ORÍGENES ASTURIANOS Y GALLEGOS DEL PREMIADO DIRECTOR DE CINE ARGENTINO JUAN JOSÉ CAMPANELLA

Taramundi, un lugar ‘de película’

| 13 Febrero 2017 - 10:36 h.
Felisa Rodríguez y Julio Quintana, abuelos españoles de Campanella.
Felisa Rodríguez y Julio Quintana, abuelos españoles de Campanella.

Los orígentes del director de cine argentino Juan José Campanella, premiado por grandes películas como ‘El hijo de la novia’ o ‘El secreto de sus ojos’, están en Galicia y Asturias, de donde eran sus abuelos maternos. Después de más de un siglo, Julio Quintana, su abuelo asturiano, regresa definitivamente a Taramundi a través de su nieto Juan José Campanella, quien ha sido nombrado por la corporación local como ‘Hijo Distinguido’ de este ayuntamiento. Ahora sí, Taramundi pasa a ser definitivamente un lugar de película.

Donde termina la Asturias occidental y se funde con Galicia, en un mismo paisaje y en un mismo idioma está la aldea de A Veiga da Sarza en Taramundi, Asturias.
Por aquellas tierras encantadas, vieron salir al sol por las madrugadas, hombres y mujeres que llegaban de otros sitios. De lugares remotos, de otras civilizaciones de Europa. Desde épocas inmemoriales, los celtas, germanos, godos y posteriormente los romanos pudieron contemplar este verde valle, bordeado por montañas, que acompañan al río Turia. En este lugar, casi de leyenda, nació a las 6 de la mañana, del 30 de septiembre de 1887, Julio Quintana Novo. 
Los padres del recién nacido eran Benigno Quintana y Eleuteria Novo, natural de Mousende, una aldea vecina. Como era común en aquellos años, el parto fue en la misma casa familiar, asistido por una comadrona y varias vecinas de la aldea. Días después, el 2 de octubre, cuando Eleuteria ya estaba recuperada, se acercó con su marido al pueblo para inscribir a su hijo, en el registro civil de Taramundi. La familia de los Quintana estaba compuesta por 6 hijos: José, Julio, Francisca, Isidora, María y Juana Bautista.
Don Benigno y doña Eleuteria eran jornaleros, y los trabajos rurales se combinaban con la confección de navajas y cuchillos. Taramundi por aquellos tiempos era tierra de ‘ferreiros’, es decir artesanos que se dedicaban a la fabricación de navajas y cuchillos. Las realizaban con hojas de acero forjadas, tradicionalmente en pequeños talleres artesanales y con mangos de madera de diferentes tipos, preferentemente de madera de Boj, con un decorado realizado manualmente con goma-laca, dibujando formas geométricas y utilizando colores que caracterizaban y marcaban el estilo propio de cada artesano. No solamente los fabricaban sino que, cuando conseguían una determinada producción, salían a venderlos especialmente por las aldeas y pueblos de Galicia, que les quedaban más cerca y requerían de estos instrumentos tan necesarios.
Julio, desde niño, ayudó a sus padres en las labores del campo y también en su oficio de ‘Ferreiro’. Don Benigno recorría, en los meses de verano, los pueblos con sus navajas y cuchillos. Durante una etapa del año los fabricaban y, en la otra, salían a venderlos. En muchos de estos largos recorridos, don Benigno llevaba a su hijo Julio, para que le hiciera compañía. 
Julio pudo aprender a leer y escribir con un maestro del pueblo. La pobre escuela, era una antigua casa de piedra, con una chimenea que calefaccionaba la sala donde aprendían los niños de distintas edades. Estudiar el castellano era una tarea difícil, ya que en sus casas hablaban el gallego, como idioma materno. A tan solo unos metros de su casa estaba Galicia, que ejercía una gran influencia cultural. Por aquellos años estudiar ciclos superiores era casi imposible. Esta educación estaba reservada para las familias ricas o para jóvenes que se internaran en colegios religiosos, para convertirse posteriormente en sacerdotes.
