HIJA DE OURENSANOS, SE TRASLADÓ CON SU FAMILIA A VIGO, DONDE TIENE UNA FERRETERÍA

Amelia Rodríguez: “Yo vine a quedarme” porque la situación en Venezuela “no va a mejorar a corto plazo”

| 16 de enero de 2021, 12:51
Amelia con amigos
Amelia Rodríguez –tercera por la izquierda–, durante una comida con familiares y amigos.

Una y otra vez, es la situación en Venezuela lo que obliga a buena parte de la ciudadanía en ese país a plantearse un cambio de residencia. Algunos son capaces de materializar la idea y buscan acomodo en cualquier otro lugar del mundo lejos del caos de la sociedad bolivariana. Los hay que recalan en Galicia –donde muchos de ellos hunden sus raíces– y, de un tiempo a esta parte, la comunidad autónoma recibe un goteo constante de familias que escapan del país de Maduro, tras desprenderse de algunas propiedades a precio de ganga y utilizar ese remanente como colchón de cualquier tipo de iniciativa emprendedora que se les pueda presentar, convencidos de que no habrá retorno, al menos, a corto y medio plazo.

“Yo vine a quedarme”, asegura, rotunda, Amelia Rodríguez Vázquez, una de tantas mujeres que en los últimos años ha tenido que vivir en primera persona la experiencia de la emigración. La “crisis humanitaria en Venezuela” la empujó a abandonar el país que la vio nacer y, a sus 55 años, esta venezolana, hija de gallegos, no ha tenido más remedio que reinventarse. Reinventarse laboralmente y adaptarse a los cambios que lleva implícitos recalar en una ciudad nueva, un ambiente nuevo, gente distinta y, en el caso de Galicia, a un clima más frío y lluvioso de lo acostumbrado. Pero las circunstancias son las que son y ante los contratiempos no queda otra que “insertarse, adaptarse y ser productivos”, asegura, sin titubeos, esta mujer. 

Amelia Rodríguez llegó a Vigo con su esposo hace tres años procedente de Valencia –en el estado Carabobo–, huyendo de la inseguridad que se respira en Venezuela y de la situación que vive el país. A modo de ‘avanzada’, primero llegaron sus padres, naturales de Ourense, y su hija –quien estudia Recursos Humanos en la Universidad de Vigo–, para analizar sobre el terreno las posibilidades de adaptación. Y la cosa no pareció ir muy mal. Pese a su edad, sus padres, con 88 y 91 años, respectivamente, soportaron bastante bien las inclemencias de Galicia, y eso animó a trasladarse también al matrimonio, que llegó provisto de algún dinero producto de la venta de los bienes que poseían en Venezuela (casa y coches).

“Ellos vinieron por un tiempo, para acompañar a mi hija, pero llevaron bien el invierno y quisieron quedarse. Y eso, a pesar de la edad y de que esto les suponía emigrar dos veces”, pero “no te das cuenta de la calidad de vida que tienes hasta que no la contrastas”, comenta. Después de toda una vida en un pueblo llanero, donde llegaron a regentar una tienda de ultramarinos, “ellos ya sentían Venezuela como su país, así que lloraron la emigración dos veces”, comenta Amelia sobre sus padres. “Es una generación de acero inoxidable y sé que no lo están llevando bien, pero no lo expresan, son más resignados”, asegura. Y no es que no estén llevando bien el hecho de “volver a su tierra”, sino el sinsentido que para ellos esto representa. “Todo el sacrificio de haber abandonado a la familia –porque ellos lo sienten así, sienten que han abandonado a sus padres, a pesar de haber girado dinero a Galicia– para qué lo hicieron”. “Hay momentos en que no lo dicen, pero lo sienten así”, percibe Amelia. “La tranquilidad de poder salir a la calle y de disponer de medicamentos” parece pesar lo bastante como para someterse de nuevo a la experiencia de emigrar que, en su caso, califica de “retadora”.

Amelia llegó a Galicia con la intención de buscar trabajo –“tenía que empezar a trabajar para sobrevivir”, dice–, pero lo único que encontró fue un empleo como teleoperadora, contratada por una ETT, que le duró dos meses. En el horizonte se le presentaba la disyuntiva entre reclamar los papeles para homologar el título obtenido en Venezuela, que le permitió desempeñarse durante 30 años en el mundo de las finanzas, o ponerse a trabajar, y optó por lo segundo. “Era una decisión de supervivencia, y decidimos aparcar nuestra vida pasada”, asegura. 

Surgió entonces la oportunidad de coger el traspaso de una ferretería en la calle Zamora y “asumimos el reto”. Con los ahorros y la ayuda económica que la Xunta presta a los retornados, se fueron adaptando al negocio. Al principio, tuvo que aprender cosas específicas del sector, pero “hay momentos en los que tienen que tirar para adelante, y darle gracias a Dios por tener algo con lo que sobrevivir”, sostiene. Incluso pese a la crisis sociosanitaria que desató el coronavirus al poco de hacerse con el negocio, que mantuvieron cerrado dos meses durante el confinamiento.

Mujer de carácter decidido, reconoce que “no es fácil reinventarse a los 50”, sobre todo cuando, en el país del que viene, “a los 55 ya te estás jubilando”. El caso es que “ves ese horizonte cercano y piensas que tienes una vida hecha”, pero cuando las cosas se tuercen, no queda más remedio que sobreponerse. De todos modos, “no me puedo quejar, coincidimos con gente colaboradora y abierta, que entendieron la situación” y aunque “hay puntos buenos y otros no tan buenos, en general, la experiencia está siendo positiva”, reconoce, y añade: “Cuando tomas la decisión de dejar tu país tienes que ser consciente de los riesgos que asumes” y esto no es “Alicia en el país de las maravillas”, muy al contrario, “la gente se lo tiene que currar”. Pero “vale la pena el esfuerzo y asumir el reto”, corrobora. 

En su caso, jugó con cierta ventaja, ya que, por sus orígenes, conocía bastante de las costumbres de Galicia, sobre todo en el apartado culinario, y también el idioma. Habla gallego, “un tanto raro, por el acento”, dice, pero “tanto mi hija como yo dominamos el idioma; nos hacemos entender y entendemos perfectamente”. En cuanto a la cocina, los platos tradicionales de la región tomaban protagonismo en fechas clave en su casa de Venezuela y ya hiciera 40 grados de temperatura, cada 25 de diciembre y 1 de enero, por tradición, se comía cocido.

Pese a todo, Amelia nunca se hubiese planteado vivir en Galicia de no haber “salido adelante la idea maravillosa de la revolución” en Venezuela. Hoy en día no se plantea volver, “al menos que en España también se pongan creativos” los que gobiernan, puntualiza con cierta sorna. Pero “yo vine a quedarme”, porque la situación en Venezuela “no va a mejorar a corto plazo”. El país atraviesa una situación de “deterioro lo suficientemente grave y es bastante el camino que hay que recorrer para recuperar infraestructuras, educación…”. Por el contrario, “el ambiente que se respira aquí… Nadie sabe lo que pierde cuando no puede salir a caminar a la calle a la hora que quiere. El vivir sin miedo vale la pena”, concluye.

 

Más acciones:
MÁS NOTICIAS
  • Colección Crónicas de la Emigración

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca