Los socios participaron de forma altruísta en la construcción de la sede

| 16 de enero de 2019, 12:58
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Fachada del Centro de Avellaneda.

Cuando en 1905 se adquirió el actual terreno, ubicado en la Avenida General Mitre, llegó finalmente el momento de materializar el perseguido anhelo de contar con una casa propia. Casi de inmediato, se planeó un proyecto de obras que se ajustó a las fuerzas financieras de la caja social y, al cabo de poco tiempo, se dio principio a la secretaría y dependencias. 

No fue ésta, sin embargo, empresa sencilla. Eran tiempos aquellos, en los que el Centro debía lidiar constantemente con dificultades de índole económica. Y hoy, tras más de un siglo de existencia, no son pocos los que afirman que el proyecto no hubiese tenido éxito de no haber sido por la actuación de la Comisión Directiva que dirigía a la Sociedad en aquella época. Este cuerpo dirigente, encabezado por el presidente José Lalín, estaba casi en su totalidad constituido por humildes trabajadores. Hombres que tras arduas jornadas de trabajo se dirigían al predio del Centro para contribuir en la construcción del edificio de manera totalmente desinteresada.

 

Lugar de encuentro

El resultante de tantos esfuerzos fue un modesto local que hoy recuerda con cariño la por entonces juventud de Avellaneda. Y es que la nueva casa se convirtió en poco tiempo en el lugar de encuentro y diversión no sólo de los socios del Centro, sino también de los vecinos de la ciudad.

Al cabo de unos años, se hizo evidente que la vieja sede, por la importancia que iba adquiriendo la Institución, no estaba a la altura de las necesidades. De modo tal que, teniendo en cuenta el período de prosperidad por el cual estaba atravesando la entidad, se decidió continuar el edificio. Fue el arquitecto Guillermo Alvarez quien se encargó de la elaboración de los nuevos planos. Poco tiempo después, presentó su proyecto ante la Comisión Directiva. Se trataba de una construcción de dos plantas; la primera estaría comprendida por dos salones, uno destinado a la renta y el otro funcionaría como teatro; y en la segunda planta se ubicaría el salón de fiestas, la Secretaría, la Biblioteca y la sala de esparcimientos.

Una vez aprobada la propuesta por la Comisión que presidía José María Revoredo, fue necesario buscar un medio de financiamiento. Sin embargo, a poco de comenzadas las gestiones para la obtención del crédito, estalló la guerra europea. 

De modo tal que financiar la obra fue prácticamente imposible, dado que las entidades bancarias no podían distraer sus capitales. Las esperanzas de poder concretar el proyecto eran ya prácticamente nulas, cuando surgió un nuevo instituto de crédito que acordó con el Centro Gallego un préstamo de 100 mil pesos. Años más tarde, fue otra vez esta entidad crediticia quien aportó el capital para ampliar el teatro y las dependencias sociales. El Centro Gallego se convirtió así, en uno de los edificios más emblemáticos de Avellaneda, enriqueciendo con su línea pura y elegante el arte arquitectónico de la ciudad.

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