Opinión

Robert Capa, fotógrafo de guerra

Hoy es imposible imaginarlo. Durante largo tiempo los diarios fueron interminables columnas de texto, y sólo mucho después osaron incluir caricaturas y dibujos. Pero nada fue igual después de la inolvidable cámara Leica de 35 mm. Distribuida hacia 1925, la Leica simplificaba y aceleraba la carga o descarga de películas, permitía intercambiar lentes, su menor tamaño acentuaba al máximo la movilidad del fotógrafo, y el flash modernizado dejó trabajar sin luz. Además, el cable submarino permitió a las fotos ‘viajar’ tan rápido como las notas periodísticas. Y todo ayudó a gesta un nuevo periodismo, con la foto en rol cada vez más predominante. Que cobró escala mundial con un gran acontecimiento político-social: la guerra civil española (1936-1939), a la que hizo legendaria la espontánea resistencia popular contra el fascismo.

Las desgarradoras imágenes de esa lucha ejemplar, fueron prácticamente las primeras fotos que publicó el periodismo, con inusitada conmoción. Y allí comenzó a destacarse quien sería el mejor fotógrafo de guerra: Robert Capa. Que en veinte años fotografió cinco grandes contiendas, siempre desde el frente de combate. Y cuya vida es tan apasionante como sus obras. Su verdadero nombre era Ernö o Ernest Andrei Friedmann, de una rica familia judía de Budapest, donde nació en 1913. La crisis de 1929 obligó a convertir su hogar en taller. Vagando por las calles conoció a una joven: Eva Besnyo, fanática de la fotografía. Ella le contagió para siempre esa pasión.

A los diecisiete, otro encuentro clave: Lajos Kassak, poeta y pintor constructivista de ideas socialistas, que lo introduce en arte y en política. Pero el fascismo copa Hungría, y a un judío progresista sólo le quedó el exilio. Llega a Alemania, donde la situación no cesa de empeorarse, para recalar al fin en París, entonces la capital artística del mundo. Allí un colega, David Seymour, le consigue el primer trabajo: cronista fotográfico.

Ya lo acompaña Gerda Taro, fotógrafa alemana de origen polaco, que sería su pareja de 1932 a 1936. Juntos exponen en París sin suerte, y juntos crean un personaje inexistente: el norteamericano y excéntrico Robert Capa, merced al cual consiguen éxito, incluso económico. Desde entonces, ese será su nombre.

Pero su bautismo real como fotógrafo comienza a partir del 18 de julio de 1936, tomando partido por la República española asediada por el alzamiento militar franquista, al desatarse la guerra civil. Allí permanecerá, junto con Gerda, desde los primeros combates hasta la derrota final, tan dolorosa como injusta.

Las fotos de Robert Capa sobre esa guerra mitológica, son vívidamente originales. Su enfoque y su proximidad directa con los hechos le permiten captar rostros, gestos, acciones y hasta sentimientos, momentos que vuelven significativos la intensidad de su mirada y su profundo humanismo. Esas primeras fotos tan tocantes de una guerra que no sólo afectó a España sino al mundo entero, dividido en dos bandos, tuvieron inmediata e inmensa resonancia.

Y especialmente una de ellas, publicada por ‘Life’, llegó a ser junto con el ‘Guernica’ de Picasso uno de los iconos de aquella lucha. Esa foto memorable convierte en viva realidad el instante justo en que un humilde miliciano de alpargatas y cartuchera al pecho, alcanzado por una bala fascista, comienza a caer junto con el fusil que esta soltando. Mucho después se supo: fue tomada en los combates de Cerro Muriano, durante septiembre de 1936, y en su pueblo de Alcoy identificaron al protagonista, Federico Borrell García, militante anarquista.

Y la tragedia alcanza a Gerda, que en julio de 1937, en plena retirada de la batalla de Brunete, mientras viaja sobre el estribo de un auto, fue despedida en el curso de una brusca maniobra para esquivar un tanque, que terminó aplastándola.

Esas fotos dieron la vuelta al mundo, concretando un nuevo periodismo y consagrando a un fotógrafo excepcional. Radicado en Estados Unidos, entre 1941 y 1945 fue corresponsal de ‘Life’ en la segunda guerra mundial. Donde reiterará  reportajes históricos, como el desembarco de las tropas aliadas en Normandía, el famoso día-D, 6 de junio de 1944, donde Robert Capa volvió a estar en primera fila.

En 1946 se hace ciudadano estadounidense. Y al año siguiente funda la prestigiosa Magnum Photo, primera y más que célebre agencia cooperativa mundial de fotógrafos independientes, como su viejo amigo David Seymour o el gran maestro Henri Cartier-Bresson quien, escapado de un campo de concentración nazi, pudo llegar a tiempo para fotografiar la liberación de París.

Visitando Japón, en 1954 vuelve a ser enviado por ‘Life’ a la primera guerra de Vietnam. El 25 de mayo, cruzando una selva frondosa con un destacamento francés muere en su ley, destrozado por una mina. Ironía del azar: inicia su vida con simpatías revolucionarias, y concluye acompañando una guerra imperialista. Volviendo visionarias estas palabras suyas: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es que no estabas lo bastante cerca.”

Pero las conmovedoras fotos de Robert Capa en la guerra civil española siguen cimentando su prestigio. Lo probó la repercusión que tuvo, en 2008, el hallazgo en México de una valija perdida con innumerables e invaluables negativos de aquellos días de dolor y de gloria.

Vigencia ya evidente en 2001, cuando desde la tapa de un exitoso libro de Javier Cercas: ‘Soldados de Salamina’, ligado a fondo con la guerra civil, volvió a correr el mundo otra foto indeleble de Robert Capa. Es el rostro de un hombre, tenso, firme. Con barba crecida, una nariz tan decidida como la luz inolvidable de su mirada, unos labios cerrados que delatan un carácter tenaz y convencido. La mano derecha se acerca a la frente como en saludo militar, pero con puño cerrado. Lleva un pañuelo suelto al cuello, y unas ropas tan usadas por la vida como el rostro mismo.

Es una de las muchas fotos que tomó Robert Capa durante la  emocionante ceremonia de despedida en Barcelona, el 25 de octubre de 1938, a los voluntarios de las Brigadas Internaciones, que desde todo el mundo acudieron a  pelear contra el fascismo.

¿Qué vuelve arte a esa faz áspera y ruda, a ese carácter resuelto, a esa firme voluntad de no cejar, ya desnuda en los ojos? Probablemente la evidencia de lo que puede la fotografía en su propio lenguaje: revelar, promovernos una revelación. Algo que surge en toda la obra de Robert Capa, pero que en esta foto en especial se nos hace patente: la vivencia de la verdad, la autenticidad absoluta de un ser, de un rostro humano.

Todas las fotos de Robert Capa fueron en blanco y negro, como si acentuara su radical diferencia con Hollywood.

 

 

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