Opinión

Descarte

Edmundo Moure | 08 de enero de 2018

Anteayer (antonte) comencé a desembalar (desencajar, sería) los libros de mi Biblioteca Gallega recuperada (te conté ese avatar en crónica precedente, fidelísimo lector). En la primera caja pareció surgir la novela de Carlos Casares, Deus sentado nun sillón azul, tercera edición, 1997, Editorial Galaxia. En página derecha de los primeros créditos, aparecen los timbres (sellos) institucionales del sistema de bibliotecas de la Universidad de Santiago de Chile. El timbre o sello que sobresale, inclinado como flecha definitoria, en color azul, señala DESCARTE.

Voy al diccionario, en un rito que es habitual en mí, siempre grato, aunque sea solo para confirmar lo sabido, pero la posibilidad de un hallazgo, en el vasto mundo de nuestra lengua castellana, suele gratificar el breve esfuerzo, que a veces se orienta a desentrañar significados y formas en el diccionario gallego o en el Libro de las Palabras, del inolvidable Constantino García… Hay dos líneas de acepciones consagradas: “supresión, eliminación, separación”; “evasiva, excusa, subterfugio”. En mi ánimo semántico de hoy, caben las seis versiones, sin duda.

Bajo DESCARTE, como si fuera la base de una palanca o el sostén de una catapulta medieval, está el nombre del autor, Carlos Casares, ilustre escritor, intelectual, docente, director de la propia Editorial Galaxia, xornalista destacado del periódico La Voz de Galicia.

La palabra supresora pareciera caer, oblicua, sobre la identidad del novelista, como si se tratase del anatema utilizado, durante siglos, por esa feroz y fanática arma anticultura que fue el Índice inquisitorial que la Católica Iglesia abatió contra tantos creadores, hasta no hace mucho, descalificándoles, como hizo también con preclaros e ilustres hombres de ciencia.

Pero esto no ha pasado de ser sino asociación imaginativa y visual del incorregible cronista. Diré que Carlos Casares Mouriño nació en el mismo año que yo, seis meses más tarde, y la Parca se lo llevó en el 2002, con el implacable y definitivo descarte (supresión, eliminación) de su guadaña.

Es curioso cómo se tejen los hilos sutiles de la circunstancia y las asociaciones memoriosas. El escritor y fotógrafo Ramón Loureiro ha llevado a cabo, en 2017, varios homenajes en recuerdo de Carlos Casares, a quien distingue y elogia con gran entusiasmo a través de sus periódicas publicaciones en Facebook. Me imagino que frecuentó su amistad, lo que no dejo de envidiar, pues solo tuve una brevísima ocasión para intercambiar algunas palabras con Casares Mouriño.

Fue en julio de 1999, cuando yo asistía al curso de Lingua e Cultura Galega, en Santiago de Compostela. Al ingresar a la ciudad vieja, frente al Café Bar Derby, me topé de manera casual con Carlos Casares. Lo saludé, intentando un breve diálogo, presentándome como escritor chileno, hijo de padre lucense, que recién estaba a cargo de un centro de estudios gallegos, al otro lado del mundo, en Santiago del Nuevo Extremo. Casares no pareció interesarse en aquel indiano que le abordara en plena rúa. Dijo dos o tres frases cumplidas y secas, y se marchó. No afirmo que fuese descortés, pero sí frío y distante, actitud esta que no se repetiría para mí en los ámbitos literarios e intelectuales de Galicia, por fortuna. Aunque confieso que este desencuentro ocasional provocó en mí un cierto desinterés por su escritura…

-Vamos, amigo lector, ya sabes lo susceptibles y veleidosos que solemos ser estos raros especímenes de la fauna literaria, inmersos habitualmente en una especie de egocentrismo desolado…

Anoche me enfrasqué en la lectura de Deus sentado nun sillón azul, y la verdad es que sus páginas me atraparon enseguida. La novela cautiva, es un espléndido relato que recrea magistralmente la atmósfera de aquellos lejanos –y no tanto– tiempos de la dictadura franquista, en la neblinosa y húmeda Santiago de Compostela, donde la Historia parece extraviarse entre las intrincadas callejuelas, como una Berenguela que buscara los cabos sueltos de esa verdad que jamás alcanzaremos en plenitud, oculta tras los soportales pétreos, incardinada entre los ropajes invernales y las sílabas maldicientes de eternos inquisidores y conjurados.

Hubiese querido reencontrarme con Carlos Casares para que “falásemos de vagar” en alguna taberna o café de la ciudad del Apóstol; esta historia, de seguro, le habría hecho sonreír, porque a través de sus crónicas desplegaba ese fino humor gallego que parece decir y no dice, que oculta y desvela, que sugiere y desnuda…

Quizá ahora me prestara atención, cuando voy haciendo recuento de los libros perdidos y “descartados” por la mano del tiempo inmisericorde, esta época humosa y vocinglera que vuelve cenizas las brasas de la memoria, porque le teme más a los recuerdos, al pasado y a sus múltiples significaciones, que al incierto destino donde se acorralan y menoscaban esas palabras amadas que defendíamos como antorchas, para aventar las sombras arteras de la caverna.

Bueno, mañana reiniciaré el recuento de los libros, sin descartar ninguno. Hay todavía tantas historias por contar...

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