La vida en la aldea por aquellos tiempos era muy difícil y la guerra de Cuba hacía estragos entre los jóvenes. Es así como don Benigno decide enviar a Julio a la Argentina, donde tenía familiares. Aunque la decisión era muy dura, pensaban que sería lo mejor para el futuro de su hijo. En el mes de octubre, Quintana acompaña a su hijo que recién tenía 12 años hasta el puerto de A Coruña. El traslado por carretera era por aquellos años una odisea. Se tardaba varios días y se realizaba en carruajes. Al llegar al puerto se alojaron en una pensión, para esperar la llegada del barco. Fue entonces cuando Julio conoció el mar. 
Al día siguiente atracaría el viejo buque ‘Ebro’, de la Compañía Trasatlántica Española, donde lo esperaban numerosos emigrantes. El barco se construyó en los astilleros Milwall Ship Graving Co. (Millwall) en el año 1865 con capacidad para 100 pasajeros. Era un barco mediano. Tenía de eslora 80,77 metros y de manga 10,36 metros. Su máquina era de vapor de dos cilindros y 300 H.P. que le proporcionaba una velocidad de 10 nudos, casco de hierro, dos cubiertas, dos palos con velas cruzadas y en el medio, dos chimeneas.
Julio vivió todo el trayecto de navegación con mucha expectación. Todo era novedoso. En el casi un mes que duró la travesía, el barco fue parando en numerosos puertos: para dejar correspondencia, abastecerse de productos frescos y desembarcar pasajeros. El ‘Ebro’ partió desde A Coruña para Vigo, donde subieron pasajeros. Luego se trasladó hasta el puerto de Lisboa, para enfilar hacia las Islas Canarias. Este fue el último puerto antes de cruzar el océano. La travesía del gran mar, fue muy larga y lenta. Los constantes temporales por aquellos meses del año, afectaban la estabilidad del barco. Julio, a pesar de algunos mareos iniciales, pudo soportar con mucha valentía este nuevo desafío. Por las noches le gustaba contemplar las estrellas y las nuevas constelaciones que iba descubriendo, mientras un acordeón ejecutaba viejas melodías europeas. Era un adolescente que veía todo esto como una aventura. Después de 15 días llegaron al puerto de Salvador en el Brasil. Allí pudo contemplar por primera vez a la población negra. Nunca había visto una persona con un color de piel distinto al suyo. La imagen le impactó. Se dio cuenta que estaba en otro continente, en otro mundo. Se preguntó con qué se encontraría al llegar a Buenos Aires. A medida que pasaban los días aumentaba su ansiedad por llegar, quería ver la ciudad soñada, los rascacielos que le habían contado en el pueblo.
El ‘Ebro’, después de casi 12 horas atracado en el puerto de Salvador, la ciudad de las 365 iglesias y del cacao, se trasladó hasta Riío de Janeiro, para continuar luego a Santos. Por la tarde dejaron Santos y la imagen de su puerto, con centenares de hombres forzudos, cargando pesados cachos de bananas en sus espaldas. El barco se despidió del Brasil recorriendo su costa, hasta llegar al estuario del Río de la Plata.
El 14 de noviembre de 1899, Julio desembarcaba en el puerto de Buenos Aires. Era un martes de primavera. La Argentina era un país que se estaba haciendo. El presidente por entonces era el general Roca. Un militar que fue el encargado de dirigir con mano muy dura, la conquista del desierto, desplazando o exterminando a los pueblos originarios. 
A fines del siglo XIX comenzaron a llegar las grandes oleadas de inmigrantes. La Argentina necesitaba poblar el país y mano de obra, para su incipiente industria y su colonización.
Como la mayoría de jóvenes emigrantes, comenzó a trabajar de mensajero o niño de recados. Una de las primeras labores que realizó fue la de cobrador. Por aquel entonces se estilaba comprar a crédito e ir a cobrar al domicilio.
Cuando se hizo hombre, comenzó a frecuentar las fiestas, donde iban los emigrantes. Especialmente los sábados por la noche o los domingos, cuando se hacían los picnics en los bosques de Palermo. También le gustaba el fútbol y, cada tanto, cuando Independiente jugaba en su cancha, que le quedaba cerca, se acercaba a disfrutar de un buen partido.
