Opinión

La casa de Caracas y el ambiente familiar de los Bolívar

Isaac Otero | 09 de noviembre de 2020

“La familia era, pues, típica del criollo rico que describe, por ejemplo, Humboldt; apta a sacarle provecho a la economía del país y también a figurar en público bien de decorada con uniformes, títulos y veneras”, señala el brillante historiador español Salvador de Madariaga Rojo en su singular obra Bolívar, editorial España-Calpe, Madrid, 1951, y Madrid, 1975, segunda edición. Es preciso recordar que el padre de Don Juan Vicente, Don Juan de Bolívar Villegas –Teniente General de los ejércitos españoles– había depositado en el Monasterio de Montserrat veintidós mil ducados para comprar uno de los dos títulos de Castilla otorgados a los monjes por el rey “para que pudiese atender y subvenir a los gastos de los reparos y reedificación”.

El hecho es que esa tramitación duró todo el siglo, si bien hasta nosotros no ha llegado papel alguno acerca de ello: ni respecto de la figura de Don Martín –primer heredero de Don Juan– ni tampoco de Don Juan Vicente, quien sucedió a su hermano en la herencia. Siendo viuda, en 1792, Doña Concepción Palacios, madre de Simón Bolívar, El Libertador, encargó a su hermano Esteban gestionara el asunto en Madrid.

De modo que el futuro Libertador, cuando tenía nueve años, “por milagro, se libró de verse travestido con un vano título de nobleza española”, en palabras del insigne Madariaga. Residía la familia en Caracas, en la casa que habían heredado “de la Marín”. En el campo, en la hacienda de San Mateo. Eran, como entonces decía, “mantuanos puros”, esto es, familia cuyas mujeres tenían derecho a ir a la iglesia “con el manto característico del rango más alto de la sociedad”. Por parte de los Bolívares, ejercían a perpetuidad uno de los cargos del regidor del cabildo; por parte de los Palacios, disfrutaban del privilegio del cargo de alférez real. Por ambos lados, hombres de su casa figurarían siempre entre los dignatarios que, revestidos de oro, plata, encajes y sedas, iban a visitar –ceremoniosamente– al Capitán General en los días de “besamanos”, para formar después parte de su séquito, camino de la catedral, donde celebraban la misa solemne y el infaltable “Te Deum”.

Durante aquella época la sociedad de Indias se regía por reglas de etiqueta y ceremonial incluso más estrictas que en España. El tratamiento y el atavío, el uniforme, las visitas y los modales: todo era rígido y formal. ¿Podríamos, por tanto, imaginarnos a los cuatro niños de Don Juan Vicente de Bolívar y de Doña Concepción Palacios, es decir, a María Antonia, Juana, Juan Vicente y Simón, yendo y viniendo por aquella casa, siguiendo a rajatabla las añejas formas de tan severa tradición?

Cuando Simón cumplía tres años, María Antonia tenía nueve, Juana siete y Juan Vicente cinco. Su padre, sesenta, y su madre, veintisiete. ¿Y cuál era el nombre real de Simón, el futuro Libertador? Simón José Antonio de la Santísima Trinidad. Don Juan Vicente de Bolívar y Ponte –este último, apellido gallego originario de la provincia de A Coruña– falleció el 19 de enero de 1786. El sacerdote que bautizó a “Simoncito” era un tío suyo, el doctor Don Juan Félix Jerez Aristeguieta y Bolívar, una persona pudiente. En el testamento dejó al niño su casa de Caracas, así como miles y miles de árboles de cacao distribuidos en diversas haciendas.

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