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‘El Niño Jesús de Praga’, entre los Carmelitas de ‘Malá Strana’

Isaac Otero | isaac-otero

Crónicas de la Emigración | 07 de Enero de 2019

Estoy en Praga y, conmigo, M. Santini y Martín, los autores de El Niño Jesús de Praga, libro en castellano merced a la traducción de Dely Serrano, en Ediciones Martín, 1997. Corazón de Europa y corazón del pueblo checo: Bohemia. Nos hallamos asimismo en pleno corazón de la ciudad de Praga. Henos ante una antiquísima iglesia con más de 350 años, el ángel custodio de una de las célebres y atractivas imágenes: la santa morada del Niño Jesús de Praga. He ahí al “Pequeño Praguense”, como así suelen nombrarlo sus ciudadanos. La iglesia del Carmelo sonrientemente nos abre las puertas. En medio de la penumbra el Niño nos obsequia esparciendo su coruscante luz, cuyos rayos se diseminan por los más remotos rincones del planeta, allá donde se eleva una súplica, se susurra una oración.

¿Y qué decir de su leyenda en torno a su origen? Por aquel entonces, los cristianos libraban encarnizados combates contra los infieles en la Península Ibérica. Cercano a Sevilla, había un monasterio. En la iglesia monacal, rezos en las celdas de los monjes. Por los jardines, el susurro de las fuentes junto al delicadísimo aroma de las flores. Asediado el lugar, los moros conquistaron y destruyeron el convento. Cuatro monjes que habían conseguido sobrevivir, regresaron, no obstante, a aquel espacio. Y entre las ruinas se asentaron bajo el lema de “ora et labora”, hasta que un día de verano un niño se aproximó a uno de los monjes que mimaban el jardín y lo convidó a rezar el ‘Ángelus’. Mientras pronunciaba “el bendito fruto de tu vientre, Jesús”, levantó sus ojos hacia el niño en cuyos ojos resplandecían lágrimas de gratitud. “Yo soy Jesús”, le dijo, sonriente, el niño.

El monje miraba, asombrado, al niño. Trataba de grabar en su memoria los rasgos de esa maravillosa visita. El niño, empero, se había difuminado. Tan sólo persistía la ardiente atmósfera en aquel lugar. Transcurridos los años, el convento era estancia de nuevos monjes. Aquel hombre que tuvo el privilegio de esa visión, ya envejecido, intentaba poder mirar una vez más aquel rostro cautivador. Intentó reproducirlo, mediante sus dedos, en cera, evocando aquella hermosa imagen. De súbito, volvió a ver, sonriendo, a aquel niño. “Aquí estoy, para que puedas finalizar la estatuilla”. Febrilmente, el monje empezó a trazar con la cera los inefables rasgos de la criatura. Era como si la cera se modelara sola, ayudándola los dedos del monje. Al otro día, los compañeros monacales lo encontraron recostado en el suelo, inmóvil. Porque, en cuanto acabó la figura del divino niño, entregó su vida al sueño eterno, como si continuara mirando la faz del niño. Cara de la Bondad, de las Esperanza Eterna. El rostro del Amor.

“Aquí le entrego lo que más quiero, lo más precioso que tengo”, pronunció una noble dama ante el Prior, P. Ludvik. Entró en la iglesia de los Carmelitas Descalzos: La Virgen de la Victoria, en el barrio de ‘Malá Strana’. Palabras de la noble Polixena de Lobkowicz en 1628. En sus brazos llevaba algo envuelto en un manto blanco. Una estatuilla diminuta. Ella determinó trasladar la milagrosa estatua del Niño Jesús desde su capilla privada al lugar donde todos los praguenses pudieran venerarlo. Así trenzaría sus dos patrias: la española y la checa. Su madre, doña María Maximiliano Manrique de Lara y Mendoza, era pariente de las afamadas y nobilísimas familias de Aragón y Castilla. Doña Polixena había recibido la imagen como regalo de boda en 1587.

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