Opinión

Parece increíble que, ya en el siglo XXI, sigan existiendo reyes o príncipes, esto es, personas que sin más merito que ser hijos de alguien gozan de determinados derechos, y viven literalmente a “cuerpo de rey” a costa del erario público. Sin embargo, la prensa sigue explotando la curiosidad que despiertan las vidas de los nobles, tanto o más que las celebrities del espectáculo. Y seguramente, el libro ‘La cocina de la Casa Real’, de Eva Celada, ha tenido miles de lectores ávidos de saber de qué se alimentan seres tan especiales. Por nuestro trabajo, sabemos que en la historia de la gastronomía, básicamente los documentos referidos a la alimentación, por siglos se han originado especialmente para describir las mesas de los poderosos, por ello rescatamos de dicho libro algunas anécdotas de la dinastía borbónica, sin el poder de antaño, pero aun en el trono de España. Se dice que Carlos III, llamado “el rey alcalde” por los numerosos monumentos que mandó construir en la villa de Madrid, era extraordinariamente metódico: cada día desayunaba chocolate con espuma preparado por su repostero Silvestre, servido siempre en la misma taza por su ayuda de cámara preferido, Alverico Pini. El menú del almuerzo también era siempre el mismo: sopa, asado (normalmente de ternera), un huevo fresco, ensalada (aliñada con agua, azúcar y vinagre) y una copa de vino dulce de Canarias. En una ocasión, comprobó con sorpresa que no estaba el dichoso huevo. Carlos III, que comía solo, estuvo una hora sin probar bocado, tras la cual se levantó y le dijo a su mayordomo mayor, el duque de Medinaceli: “Como no tenía mi huevo, ya lo ves, Medinaceli, no he comido nada”. Lujos que se puede dar alguien con la barriga llena. El siguiente Carlos (IV), en una ocasión, mientras cazaba, se encontró con un hombre que iba en burro y que llevaba las alforjas llenas de chorizos. Al observar que el caballero (no sabía que era el rey) miraba los chorizos con evidente hambre, se los ofreció. Ante la sorpresa de todos, Carlos IV aceptó y cogiendo varios se los fue comiendo a bocados. El rey le preguntó al hombre cómo se llamaba y al contestarle éste que “Tío Rico”, le dijo: “Pues ricos de veras son tus chorizos y desde hoy te nombro proveedor de la Real Casa”. Tan famoso se hizo el “Tío Rico” que fue inmortalizado por el pintor Ramón Bayeu en un cuadro que puede verse en el Museo del Prado. Fernando VII, que al convertirse en prisionero privilegiado de Napoleón Bonaparte, favoreció involuntariamente los primeros intentos independentistas de las colonias americanas, era poco hablador y reservado, disfrutaba poco y nada de la comida. Su pasión era el cocido, que tomaba casi a diario. Solo admitía variar su dieta en los meses de agosto y septiembre. Tal era su gusto por él que en su lecho de muerte y aquejado de gota, ante la petición de los médicos de que rebajara su consumo de carne, sólo aceptó tomar un caldo, por supuesto, de cocido (el consumado, que luego los franceses convirtieron en consomé). Por su parte, Isabel II se vanagloriaba de ser capaz de tomarse cinco platos seguidos de pollo con arroz y azafrán, y es que para esta reina tan castiza comer era todo un placer. Le encantaba el dulce y tomaba cada día cantidades ingentes de pastelillos, desayunaba y merendaba chocolate y a media noche tomaba una taza más con unos bollitos creados para ella. Como se servían cuando se acostaba, se dieron en llamar “medias noches”. Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos I, y bisabuelo del actual rey Felipe VI, cenaba cada noche con champán Moët Chandon, y tenía a su servicio excelentes cocineros como Arturo Fontenoy o Garston Marechal, pero su gran pasión eran las plebeyas patatas fritas. Exigía que se las sirvieran en todo momento. La reina Victoria Eugenia no apreciaba la buena mesa. Así lo decía la duquesa de Dúrcal, que fue una de sus damas de honor. Mucho menos le gustaba la gastronomía tradicional española, si acaso el gazpacho, que afirmaba le refrescaba tras las audiencias, o la sopa ligera de cocido. Si en los gustos gastronómicos Alfonso XIII y la reina eran tan distintos, en el porte no lo eran menos, gustándole sobremanera al monarca saltarse el protocolo y bromear, algo que hacía con frecuencia a la hora del té. En esas ocasiones, cogía con la mano una pasta y ante la mirada reprobadora de Victoria Eugenia la levantaba y decía: “¡Por España y a mojar!”. Y mojaba la pasta en el té, ante la risa de los presentes (¿Qué sería de los nobles, dictadores y demás poderosos de la tierra, si faltaran aduladores y bufones?). Lo curioso es saber que los platos que se imponen y otorgan identidad a los pueblos son creaciones anónimas, difícilmente se tienen referencias escritas que determinen fechas, lugares y cocineros que, por ejemplo, maridaron por primera vez en una fuente un lacón y un puñado de grelos. 
Muslos de pollo al ajo-Ingredientes: 4 muslos de pollo, 5 dientes de ajo, ½ vaso de vino blanco, aceite, sal, pimienta, perejil.
Preparación: Limpiar y luego dorar los muslos en aceite, salpimentar. Echar los ajos en finas laminas, y cuando comienzan a dorar incorporar el vino. Seguir la cocción a fuego fuerte hasta que reduzca la salsa. Bajar el fuego y esperar que la carne esté tierna, si es necesario añadir agua o caldo caliente. Acompañar con papas fritas. Servir espolvoreando perejil picado.

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