Opinión

La obra de Cambaceres y de Eduardo Gutiérrez en la Argentina

Isaac Otero | 02 de noviembre de 2018

“Fueron muchos los intelectuales que lanzaron sus invectivas contra los extranjeros. Eugenio Cambaceres, en su novela En la sangre, llegó a exagerar que la inferioridad del inmigrante tenía bases biológicas. Pero tal vez nada condense tanto esa animadversión como una frase de Enrique Larreta pronunciada en la Universidad de Córdoba en 1900”, nos recuerda el reconocido poeta y ensayista Horacio Salas en su ponderada obra El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986.

Revisemos lo que expresó en su novela La gloria de don Ramiro el escritor Enrique Larreta: “No me parece que sean ellos (los inmigrantes) también los que deban encargarse de ese tesoro de razón y de experiencia propia, de esa herencia de sacrificio, de meditaciones, de heroísmo que nos legaron los fundadores de nuestra nacionalidad; ni creo que pueda surgir de esa turba dolorosa, que arrastra en su mayor parte las sombras de la ignorancia, la clase dirigente capaz de encaminar hacia un ideal grandioso la cultura argentina”.

El hecho es que aquellos inmigrantes insatisfechos que pudieron llevarlo a cabo, que eran más de la mitad de los arribados, retornaron a sus países originarios. Muchos de ellos, a pesar de las mofas y escarnios, se quedaron en tierras argentinas. Claro es que no encontraron otra salida: se hicieron argentinos y contribuyeron a desarrollar la nación. Y al mundo del tango, asimismo, le otorgaron su inconmensurable, imprescindible tesoro. De suerte que le aportaron “saudade” y tristeza, fruto del desarraigo.

“Así como los españoles trajeron a estas tierras su gusto por el teatro, que fue durante siglos –con su pico en el XVII– el principal entretenimiento popular y cortesano”, nos indica el poeta y tangófilo Horacio Salas, “los italianos aportaron su pasión musical, su facilidad para ejecutar diversos instrumentos, su buen oído y su amor por el canto”. Ahora bien, en tanto que los españoles se adaptaban mejor y eran capaces de mimetizarse con mayor soltura por razón del idioma, la diferente lengua forzó a los inmigrantes italianos a llevar a término esfuerzos sin cuento, a fin de no ampliar la discriminación, si bien, de todos modos, era ineludible dentro de un ambiente reacio hacia todo lo foráneo.

He aquí que –debido a este combate por integrarse cuanto antes– brota el personaje del “cocoliche”: el paradigma que habría de llenar la escena argentina, a manera de una traducción de una figura real, la cual residía en las grandes ciudades, imitando a su estilo las habituales formas de aquellos argentinos que tenía más cercanos, esto es, sus vecinos del “conventillo”.

Así pues, “Cocoliche” se convirtió en uno de tantos personajes que se añadieron al célebre drama titulado Juan Moreira. Tal obra –cuya inspiración estriba en la novela de Eduardo Gutiérrez– fue representada por los hermanos Podestá a lo largo y ancho de los distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires y de la República Oriental del Uruguay como “broche final” de las funciones de su alabado y popularmente aclamado circo. Un “tano” acriollado, exclamaba: “Me quiame Franchisque Cocoliche e songo cregollo gasta lo güese…”.

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