Opinión

Agonía de los libros

Edmundo Moure | 02 de enero de 2018

En 1981 gané un concurso de cuentos con mi texto ‘El Último Lector’. La historia transcurría en una jaula, expuesta a la exhibición pública urbana, donde se veía a un hombre de edad avanzada, rodeado de libros, leyendo. En el ambiente, entonces futurista, los transeúntes admiraban, asombrados, a ese especimen absorbido por un pequeño adminículo de cartón y hojas, ajeno por completo al mundo que le rodeaba. Era un cuento borgeano, el jurado lo componían admiradores de Borges; gané sin oposición.

En julio de 1999, con la inestimable concurrencia, en Santiago del Nuevo Extremo, de los amigos Celso Currás y Manuel Regueiro, inauguramos, en la sede del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la Universidad de Santiago de Chile, el Programa de Estudios Gallegos, que funcionó durante once años, ofreciendo cursos de lengua y cultura gallegas, tanto a estudiantes regulares de la USACH como a público de diversas generaciones, interesados en la riqueza intangible de la Terra Nai; asimismo, una veintena de jóvenes pudo viajar a Santiago de Compostela y asistir a los cursos del Instituto de Lingua Galega, entonces bajo la dirección de nuestro caro amigo Manuel González.

A lo largo de una década, fuimos conformando la biblioteca de estudios gallegos, con libros recibidos desde: Consello da Cultura Galega; Consellería de Educación y Ordenación Universitaria; Presidencia de la Xunta de Galicia; Instituto Ramón Piñeiro; Fundación Castelao; Fundación Torrente Ballester; y otras entidades, a las que solían sumarse escritores gallegos, como Xulio López Valcárcel, y Luis González Tosar, a quien debemos el impulso inicial y la voluntad de llevar el proyecto a feliz concreción. Cerca de mil volúmenes, para apoyo docente, consulta y lectura de estudiantes y amigos de la colectividad gallega residente. Un auténtico tesoro, al menos para el pequeño grupo  que animaba el fuego de una lareira encendida a doce mil kilómetros de la pequeña patria de Breogán.

No obstante, a partir del año 2007, supuestamente debido a la crisis financiera del neocapitalismo español, dejaron de llegar los recursos financieros del convenio suscrito entre la Universidad de Santiago (USACH) y la Xunta de Galicia. Por mi parte, fui defenestrado por carecer de título formal de docente académico. Me reemplazó un licenciado en Administración Pública, ex alumno mío, diletante de la lengua gallega, pero con menos chispa que una yesca mojada. 

A fines del 2010 fueron suspendidos los cursos, mientras los libros de nuestra querida “biblioteca gallega” eran depositados en el ominoso resguardo de cajas de cartón, arrumados en una bodega de desechos foliados, con destino a esos humildes recolectores de papel que en Chile llamamos “cartoneros”. Empastes rústicos, formatos sencillos o lujosos, hojas de papel corriente o del ilustrísimo couché, tendrían el aciago destino de reconvertirse en humilde pasta de celulosa, para transformarse en folletos publicitarios o en envases de pragmática utilidad… Pero, sobre todo, la agonía de aquellas palabras escritas y engarzadas con el esmero luminoso y esperanzado de muchos escritores, tanto decimonónicos como “siglo veinte”; la pulcritud de diversos editores; la pertinacia proverbial de muchos gallegos convencidos del valor de la literatura, y aun de esa misión de rescate y esparcimiento de la lengua gallega que vaticinaron los precursores, quizá bajo el lema poético de Álvaro Cunqueiro: “Mil primaveras máis para a lingua galega!”.

En julio de 2016, recibí una llamada de mi amigo Hernán Araya, a la sazón mayordomo del Instituto de Estudios Avanzados. Me informó de la amenaza cernida sobre los libros gallegos, sugiriéndome que yo enviara una carta al director, para que me los asignaran antes de su desalojo y cremación inminentes. Lo hice, interponiendo mi calidad de ex maestro de la cátedra de lingua e cultura galegas. Dos meses más tarde, me respondieron que no era posible entregar aquel material bibliográfico a un “particular” o “persona natural”… Me sentí ninguneado, al punto de esgrimir una mala comparación: ¿acaso no soy individuo de iguales quilates que un cartonero? (Me abstuve de manifestarlo).

Al mes siguiente, recurrí a mi buena amiga, Patricia Tagle, directora de la Fundación De Rokha, nieta de uno de nuestros más grandes poetas, Pablo De Rokha, vate insigne, traducido a la lengua gallega, investigado a fondo, con numerosos hallazgos de antología, por el poeta y pintor vigués, Antonio Chaves Cuiñas. Patricia envió al director del IDEA una solicitud oficial, la que fue aceptada. Quince meses más tarde, ayer, 27 de diciembre de 2017, retiramos las treinta y cinco cajas, depositándolas luego –de manera provisoria– en un despacho donde guardo otros libros preteridos, algunos diplomas –como el de Micaela Souto– y los cuadernos del curso de lingua galega al que asistí, en julio de 1999, en la Universidad Compostelana, con mis inolvidables amigos y maestros, Suso Domínguez y Maricarmen Pazos.

Como un adulto-niño que hubiese recuperado los juguetes de la infancia, me acomodé en medio de las cajas abiertas y fui elaborando un inventario anímico y cordial (pasé los títulos y los autores por el corazón)… Ahí estaban, los cien números empastados de la Revista Grial, los artículos xornalísticos de doña Emilia Pardo Bazán, los manuales para la enseñanza del gallego, tres o cuatro Historias de Galicia, una vistosa enciclopedia universal, las obras completas de Álvaro Cunqueiro y de Ánxel Fole, ediciones especiales de Alfonso Castelao y de Basilio Losada; Alfredo Conde, Carlos Casares, Víctor Freixanes, Ramón Villar, Constantino García, Ramón Piñeiro, Rosalía de Castro, Luz Pozo Garza, Xesús Alonso Montero, Anxos Sumai, Rosa Aneiros, Xosé López… No sigo, no puedo, discúlpame, fraterno lector… hay lo que se llama “emociones inefables”, así es que, punto y aparte.

Me sentí como el último lector del cuento, aunque no estaba en una gaiola y nadie me observaba… Bueno, tal vez mis antepasados, mis antergos, asomados desde la eternidad al río rumoroso de las viejas palabras…

Y ahora, ¿qué haré con estos libros rescatados de la agonía infligida por el atroz pragmatismo del tercer milenio?

Convocaremos a unos cursos abiertos y, por supuesto, gratuitos, a partir de marzo del 2018, en las aulas de la Fundación De Rokha. Invitaremos a socios de Lar Gallego de Chile, a hijos, nietos y biznietos de emigrantes gallegos, a ver si se entusiasman por la humilde lengua de campesinos y marineros que otrora hablaron reyes, trovadores, damas de abolengo y poetas distinguidos... No hay milagro imposible antes de intentarlo, ¿non si, Pai?

Después de todo, no siempre la muerte es el corolario fatal de toda agonía.

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