Opinión

Raíces prostibularias de algunos tangos argentinos

Isaac Otero | 25 de marzo de 2019

 

Además del tango La clavada, hay otros que todavía se recuerdan. “El más pudoroso Cara sucia en vez de Concha sucia. La Concha de la lora, que adquiriría carta de decencia al ser editado bajo el nombre de La c… ara de la L… una, título cuyo origen estaba inequívocamente recordado por los puntos suspensivos. ‘Lora’ era el nombre que se daba a las prostitutas en general y, en especial, a las pupilas extranjeras recién llegadas”, escribe el gran poeta y ensayista Horacio Salas en su magna obra El tango (estudio preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986.

Evoquemos aquellos otros tangos de raíz prostibularia: El fierrazo, Colgate del aeroplano, Va Celina en la punta, Dos sin sacar, Dejalo morir adentro, Sacudime la persiana, Soy tremendo o ¡Qué polvo con tanto viento!, de cuya primera parte se apropió Ernesto Ponzio, a fin de componer su afamado tangazo Don Juan. Sin olvidar, desde luego, Bartolo, que, de manera sorprendente, transcurrido el tiempo, se metamorfoseó en “ronda infantil”. ¿Cómo no iba a preocupar esto a los padres de familia, quienes conocían el origen de aquella recurrente “coplita” acerca de la masturbación? Escuchémosla: “Bartolo tenía una flauta/ con un agujerito solo./ Y la madre le decía:/ Tocá la flauta, Bartolo”. De modo completo, ésta era su narración: “Bartolo quería casarse/ y gozar de mil placeres/ y entre quinientas mujeres/ ninguna buena encontró./ Pues siendo muy exigente,/ no halló mujer a su gusto/ por evitar disgustos/ solterito se quedó”.

“A pesar de que subsiste el error de sostener que los tangos primitivos carecían de letra”, señala el tangófilo Horacio Salas, “desde los comienzos aparecieron coplitas ingenuas o pornográficas, según el ámbito donde se las cantara. Incluso los tadngos negros ya cargaban con sus estrofas”. En tal sentido, el musicólogo Luis Soler Cañas agrupó las siguientes, extraídas de El Menguengue, las cuales vieron la luz en El Carnaval de Buenos Aires, que apostillaba “Publicación anual dedicada a la juventud argentina”, en febrero de 1876.

Espiguemos, pues, alguna de ellas: “¡Ay, si Flancisca muere/ pobre menguengue/ que vá á querá/ sin tener teta golda/ de la morena/ para chupá”. Para continuar: “Y repué tata viejo/ también solito/ se vá á querá/ y yá á su Flancisca/ en la amaca/ no tenguerá”.

Digamos asimismo que en la composición El estado de un país o La nueva vía, una parodia de La Gran Vía, la célebre “revista”, zarzuela en torno a la recién abierta “avenida” de Madrid, escucharon los asistentes los versos de Eduardo Rico. Cantados sobre música del maestro Eduardo García Lalanne, quien había creado algunos tangos exclusivamente para esta “revista”. Es preciso recordar que aquellos versos de Rico habían sido recopilados a partir de “coplas” anónimas que, por ese entonces, acostumbraban a agregarse a otros tangos, con el propósito de ser cantados por los componentes de los propios grupos musicales en sus mismos sitios de actuación.

 

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