Manuel Antonio Salgueiro ‘El Rey del Pomo’ y concejal porteño por Villa Crespo

| 16 de julio de 2012, 12:44
Aida Salgueiro, hija de Manuel Antonio.

Manuel Salgueiro nació en Gondomar (Pontevedra) en 1842. Siendo aún un adolescente comenzó a trabajar como dependiente de farmacia, primero en la ciudad de Pontevedra y luego en Baiona. En 1865 aproximadamente, partió del puerto de Vigo para la Argentina.
Para ese entonces tenía una gran experiencia comercial en el ramo farmacéutico. Al llegar a la gran urbe porteña se coloca a trabajar en la prestigiosa farmacia ‘El Siglo’, cuyo propietario era González Garaño. Por aquellos tiempos gobernaba el presidente argentino Bartolomé Mitre y el país estaba en plena guerra contra el Paraguay.
A los cuatro años de estar en esta farmacia, Manuel le paga los estudios de farmacéutico a uno de sus hermanos. En el transcurso de este tiempo trae a tres hermanos más, que se habían quedado en la aldea.
Salgueiro, mientras trabajaba en ‘El Siglo’, se asocia con un amigo y comienza a fabricar cola de pegar, radicando su empresa en Barracas al Norte.
El emprendimiento fracasa y pierde una buena cantidad de dinero. Aquella circunstancia le lleva a independizarse definitivamente de González Garaño y funda la farmacia ‘Colón’, que luego pasara a llamarse ‘Ricort’. Estaba situada en la antigua calle del Temple, hoy Viamonte 183-85.
Mientras se dedicaba al rubro farmacéutico en 1877, se le ocurre empezar a fabricar agua en pomos, para los juegos de carnaval.
Al poco tiempo abandonó la farmacia, que era menos productiva, y comenzó a dedicarse de pleno a la fabricación de estos pomos, que hacían furor durante los alegres carnavales porteños.
Con la marca de ‘Las bellas Porteñas’, se convirtió en la empresa más famosa de este simpático artilugio, considerándose la empresa más importante de toda América Latina.
La empresa quedaba en Gascón 560 y fabricaba 4.000.000 de pomos al año. Tenía alrededor de 200 empleados, utilizando para la época una tecnología moderna, usando el vapor como energía de funcionamiento.
El primer corso carnavalesco en Buenos Aires se llevó a cabo en el año 1869 por la calle Hipólito Yrigoyen (en ese momento Victoria), entre Bernardo de Irigoyen y Luis Sáenz Peña (en ese momento Buen Orden y Lorea). Al sonido de las bandurrias, violines, cornetas y guitarras, desfilaron: ‘Los habitantes de la Luna’, ‘Salamanca’, ‘Los Tenorios’ y otros, que rivalizaban en alegría y animación.
Cada Asociación tenía un estandarte, lo mismo que características distintivas, y por supuesto, instrumentos como el violín de chapitas, la zambomba, el cuerpo y tantos más, que, unidos a la matraca, la corneta y los pitos, producían un sonido infernal y fascinante que hacían del carnaval un suceso nunca visto. Existe también otro tipo de elementos claves dentro de la iconografía del carnaval: las jeringas, y los pomos de agua marca ‘Bellas Porteñas’, recubiertos con papel verde con unas enormes etiquetas en las que se veían fuentes con dos querubines jugando con agua, rodeados por fuentes de todos los colores. Otra, no tan popular, fue la de los pomos de agua ‘Niágara’. Las ‘Bellas Porteñas’, el famoso pomo diseñado por Salgueiro, poseían un perfume tan particular que quien había recibido uno de sus chorritos no lo podía olvidar jamás.
El Carnaval dejó de ser una fiesta porteña para trasladarse a todo el país. El pensador argentino Arturo Jauretche, oriundo de la ciudad de Lincoln, nos relata cómo eran los corsos de su época: “El corso de Lincoln es tan importante hoy que algunas noches se ha registrado la presencia de miles de forasteros, en número cuya significación se apreciará si se señala que excede la población de la planta urbana. Concurren vehículos de hasta 200 kilómetros a la redonda y, si bien muchos retornan después del corso, la capacidad de hoteles y fondas es ampliamente desbordada y aun también la de los vecinos que ofrecen ocasional alojamiento para contribuir al brillo de la fiesta”. Luego continúa con su aguda pluma: “El corso de mi pueblo era escenario de cortesías amaneradas en las que hombres y mujeres intercambiaban serpentinas y perfumadas varas de nardo, la flor que en esta época está en su apogeo. Advierto que nadie sospechaba allá el signo erótico del nardo, del que oí hablar después, pues de lo contrario lo hubieran prohibido las castas costumbres locales. ¿Pero puedo recordar los nardos y olvidar los exquisitos aromas del óleo fragans, de las diamelas y jazmines, de las ramitas de diosma y de aquellos cartuchos de papel como de caramelos donde media docena de magnolias foscatas se escondían entre los senos de una niña o perfumaban los roperos alternando albahacas?”