Opinión

Sangre mezclada

Rafael del Naranco | 27 d septiembre d 2012

Igual que en la época del éxodo y el llanto, ya sin sueños, los ideales convertidos en polvo de camino, varias docenas de hombres y mujeres venidos hace muchos años a esta tierra de gracia desde todos los confines del mundo para hacer de Venezuela el malecón de la esperanza, se unieron con el deseo de que la confrontación política en el país –cada vez más violenta– finalice de una vez por todas.
Unos llevaban en las manos flores, hojas de albahaca, tomillo, banderas, telas de colores sobre el aire transparente de la tarde. También canciones, ramalazos de sus lejanos promontorios de donde partieron con solo un pequeño equipaje, suficiente para los vaivenes del alma.
Acudí a la cita para reencontrarme con mi pasado. Con aquellos días brumosos donde apenas tenía un lugar donde doblar mi cabeza y esperar sin miedo la salida del alba. Había luchado a mi manera –torpe y deshilachada– contra una dictadura desde las cuatro páginas del pequeño periódico provinciano. Venció la furia y el terror, el miedo y la duda. Estaba desnudo de anhelos, derrotado como jamás lo había estado en un momento preciso en que la vida salía a mi encuentro.
De olvidos conocemos mucho, y de rotas esperanzas más, por eso tenemos profundas heridas recubiertas de yodo para que no se sigan abriendo. Uno es emigrante y sabe bien de qué habla.
Más de media Europa para sobrevivir y algunas naciones concretas, como España, Italia y Portugal, remontando los años setenta, tuvieron que enviar miles de personas a los países iberoamericanos para hacer frente a la grave crisis económica. Si alguien mató el hambre al viejo continente, ha sido esta tierra, y con el dinero enviado, se ayudó a la reconstrucción de aquellos pueblos.
A cambio, Venezuela recibió un crisol de valores humanísticos de una solidez incalculable. El país se hizo más abierto pues unió sus valores intrínsecos con los forjados a lo largo de los siglos en los conventos, universidades y cortes del viejo continente de la cruz y la espada. Nueva sangre mezclada con muchas otras, pero siempre ahí, imperecedera, endiosada madre de las raíces más profundas.
Es muy cierto: se emigra por muchas razones, pero casi siempre en pos de libertad.
Miles de personas cuando sienten que se les corta su libre albedrío parten con lo puesto como gaviotas sin destino. No les importa el lugar, pero necesitan comenzar a vivir de nuevo. Muchos, ya en la edad cansina, no podrán irse nunca, se quedarán varados en las esquinas convertidos en sombras, brumas y olvidos dolientes.

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