Opinión

Neruda… sin Neruda

Edmundo Moure | 19 de septiembre de 2016

“Si ustedes me preguntan qué es mi poesía, debo decirles: no sé; pero si le preguntan a mi poesía, ella, les dirá quién soy yo”.

El sábado 10 de septiembre, fui invitado a la exhibición, en el magnífico Centro Cultural de San Antonio, del film Neruda, de Pablo Larraín. Al finalizar la película, el público que repletaba la amplia y moderna sala, prorrumpió en espontáneo aplauso. Les había gustado aquella entretenida propuesta fílmica, centrada en la persecución que sufriera, en 1948, el entonces senador del Partido Comunista, Pablo Neruda, bajo la “ley maldita” (Ley de Defensa de la Democracia), promulgada por Gabriel González Videla, que iba a afectar al ya célebre poeta y ex generalísimo de la campaña que, ¡oh paradoja!, llevara al radical serenense a la Presidencia, con el apoyo del PC y vastos sectores de la izquierda.

La narración funciona bien, sobre la base de dos personajes principales: Pablo Neruda y el detective que le acosa, encomendado por el propio González Videla. Una trama no muy novedosa, a la manera del célebre film Los Miserables, inspirado en la novela homónima de Víctor Hugo, donde el perseguidor y el perseguido van estructurando una suerte de relación afectiva, que crece a lo largo de la película, especie de “atracción fatal” entre el poeta, que va dejando libros con dedicatoria suya al implacable sabueso, quien le sigue la pista hasta la nevada frontera trasandina, al este de la ciudad sureña de Osorno.

Asimismo, el ojo de la cámara nos ofrece buenas imágenes, algunos de factura poética, como corresponde a la historia de los avatares clandestinos de uno de los más grandes poetas hispanoamericanos; es otro de los aciertos del film, sin duda, sumado a la buena articulación del relato, a través de un guión que funciona y fluye en secuencias coordinadas y coherentes.

Pero el propósito que da el título a la película no se cumple. Neruda no está por ninguna parte; sólo vemos al actor Gnieco, mal caracterizado como el gran Pablo, de baja estatura, con un parrón capilar que parece el de un funcionario público atendiendo una ventanilla de servicio, provisto de una voz que trata de parecerse al tono cavernoso y lento que caracterizara a Neruda, sobre todo cuando leía sus cadenciosos versos, sin lograrlo. Gnieco no convence –no me convenció nunca–, menos cuando se le muestra como un burdo putero asiduo a las casas de remolienda, que las elige tal si fuesen un lugar inspirador.

No es Pablo, amante y mujeriego, enamorado permanente que canta al amor por la mujer y al amor por la humanidad, a lo largo de toda su obra, sino un gordo lascivo y vulgar que coquetea con un travesti y parece preferir el lenocinio a las amables y regadas tertulias con sus pares, lo que resulta falso para quienes algo conocemos de la vida y obra de nuestro Premio Nobel 1971.

Por otra parte, apenas se alude a su accionar ideológico y político, lo que se reduce a dos o tres anécdotas menores, puestas en escena como diálogos entre parlamentarios pequeñoburgueses, o acaudalados señores de la política –entendida como ejercicio administrativo de “dueños de fundo”–, donde el poeta senador les responde con débiles y previsibles ironías, que quedan en segundo plano. Neruda parece en el film uno más entre esos tribunos satisfechos, desligado por completo del pueblo al que sirvió desde el parlamento, al que alentó con el látigo vibrante de su poesía comprometida.

Si bien el Poeta nos dejó dicho que era él uno entre muchos, dejando la puerta de su intimidad abierta a variadas interpretaciones, nos da la impresión que esta versión fílmica tomó a Neruda, en las odiosas circunstancias históricas de 1948, como un pretexto para dar rienda suelta a lo que el propio director llama “ficción libre”, usando y abusando de ciertas facetas que alcanzan la caricatura esperpéntica, muy al uso de un cine que busca el efecto –o el manoseado “impacto”– de audiencias cada vez menos sensibles a propuestas de hondura estética. Así, lo erótico sugerente, que sin duda mana de su poesía, es sustituido por la desnudez grosera, el agarrón zafio del ebrio que se entrega al desahogo de bastos apetitos en medio de la francachela de burdel.

Tampoco se trata de “negar lo humano” o de buscar la sacralización de un genio de la poesía, que en esto último han caído muchos de sus cultores “oficiales”, especie de funcionarios (¿fundacionarios?) al servicio de un criterio museológico aplicado a un artista que fue todo menos que eso: un ser torrencial que prodigó su existencia dionisiaca a partir del lenguaje volcánico que fluía de su canto, regalo de excelsa poesía hecha, como él mismo, de barro, sangre, saliva y fuego, expresión de todo un continente que no nos cansaremos de celebrar.

Fiel al propósito en boga de propender a lo masivo como espectáculo y al fácil encantamiento de lo primario, Pablo Larraín ha logrado un film que atrae al público, aunque la imagen de su ilustre tocayo no vaya más allá de la de un Gnieco cazurro, actor eficiente de teleseries.

En 1988, disfrutamos la obra de teatro Ardiente Paciencia, en la que Julio Jung hacía de Pablo Neruda. Pues bien, el actor carece de la apostura física del poeta y no se le parece en absoluto, pero a los cinco minutos de iniciada la obra, uno veía y sentía allí al inconfundible habitante de Isla Negra, en virtud de la identificación y maestría con que Jung recreaba al personaje vivo. En el film Neruda esto no ocurre jamás.

Y la pregunta queda flotando, porfiada como todas las interrogaciones estéticas:

¿Dónde estaba Neruda?

 

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