Está necesitada de reconocimiento?

R. No conozco el caso de otros países, solo el de Argentina. Creo que pese al injusto estereotipo que se construyó sobre los gallegos, los argentinos van reconociendo el importantísimo aporte que hicimos. Sin embargo, todavía falta. Creo, con María Rosa Lojo, que en Argentina hay dos deudas de reconocimiento: con los pueblos originarios y con los gallegos. En este momento, desde su lugar en la Cátedra Galicia-América de la Universidad de San Martín, la periodista Débora Campos y el historiador Ruy Farías, los dos, hijos de gallegos, están haciendo una enorme labor de difusión de la cultura y la historia gallega y su rol en la construcción del país. Pero no son los únicos. Muchos nietos de gallegos están comprometidos con la recuperación del aporte de sus abuelos.

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