Opinión

Volver a Tánger

Rafael del Naranco | 13 de junio de 2016

Varias veces visité Tánger. Eran los tiempos finales de aquella vida desparramada cuando los pecados carnales no hundieron la literatura ni el arte. Europa estaba hundida, podrida, desangrada y aún así no quedaban vírgenes paganas y manfloros azulinos en la legión cultural de la Delegación Americana de la ciudad, en la que Paul Bowles tuvo un cuarto donde dormir y escribir y España el Teatro Cervantes, hoy en ruinas.
Lo expresó Truman Capote y, tratándose de efebos, era experto. El amor pederasta era para él una forma de entregarse más allá del simple deseo de lo carnal. Pensaba que tener entre los brazos una sonrisa limpia, los ojos claros de un muchacho en flor, era seguir viviendo por encima de la propia podredumbre de su carne decadente.
Otros vinieron e hicieron algo similar. Sucedió cuando la ciudad de Tánger era abierta a los vientos de la lujuria y éstos se envolvían en humos olorosos, fronteras sin códigos morales y el pasaporte tenía el color azulino de la libertad.
Durante ese tiempo Paul Bowles fue el sumo sacerdote de una religión cuya piedra de los sacrificios tenía incrustada la carne de un jovencito de piel canela y un mar de venas pasionales en las que el escritor bebía hasta la embriaguez total.
Allen Ginsberg, Tennessee Williams, Cecil Beaton, Gore Vidal y Haro Ibars, abandonaron la posguerra de Europa para ir al encuentro de las vaporosas alucinaciones del al-Maghreb.
Y eso es Tánger, el lugar en que sopla el siroco de los aromas, y sus calles, palacetes, hoteles, Zoco Chico y Grande, la propia Alcazaba y esa bajada por la Gran Mezquita camino del puerto, esparce en el aire un sabor a quif invitando al misticismo.
Sería un desliz decir que la ciudad es lujuriosa en sí misma. Se sabe que algunos de esos escritores, artistas o simples vividores, vinieron a ella en busca de droga y efebos en flor, pero después se enamoraron de Tánger y crearon extraordinarias remembranzas. 
Si el viajero anhela darse cuenta, sería suficiente acudir al antiguo museo de la Delegación Americana, al final de una zona rayando en lo inmoral y en uno de los lugares más pobres de la Medina, la calle Es Siaghin.
La mansión contiene retazos de finales del siglo XVII, y en sus salas, cuidadas por Thor H. Kuniholm, un profesor norteamericano que hizo de cicerone, se localizan pinturas, grabados, fotografías, esculturas, litografías y recuerdos de aquellos creadores (Paul Bowles dispone de una habitación para él solo) que hicieron de Marruecos, y especialmente de esta zona del Rif, la expresión del arte envuelto en fogosidad desmedida.
En la metrópoli predomina el castellano sobre el francés. “Hola, buenos días” se escucha más que “Bonjour” hasta en las angostas callecitas de la Medina, el terminal de autobuses, y en cualquiera de las tiendas o cafés del Boulevard Pasteur, lugar en que la gente se limita a una sola cosa: observarse unos a otros. Es el pasatiempo preferido de la ciudad.
Ver y ser visto forma parte de la esencia de Tánger. Durante años, siendo ciudad internacional, una de las formas de sobrevivir era el espionaje, un trabajo bien remunerado por los gobiernos aliados.
Finalizado el conflicto, ese “juego” terminó, permaneciendo en el ambiente su carácter mundano. En la ciudadela todos se conocen, y si llega un extraño, pasa a engrosar la nota típica del correveidile burlesco, aunque inofensivo.
Y es que en Tánger, igual que en todo Marruecos, la vida moderna coexiste con el remoto pasado. 

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