Opinión

Buñuelos y toronjas

Rafael del Naranco | 27 de marzo de 2018

Madre poseía un pequeño receptor de pilas que la acompañó media vida. Con aquel pedazo de alcalina negra, la soledad se le hizo algo más llevadera y el mundo, que se alejaba de su mirada, se le ensortijaba entre sus cabellos.

Era una mujer de monólogo permanente. Cuando nos acercábamos a la casa en aquel barrio de El Llano, en Gijón, sus ojos se encendían como ascuas. Conversaba conmigo como si jamás hubiese abandonado el hogar. 

–Hoy tardaste un poco, hijo. La cena aún está caliente. Siéntate. Hice verduras con papas.

Con frecuencia hacía berzas y buñuelos. Los domingos, toronjas. Sobre el aparador de la cocina, un transistor le unía al mundo. Nunca un insignificante aparato radial hizo más en la vida de una persona. Cierto día se le cayó al suelo; magullado, aún funcionaba malamente. Lo tomó en sus manos y con cinta adhesiva lo remedió y así duró años, hasta su muerte.

El recuerdo de este insignificante detalle boato nos llega ahora a la memoria. Era abril y hacía frío. La tierra se esparcía perenne sobre los campos y la escarcha intentaba acurrucarse en los huesos.

Ella seguía preparando su sempiterna verdura mientras escuchaba un concurso de coplas. Durante el tiempo que duraron las canciones, no pronuncié palabra. Fue a la hora de la cena, cuando le dije: –Madre, me voy a América.

No movió sus ojos, parecía estar lejos, entre los prados inclinados del cementerio cercano sembrado de castaños y chopos.

–Ya lo sé.

–¿Quién te lo ha dicho?

–Nadie, es la sangre avisando cuando un hijo va a partir. Ella, igual a la saliva, no engaña. 

–Será poco tiempo. Regresaré.

–Los años no existen cuando se es joven. Come, se está enfriando la cena.

Tomó su pequeño receptor y fue a sentarse cerca de la ventana. Fuera, el viento aullaba. En ese instante contemplé su rostro con una calma serena.

–Hijo, en el aparador, dentro de un tarro hay un poco de dinero. Tómalo, te hará falta. ¿Hace frío dónde vas?

–Creo que no.

–Eso es bueno.

Inclinó la cabeza sobre el brocal de la ventana mientras la música de la radio arropaba su cuerpo.

Durante el tiempo que pasó enferma en el hospital las ondas receptoras fueron su única compañía. En el momento de su partida hacia la alborada donde la existencia se vuelve poesía y sémola no estuve a su lado. La hermana menor hizo lo que nosotros deseábamos: colocar en sus manos la añeja frecuencia radial con la esperanza de que pudiera en la eternidad perpetuarse escuchando música, canciones, anuncios y radionovelas.

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