El CRE de París rinde homenaje a Antonio García Tejedor, con 99 años, el consejero del CRE más longevo en activo en el mundo
A sus 99 años, Antonio García Tejedor, que es el consejero del CRE más longevo en activo en el mundo, fue homenajeado por el Consejo de Residentes Españoles (CRE) de París por una vida de compromiso, exilio y memoria.
Antonio García nació en Madrid el 20 de marzo de 1927, en un barrio situado detrás del seminario de los sacerdotes. Su infancia estuvo marcada muy pronto por la enfermedad y la separación. A los cuatro años, su madre enfermó gravemente de tuberculosis y tuvo que ser hospitalizada.
A partir de ahí, empieza un peregrinaje que él mismo cuenta de la siguiente manera:
“Éramos seis hermanos y mi padre, sin recursos, se vio obligado a repartirnos entre distintos miembros de la familia. Yo fui enviado a vivir con mi abuela, cerca de Fuencarral.
Durante tres años no fui a la escuela. Nadie sabía si mi madre se recuperaría. Sin embargo, aquellos años quedaron en mi memoria como un tiempo de libertad: pasaba los días en la calle y en el campo, algo que siempre me ha acompañado. Más tarde, cuando mi hermana mayor pudo hacerse cargo de la familia, regresé a Madrid, al barrio donde había nacido. Fui a la escuela durante aproximadamente un año. Entonces estalló la Guerra Civil.
Madrid quedó prácticamente cercado. La vida cotidiana se volvió imposible y comenzó la evacuación de la población civil. Con mi maestro salí de Madrid hacia Valencia, junto a niños, ancianos e inválidos. Estuvimos alojados en un hotel requisado. Más tarde nos trasladaron a Tarragona, a una residencia infantil construida por la República, cerca del mar. A los pocos meses, la residencia fue convertida en hospital de sangre y tuvimos que marcharnos de nuevo.
Fuimos enviados a Lérida. Allí, la Generalitat permitió que familias acogieran temporalmente a niños evacuados. Una familia catalana me adoptó, pero el padre fue movilizado y la madre, con una hija recién nacida, regresó a su pueblo, Cervera. En una masía aislada, a varios kilómetros del pueblo, pasé casi tres años. No había escuela. A los diez años trabajaba todos los días, incluidos los domingos, para mantener la explotación agrícola. Así terminó mi infancia.
La posguerra: el hambre
Para mí, la posguerra fue peor que la guerra. Durante la guerra nunca pasé hambre. Después sí. Todo estaba racionado. El pan, base de la alimentación, se limitaba a unos sesenta gramos por persona y día.
No era una cuestión de alimentos, sino de dinero. En el estraperlo había de todo. Mi padre ganaba doce pesetas en los años 1939-1940. Un pan de estraperlo costaba cinco. Ese era el motivo real del hambre.
La escuela republicana a la que asistía, en el barrio de Atocha, había sido un centro ejemplar: cantina, calefacción, piscina. Tras la guerra fue requisada por el ejército y compartida con una academia militar. A nosotros, niños, se nos trataba como enemigos. Estábamos obligados a ir a misa formados. Nos enseñaban canciones que hablaban de muerte, un día cantamos una canción distinta, el director nos golpeó y expulsó de la escuela. Por eso empecé a trabajar a los trece años.
Pasé por un almacén de muebles y por un hotel hasta entrar como aprendiz en un taller de grabado. Allí aprendí un oficio artesanal: grabar a mano con cinceles y buriles. Fabricaba relieves, insignias y medallas militares. El maestro del taller había sido sindicalista y había pasado por la cárcel tras la guerra.
El compromiso, la resistencia y el exilio
Un día, cuando yo aún no tenía diecisiete años, el maestro me pidió que fabricara cuños de bronce. Eran matrices oficiales, imposibles de falsificar si no se hacían completamente a mano.
Esos cuños servían para sellar documentos y permisos de frontera. Yo los fabriqué. Se me pagaba por ello. Más tarde me explicó su verdadero uso: servir para la elaboración de documentación falsa destinada a personas perseguidas por el franquismo.
Aquellos cuños no solo se utilizaron para opositores políticos españoles. También sirvieron para ayudar a judíos que cruzaban clandestinamente de Francia a España y, desde allí, huían hacia Portugal, Inglaterra o Estados Unidos. En ese momento comprendí que la política no era una idea abstracta sino una responsabilidad concreta.
Durante el servicio militar fui destinado inicialmente a una compañía de ametralladoras. Tras unas pruebas de tiro, fui trasladado al Estado Mayor, la llamada ‘compañía de los notables’. Allí un alférez me advirtió de la existencia de un informe del Servicio de Información Militar sobre mí. Pensé inmediatamente en los cuños. Sentí miedo. Aproveché un permiso y regresé a Madrid para preparar mi salida definitiva de España.