Una tarde, después de trabajar, se fue a distraer a una placita de su barrio. Allí conoció a una emigrante como él, Felisa Rodríguez Borrajo, oriunda de Ribadavia, Galicia. Los dos se cayeron bien. Eran de la misma edad y tenían los mismos sueños. A la misma hora y en el mismo lugar, todos los días, hiciera sol o lloviera, ambos emigrantes se encontraban para dar un paseo y terminar el encuentro tomando algún refresco. El noviazgo duró poco tiempo y pronto se casaron. El joven matrimonio se fue a vivir a la zona sur, en Avellaneda. Era muy común por aquellos años que la emigración, especialmente la gallega, se radicara en esta zona industrial. Las viviendas eran baratas y había trabajo. Muchas casas de aquellos barrios eran de chapa acanalada de cinc. Desde la ventana de su habitación se veía una inmensa luna, la ‘luna de Avellaneda’.
Elvira, una de las nietas de los Quintana, nos cuenta: “Mis abuelos se conocieron acá en Buenos Aires, se casaron enseguida y al año nació su primer hijo, Benigno; un año después nació mi madre Placeres. Le pusieron ese nombre por quien iba a ser su madrina, que luego no lo fue, vaya uno a saber por qué razón, y mi pobre madre tuvo que cargar toda su vida con ese nombre al que odiaba”.
El matrimonio tuvo 7 hijos: Benigno, Placeres, Julio, Armando, Luis, Luisa –la madre de Juan José Campanella– y Nélida Felisa. Los primeros años pasaron por momentos económicos difíciles. Con un solo trabajo, criar a tantos hijos no era nada fácil.
La casa de los Quintana era un hogar alegre, se hacía culto a la comida y a las reuniones familiares. Nunca faltaba después de un encuentro gastronómico a base de callos o de fabada, las típicas canciones gallegas o las asturianas ‘Torna la Gocha’ o ‘Pasé el Puerto de Payares’. Con las palmas o con los instrumentos acústicos que estaban sobre la mesa, se acompañaban con alegría y muchas veces con melancolía, las típicas melodías con las cuales don Julio y doña Felisa se habían criado. Cuando se trataba de algunas fiestas más concurridas, no faltaban algunas jotas y muñeiras, que bailaban entre mujeres.
Aquellas reuniones también servían para leer las cartas que llegaban de la aldea. Siempre era don Julio el encargado de leerlas en voz alta. Las mismas, mes tras mes, decían cosas parecidas: “Queridos hijos: espero que al recibo de ésta estéis bien, nosotros bien gracias a Dios”. Y luego relataban los hechos familiares y las noticias del pueblo. Así se enteraban de qué vecino había fallecido o de quién estaba por emigrar y les traía cartas o algún pequeño paquete de regalo, generalmente comestible.
“Mi abuelo –nos sigue relatando Elvira Quintana– empezó a trabajar como corredor de comercio y luego como empleado en la Marroquinería ‘Mayorga’ que quedaba en la Av. Corrientes y Florida, y era la más importante del ramo”.


La bohemia
Cuando salía del trabajo, don Julio se acercaba a los ‘36 Billares’, un emblemático bar de la Avenida de Mayo que frecuentaban muchos españoles. El ‘boliche’, como le llaman en la Argentina, tenía fama de ser un lugar donde paraban los amantes del juego de billar o del “escolazo”, según el lunfardo porteño. Los habitués se sentaban en el fondo del local, cerca de los billares. En aquella zona de mesas, jugaban al dominó, al tute cabrero o al póker. Estas partidas eran invariablemente por dinero. A veces se jugaban grandes sumas. Aparte de los temas políticos y los resultados de los partidos de fútbol, un tema obligado era las carreras de caballos y los sorteos de la quiniela. Todos los días pasaba el quinielero que discretamente anotaba las apuestas, ya que, en aquel entonces, ese juego era clandestino.
La Policía Federal, que estaba ‘arreglada’, rara vez hacía alguna razia contra el juego ilegal que se realizaba. Los clientes eran fijos desde hacía muchos años. Don Julio, vestía como un ‘dandy’ – estaba obligado por el trabajo– sus clientes eran gente fina. Entre los habitués, aparte de don Julio Quintana, estaba el ‘gallego’ Faginas, jugador empedernido y furibundo antifranquista. El ‘gallego’ era electricista y usaba el bar como oficina de atención a los clientes.
Don Julio, cuando el presupuesto se lo permitía o ganaba su ‘burro’ favorito, terminaba la noche cenando un puchero en el Globo o una paella en el Imparcial. Luego venía la última copa en el Hispano o en el bar Español, en cuyo sótano se realizaba un famoso baile, al que asistía la gente de la noche y en el que abundaban las coristas.
También había sido asiduo cliente del famoso bar La Armonía, lugar de encuentro de intelectuales y periodistas. La Armonía fue fundada por los hermanos Caneda, en 1899 en el local de Avenida de Mayo 1002. Seis años más tarde se anexó el sector de Buen Orden (hoy Bernardo de Irigoyen) 67, ampliando la actividad a restaurante, famoso por sus pucheros. El café-bar se destacó por su chocolate con churros, de gran demanda por la noche, a la salida de los teatros céntricos. Los actores cómicos lo eligieron como su lugar de tertulia. También fue favorecido por la colectividad española; entre estos parroquianos destacamos a Enrique Borrás, José Tallavi, Pedro Llanos, Pedro Cuyas, Pepe Santiago, José Palmada, Lola Membrives, Juan Reforzo y el poeta y odontólogo Odón Fernández Rego, abuelo del que fuera secretario de Cultura de la Nación Jorge Coscia.
Los sábados era obligatorio ir a Palermo, a ver a los ‘burros’ (carrera de caballos). La pasión por los mismos lo llevó a comprar un par de caballos de carrera.
Don Quintana tenía un caballo perdedor recurrente, salía 2°, 3°, pero jamás ganaba, hasta que se le puso en la cabeza que le hacían ‘tongo’, como se dice popularmente en Buenos Aires. Un día esperó al jockey cuando iba con su caballo para entrar en pista, le mostró un revólver que llevaba debajo de su ‘perramus’ y le dijo: ¡Mira HDP, si tú no ganas hoy, te levanto la tapa de los sesos!, a lo que el otro respondió asustado: –Pero Sr. Quintana, yo no tengo nada que ver, hago lo que puedo...–. El apriete le dio resultado y por primera vez en su historia, el caballo resultó ser un verdadero ‘batacazo’ (término turfístico del lunfardo porteño), ganó, por varios cuerpos y no sólo ganó él muchísimo dinero, sino que, ahí mismo, vendió su caballo.
En su época de ‘burrero’ se codeó con los grandes jockeys, como con el propio Irineo Leguisamo. Algunos cuentan que con Carlos Gardel mantuvo cierta amistad, aunque terminó enfrentado, por esta pasión común que tenían por los ‘pingos’. Tal fue la manía que le había agarrado a Gardel, que en la casa estaba prohibido escucharlo por la radio o cantar sus canciones. Su enfado con el cantante lo llevaba a irse de los lugares donde pasaban el tango ‘Por una Cabeza’ –tan utilizado internacionalmente en películas renombradas (‘Perfume de Mujer’, con Al Pacino, ‘Il Postino’, con Philipe Noiret, basada en la vida del poeta Pablo Neruda y otras)– o ‘Leguisamo Solo’, tango que compuso el “zorzal criollo”, para su amigo Leguisamo, apodado ‘El Pulpo’. Aunque dicen que cuando falleció Gardel, don Julio sintió su muerte.


El secreto de familia
Don Julio ya era él en sí, un clásico de los ‘36 Billares’, su vestimenta y su pinta galante, rápidamente lo ubicaban como un personaje. Usaba guantes ‘patito’, caminaba con su bastón con empuñadura de oro, plata y marfil, que llevaba siempre consigo, aunque no lo necesitaba para nada. Todo esto acompañado por su reloj de bolsillo, su gruesa cadena de oro y sus infaltables gabardinas ‘perramus’ –modelos clásicos de ‘Casa Perramus’–. Todo esto lo convertía en un galante seductor.