. Luego de guardar modales el corso se transformaba: “El corso terminaba con el disparo de una bomba a las doce en punto. Con la bomba se producía el desparramo de la mayoría de los carruajes, que disparaban por las calles laterales, especialmente los que optaban al premio y querían conservarse incólumes para las noches siguientes. Terminaba el inocente juego de los pomos, de ‘Las Bellas Porteñas’, que era la marca más prestigiosa. Los que seguían en el corso se transformaban: parecían baldes, jarras y globos de goma llenos de agua y a las instalaciones técnicas como la bomba de patio se agregaba la del barril, que habían permanecido ocultos bajo serpentinas durante el corso y empezaban a regar a todos con el chorro de una manguera. Unos se aguantaban a pie firme y participaban en este reemplazo de las serpentinas y las flores por los chorros, los baldes y los globos de agua y otros, más previsores, se cubrían con impermeables. Se repetía así a la noche lo que había ocurrido por la tarde frente a las casas –y a veces en los patios–; allí donde había mujeres dispuestas se libraban verdaderas batallas que generalmente ganaban los hombres, por más que muchas veces, ocurría que uno de estos caía prisionero de las niñas débiles convertidas en la ocasión en guerreras amazonas que recuperaban los músculos de sus madres pioneras. Esto daba para la burla de todo el año, porque al prisionero lo metían en una tina o en una bañadera, de aquellas de latón, colocada estratégicamente junto a una canilla. Y no era fácil escaparse, hasta el punto de que más de un prisionero terminaba casándose con una de sus captoras”.
En febrero de 1898 Salgueiro crea una nueva sociedad con José Zucas con el fin de explotar un producto denominado ‘Loción específica para el cutis’. Entre otros productos que produce son: cajas de hierro, tesoros y cerradura del sistema Vetere. En 1899 fue elegido concejal para la municipalidad de Buenos Aires por la parroquia de San Bernardo, luego denominada ‘Villa Crespo’.
En 1879 forma parte de la fundación del primer Centro Gallego de Buenos Aires, siendo elegido secretario de la primera comisión provisoria surgida de la asamblea del 18 de abril. Días después, el 27 de ese mismo mes en asamblea constituyente se funda oficialmente el Centro, siendo elegido Manuel Barros, presidente, y César Cisneros Luces, vicepresidente.
Otra de las actividades donde estuvo muy implicado fue en la colectividad española. El destacado periodista Cisneros Luces, en un artículo escrito el 21 de marzo de 1880 en ‘El Gallego’, le define como “entusiasta gallego y distinguido fundador del Centro establecido en Buenos Aires”. Dice además que “la denominación de Centro Gallego es pensamiento de Salgueiro, y pone de relieve la abnegación empleada por nuestro coterráneo en aras del esplendor de aquella sociedad, malograda por causas que en otra ocasión señalaremos. De la primera junta de ella fue secretario el sr. Salgueiro; importantes cargos siguió desempeñando en comisiones de la propia corporación y otras muchas, y en la actualidad es presidente de la Asociación de Socorros Mutuos de la Parroquia de San Bernardo y socio, también de honor, del Museo de Productos Nacionales Unión Industrial Argentina, así como presidente de la comisión de productos argentinos en el Museo Gubernatis, de Roma. Fue colaborador de la ‘Unión Hispano-Americana Pro Valle Miñor’, entidad esta que construyó dos escuelas en La Ramallosa”.
Salgueiro fue un hombre de ideas avanzadas para su época. Lo podemos definir como un librepensador. Por las amistades que frecuentaba, seguramente pertenecía a la masonería argentina. Formó parte de la Comisión de Homenaje a Rosalía de Castro, con el fin de enviar una corona de bronce para poner en la tumba de Rosalía de Castro. Dicha comisión fue presidida por el doctor Ángel Amigo y como depositario, Manuel Salgueiro. La conformaban también ilustres gallegos residentes en Buenos Aires, entre ellos Conde Salgado, José María Cao, Calaza, Díaz Spuch o Manuel Bares.
Manuel Antonio Salgueiro falleció en Buenos Aires el 25 de mayo de 1912.

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