Crucé la frontera a pie, de noche, por la provincia de Guipúzcoa, acompañado por contrabandistas. Me destrocé los brazos con el alambre de las fincas. Cuando amaneció, estaban cubiertos de heridas. Llegué a Bayona y pedí asilo político. Pasé controles médicos exhaustivos. Me autorizaron a trabajar solo en determinados sectores y me prohibieron residir en París. No hablaba francés. No tenía dinero. No conocía a nadie.
Mi primer trabajo en Francia fue en una mina de carbón, a seiscientos metros bajo tierra. Las condiciones eran duras, pero dignas. Las minas estaban nacionalizadas: había salario, comida y alojamiento. Después trabajé en la construcción en Nantes, en Alsacia y en Normandía.
Aprendí el oficio del yeso, el más duro que he conocido, incluso más que la mina. Durante quince años trabajé por metros, sin jefe, con rigor. El trabajo nunca me asustó. Me dio dignidad y me permitió reconstruir mi vida.
La militancia en Francia: sindicato y asociaciones
Fui militante sindical durante treinta y cinco años en Francia, incluso en estructuras donde estaba prohibida la presencia de extranjeros. Participé en comisiones de inmigración y defendí los derechos de los trabajadores emigrantes.
Fundé asociaciones de padres para crear clases de Lengua y Cultura Españolas para nuestros hijos. Se nos acusó de crear guetos. Años después, un profesor francés me reconoció que nuestros hijos habían sido los mejor integrados en la sociedad francesa.
Presidente de honor de la Asociación de Jubilados de Origen Español (AJOE)
En 1998 fundé la Asociación de Jubilados de Origen Español. Su objetivo era representar a los mayores ante las autoridades, fomentar actividades sociales, culturales y recreativas, y preparar la jubilación en todos sus aspectos.
La asociación dispone de un local cedido gratuitamente por el Ayuntamiento de París 10, con calefacción, agua y luz, algo excepcional en el mundo asociativo. Fui presidente durante muchos años. Hoy soy presidente de honor y sigo participando activamente.
Proyecto de monumento a los españoles muertos por la libertad en Francia
Desde hace años llevo un proyecto que considero una deuda moral. Lo he presentado en el Consejo de Residentes Españoles y también lo he puesto en conocimiento de la Embajada de España y del Ministerio de Memoria.
Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos españoles exiliados en Francia combatieron en diferentes lugares de este país. Lucharon contra el nazismo y por la libertad. Muchos murieron en combate. Otros fueron detenidos y asesinados en los campos de exterminio. Muy poca gente se acuerda hoy de ellos. No porque no lo merezcan, sino porque no están informados. Esa ausencia de memoria me parece profundamente injusta.
En casi todos los pueblos de Francia, incluso en los más pequeños, hay un monumento que recuerda a los franceses muertos en la guerra de 1914-1918 o en la Segunda Guerra Mundial. Nosotros, los españoles que dimos nuestra vida por la libertad en este país, no tenemos prácticamente nada que nos recuerde. Me parece una desconsideración histórica.
Mi proyecto consiste en crear un monumento que recuerde a esos españoles –y también a los franceses– que lucharon juntos y murieron, incluidos los que fueron deportados y asesinados en los campos de exterminio. No se trata solo de honrar a los muertos, sino de inscribir su historia en la memoria colectiva.
El lugar que considero ideal para este monumento es la Casa de España de la Región Parisina, en Saint-Denis, en el barrio conocido como la Pequeña España. Es un lugar cargado de sentido histórico y, al ser una propiedad española, no plantea problemas administrativos ni legales.
La idea sería realizar un zócalo y, sobre él, un grupo escultórico en bronce, acompañado de una leyenda en francés y en español que recuerde a nuestros compatriotas caídos por la libertad. Este proyecto no puede ni debe ser individual. Quisiera que fuera un esfuerzo colectivo, asumido con voluntad propia. Para mí, la memoria no es un discurso: es una responsabilidad.
Mirada sobre el presente
A mis noventa y nueve años miro la situación social y política con preocupación. Hoy, con la fragmentación política existente, a los gobiernos les queda poco margen de maniobra. Sigo la actualidad española por la televisión y me da pena, se limita a los conflictos entre gobierno y oposición. Se habla poco de un problema grave: el cambio climático.
Si me preguntas de qué me siento más orgulloso, no sabría responder con una sola frase. Quizá de haber intentado, con mi militancia, poner siempre por delante los intereses de los seres humanos: en la política, en el sindicalismo y en el movimiento asociativo. He cometido errores, como todo el mundo, pero siempre he intentado actuar con coherencia.
Si hoy pudiera hablar con el joven Antonio García Tejedor le diría una cosa muy clara: infórmate, fórmate. Muchas veces no somos conscientes de que, en nuestra voluntad de formarnos, estamos definiendo nuestro porvenir. El rigor en el trabajo también es una forma de dignidad.
Tengo noventa y nueve años. Sigo creyendo que la dignidad humana, la formación y la memoria son los pilares de una sociedad justa.