También por aquellos años frecuentaba otro lugar de encuentro y juego, el distinguido Club Español de la calle Bernardo de Irigoyen al 100. En este lugar la partida de dominó, el café y el ‘puro’ eran los símbolos de la institución.
En una oportunidad, su hija Placeres, quien más le hacía frente, un día en que él la estaba retando –ya casada y viuda–, le dijo: “A vos, papá, siempre te perdieron los caballos lentos y las mujeres ligeras”. Los que presenciaron la discusión se quedaron atónitos con este comentario inesperado. Todos pensaron que la respuesta de don Julio sería muy dura. Sin embargo el viejo sonrió pícaramente y como si nada siguió leyendo el diario. 
La familia cambió de domicilio en varias oportunidades, de Avellaneda se mudó a Bernal, luego a Wilde y Sarandí. Más tarde se trasladaron a la zona Norte en la calle Fray Justo Sarmiento al 1400, a una cuadra de la Av. San Martín y una cuadra de la estación Florida, del Ferrocarril Mitre (Partido de Vicente López).
Posteriormente se instalaron en Bella Vista, donde compró la primera vivienda, en la que habitaron durante muchos años. En aquella zona vivía con su esposo e hijos, su hija mayor, Placeres, quien a diario se acercaba para visitar y atender a sus padres.
Durante su estancia en Bella Vista resolvieron casarse por la iglesia. Ya lo habían hecho en su momento por lo civil, pero pensaron que aún estaban a tiempo de hacer la ceremonia religiosa. Fue así que el casamiento reunió a todos sus hijos y nietos en el Convento de las Hermanas Franciscanas.
“La casa de Bella Vista tenía un patio enorme y un terreno inmenso –nos cuenta Elvira–, con granadas, peras, mandarinas, naranjas, quinotos, moras, uvas e higos. Para nosotros era un paraíso. Los recuerdo leyendo todos los diarios, mi abuela tomando mate, se había hecho muy matera. Mi abuelo tomando su tecito con limón o con unas gotitas de anís –me acuerdo porque me convidaba–. Tomaba, eventualmente, su vermut con fernet y comían de todo: cerdo, chorizos colorados, panceta, etc. Había en esa casona un cuarto donde se guardaba de todo, éramos muchos: las papas, batatas y cebollas, por bolsas; el dulce de membrillo y el de batata, por latas grandes, las cerezas y duraznos por cajones, el ajo, por ristras, los chorizos por docenas, salamines, quesos, etc. En mi familia siempre se vivió para comer, cualquier motivo o fecha era bueno para festejar.” 
Luisa era una de las hijas más pequeñas. Como en todas las familias numerosas los últimos hijos son los más mimados y más cuando se trata de las últimas hijas.
En la casa de los Quintana siempre se hablaba de España, especialmente de los pueblos de donde eran originarios. Las comidas, las músicas de estos lugares, siempre estaban presentes en este hogar. En este ambiente se fueron criando los hijos de Julio y Felisa. Entre ellos se comunicaban en gallego, lengua maternal que ambos habían aprendido en sus aldeas. Felisa mantenía las recetas culinarias de su Galicia natal, preparando guisos o ‘cocidos’ aporteñados. En el tocadiscos de la casa o en la radio se escuchaban las canciones de Imperio Argentina, Conchita Martínez, Conchita Piquer, Miguel de Molina, Angelillo y, años más tarde, de Lolita Torres y Pedrito Rico. En esos tiempos la única distracción en la casa de los Quintana era la radio, como así también en la mayoría de los hogares argentinos. En aquella casa tenían como costumbre comprar varios periódicos al día, entre ellos ‘El Mundo’, ‘Democracia’, ‘Crítica’ y ‘La Prensa’. Tanto don Julio como sus hijos eran ávidos lectores de la prensa. Estaban al día de todo lo que sucedía en la Argentina y en el exterior. Para don Julio, aparte de las noticias de interés, su página preferida estaba en la zona de las carreras, donde también salían los números premiados de la Lotería Nacional.
A pesar de que don Julio hacía una vida bohemia y existía un secreto de familia que todos conocían pero del que nadie hablaba, la convivencia familiar siempre fue ejemplar.


Luisa se hace peronista
Luisa, desde pequeña, quiso ser independiente y soñaba con tener un trabajo vinculado con la moda. Es así que un día se animó y envió una carta manuscrita pidiendo empleo a la famosa tienda de ropa inglesa Harrod’s, que estaba ubicada en la lujosa calle Florida. Tan tierna y conmovedora era esa carta que la llamaron inmediatamente.
En 1922 la sucursal argentina de Harrod’s se fusionó con la local Gath y Chaves (perteneciente al grupo inglés The South American Stores). En 1937 la tienda fue modernizada y sus locales se redistribuyeron, sus prendas de alta-moda recién llegada de Europa estaba a cargo de la exitosa mannequin ‘Péle’ Peregrina Pastorino.
Comprar las prendas de esta conocida marca era todo un prestigio social, al que sólo podían acceder las familias acomodadas de la sociedad. También era de gran prestigio ser empleada de la famosa marca comercial. Por lo general eran chicas jóvenes y guapas, que vestían los modelos de la propia empresa.

La tomaron como vendedora en seguida; tenía una presencia tan imponente, era tan bella y tan dulce, agradable y simpática en su trato, que la pusieron a tratar con el público, de forma inmediata.
Luisa era una mujer muy inquieta, le gustaba aprender cosas y era muy habilidosa: sabía coser, bordar, tejer y por supuesto cocinar. A mediados del cuarenta aparece en la escena política el coronel Perón y su joven pareja, la actriz Eva Duarte. Luisa por aquellos tiempos tiene 23 años y siente una espontánea y auténtica identificación con aquella joven, que pasa de ser una actriz de reparto, a una verdadera protagonista del 17 de octubre. En aquel acontecimiento multitudinario, nace el peronismo. A partir de aquel hecho, aquella joven actriz hecha a sí misma, pasa a ser popularmente conocida como ‘Evita’ y protagoniza una parte muy importante de la historia argentina. Luisa no duda en enrolarse, un par de años más tarde, en el peronismo. Ella, como sus compañeras del sindicato de comercio, donde estaba afiliada, se suman al apoyo incondicional de este nuevo movimiento. Por aquel entonces el líder máximo de los empleados de comercio y de la CGT Nº 2 era Ángel Borlenghi que militaba en el Partido Socialista. En octubre de 1945, cuando Perón fue obligado a renunciar y luego detenido, Borlenghi y la CGT desempeñaron un rol importante en la organización de las movilizaciones obreras que culminaron con su liberación el 17 de octubre de 1945. Borlenghi se separa del Partido Socialista y contribuye a organizar, con los demás sindicatos, el Partido Laborista que constituyó la base principal de apoyo a Perón, para las elecciones del 24 de febrero de 1946, donde triunfó con el 54% de los votos.
Luisa, durante los dos primeros gobiernos del general Perón, no solamente fue una devota y entusiasta seguidora, sino que se había afiliado (al partido Laborista?), a lo que después sería el Partido Peronista.
La muerte de Evita, acaecida el 26 de julio de 1952, fue un golpe muy grande para Luisa que sentía por ella una admiración sublime. Junto a algunas compañeras de trabajo se trasladó hasta la Secretaría de Trabajo, donde fue velado su cuerpo durante doce días. Liderando ese grupo, elegido al efecto, Luisa pudo darle el último adiós a su amada Evita.
“El abuelo y mi mamá –recuerda Elvira– se hacían los ‘contras’ para llevarles precisamente la contra a todos, para tener por qué discutir. Eran ellos dos contra todos mis tíos y mi papá, pero creo que todos, en el fondo, eran peronistas y evitistas. Mis dos tías y mi tío Julio eran peronistas acérrimos y mi papá también (por eso mi abuelo y mi mamá los provocaban), no había ni TV ni mucho para divertirse, más que cantar, escuchar música, contar chistes, “verduguearse” entre gallegos y asturianos, y hablar de política”. 
En septiembre de 1955, enterada por la radio y por los propios fragores de los aviones que ametrallaban y bombardeaban la Plaza de Mayo para exigir la renuncia del general Perón, Luisa no dudó en abandonar su puesto de trabajo para ir a la Plaza de Mayo a defender al gobierno peronista. Con su tapado de piel –las empleadas de Harrod’s vestían muy elegantes– recién comprado, Luisa se trasladó caminando hasta la Casa de Gobierno. La gente corría como alocada por la calles, mientras los aviones, con sus vuelos rasantes, imponían el pánico entre la muchedumbre.
Su sobrina Elvira recuerda aquellos acontecimientos: “Mi tía Luisa estuvo en medio de los bombardeos de Plaza de Mayo. Fueron momentos muy dramáticos tirándose cuerpo a tierra para evitar las bombas, esquivando cadáveres o ayudando a heridos. Ella fue a defender con su vida, si fuera necesario, al gobierno del general Perón. Años después recordaría con cierto humor, aquella anécdota del tapado de piel, que ella tenía puesto. Mientras caían las bombas y con esa vestimenta, se tenía que tirar al suelo, evitando ser alcanzada por los ataques de la aviación”.
Transcurrían los años 50, la caída del general Perón y la represión al peronismo. Estaba prohibido hacer mención al nombre del expresidente. Los peronistas como Luisa tenían que cuidarse de no ser señalados por las viejas ‘gorilas’ de la oligarquía, la mayoría de ellas clientas de su trabajo. El gobierno militar de ‘la Libertadora’ se ensaña con el conjunto de los trabajadores que habían apoyado al general Perón. Mientras tanto se inicia la resistencia peronista. Durante esos años, Luisa conoce a Délfor, un joven profesional exitoso que ya había estado casado, como ella. “Luisa era una mujer bellísima –nos recuerda Elvira–, se casó en primeras nupcias y tuvo un hijo, Juan Carlos. El casamiento no funcionó, se separaron y luego se divorciaron con la famosa ley Nº 14.394 sancionada durante el segundo gobierno de Perón. Años después conoció a Délfor el papá de Juanjo –persona maravillosa–, viudo de su primera mujer y con dos hijas: Elena Margarita y Graciela Susana. Los primeros años de mi tía Luisa, divorciada y con un hijo pequeño –y en aquella época, prácticamente fue una de las pioneras–, fueron años duros”. Elvira Quintana nos sigue contando: “Cuando conoció a Délfor –el papá de Juan José– su vida fue plena y hermosa, él la adoraba y formaron una bella familia con ‘los tuyos, los míos, los nuestros’. El padre de Juan José era ingeniero civil. Tuvo un alto cargo ejecutivo en YPF, fue ministro de Bienestar Social entre 1967-68 de la Provincia de Chubut y también fue un alto directivo de ASTRA. Era una verdadera ‘lumbrera’ y una persona de bien: yo lo adoraba y él a mí”.
Del matrimonio de Luisa y Délfor nació su hijo Juan José el 19 de julio de 1959. Por aquellos años gobernaba Arturo Frondizi, con el apoyo del peronismo que estaba proscripto. Ya casada con Délfor, se puso a estudiar piano, inglés y un curso de repostería. Siempre realizaba pequeños cursos, hasta hizo un curso de... ¡magia!, con el célebre mago argentino ‘Fumanchú’. 
Mientras tanto, don Julio se jubiló, por unos años siguió frecuentando los lugares de la bohemia porteña. Su amistad con los directivos del Club Español lo llevaron a realizar un trabajo de cobrador para colaborar con la Institución. Su misión era visitar a los socios en sus casas y cobrarles la cuota. Don Julio y doña Felisa disfrutaban de su familia numerosa que cada año se ampliaba con nuevos nietos. Los domingos  Luisa y Délfor se trasladaban –junto a sus hijos– a la casa de sus padres. Allí, Juan José y su abuelo se fueron conociendo a través de juegos infantiles y recuerdos.
Juan José Campanella nos recuerda sus memorias infantiles: “De mis abuelos, a pesar de que murieron cuando yo tenía cinco años, tengo muchísimos recuerdos. Todos los recuerdos de esa época de mi vida, son de mis abuelos españoles. En cambio a los italianos casi no los conocí. Por eso la parte española ha estado siempre mucho más presente en mi vida, y todos los Quintana son muy graciosos. Mi abuelo jamás habló bable, lengua que se utiliza en Asturias. Hablaba gallego. Pero era orgullosamente asturiano. Sé que llegó mi abuelo muy jovencito, aunque su acento no cambió hasta que murió casi a los 80 años”.
En los últimos años de su vida, ya muy ancianos, se trasladaron a Florida en la zona norte del gran Buenos Aires, donde fallecieron en 1965. Felisa, el 1 de junio; y Julio, el 29 de julio.
Ya fallecidos sus padres, Luisa sigue manteniendo una regular correspondencia con sus familiares de Taramundi. Su marido Délfor le había prometido que harían juntos un viaje a la tierra de sus ancestros, junto al pequeño Juan José de tan sólo ocho años. El viaje se concretó en 1967. En la aldea de Mousende sólo le quedaba como familiar Sara Corveiras, propietaria de la panadería del pueblo y con quien mantenía una correspondencia fluída. Sara era ‘Sariña’ para Luisa Quintana, la madre de Juan José Campanella. Más tarde, Luisa enfermaría de Alzheimer, aunque antes le pidió a Sara que “cuidara de estas montañas que tanto le gustaban”. 
El actor Eduardo Blanco, protagonista de la mayoría de la películas de Campanella y amigo de la familia, recuerda algunas anécdotas de la madre del cineasta. “Luisa era una artista, como tantos artistas que nos privan de su arte a la mayoría de los espectadores. La excepción era la Nochebuena, Luisa se disfrazaba y la magia aparecía en cada rincón de su casa para el deleite de sus invitados. Era una producción muy cuidada, Luisa trabajaba mucho para preparar su show de magia para recibir a Papá Noel, y sus trucos eran muy buenos. El show terminaba, la luz se apagaba, pero la sonrisa de Luisa la habitaba permanentemente, como hasta hoy. Ella ya no está, pero yo siempre recuerdo su sonrisa. Creo que las cosas no son porque sí, ella hizo magia y su hijo nos envuelve en sus trucos para contarnos historias. Las ha contado tan bien que lo nombran ciudadano ilustre de aquel sitio desde donde partieron sus abuelos, los padres de Luisa, para vivir su aventura y hacer posible, después de tantos años, que su nieto regrese siempre a sus orígenes de Taramundi”.
Juan José poco a poco descubrió su pasión por el cine, que lo llevó a estudiar a Estados Unidos. El propio Campanella nos cuenta: “En febrero del 80, cuando vi ‘Qué bello es vivir’, de Frank Capra, yo tenía 20 años y estudiaba ingeniería electrónica. Me pasé cuatro años en la facultad, pero eso no quiere decir que llegué a cursar materias de cuarto año, que es cuando comienza la especialidad. Yo iba a ser ingeniero electrónico pero el cine fue más fuerte. Amo el cine clásico, muy especialmente el norteamericano de las décadas de los 30 y 40”.
Luego empezó a trabajar de montajista, para más tarde pasar a dirigir cine. Después de una larga temporada en Estados Unidos, regresa a la Argentina donde inicia una carrera muy exitosa: ‘El mismo amor, la misma lluvia’ (1999), ‘El hijo de la novia’ (2001), ‘Luna de Avellaneda’ (2004), ‘El secreto de sus ojos’ (2010, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera) y la película de animación ‘Metegol’ (2013) son algunos de los éxitos cinematográficos de Campanella.
En noviembre de 2005, Campanella hizo un pequeño paréntesis en la grabación de ‘Vientos de agua’ y volvió a visitar Taramundi y a Sara. La visita fue corta porque el rodaje continuaba en Mieres al amanecer del día siguiente, pero sirvió para certificar la buena memoria del director argentino, que recordaba el cuarto en el que había dormido de pequeño y hasta se dio cuenta de que el televisor de la cocina no estaba en el mismo sitio.
Después de más de un siglo, Julio Quintana regresa definitivamente a Taramundi a través de su nieto Juan José Campanella, quien ha sido nombrado por la corporación local como ‘Hijo Distinguido’ de este ayuntamiento. Ahora sí, Taramundi pasa a ser definitivamente un lugar de película.

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