Opinión

La primera causa del divorcio es el matrimonio y la primera causa de la xenofobia es la presencia de extranjeros en un país. Europa es tierra de “promisión” en temas xenófobos. Su población multiétnica, multirracial y multicultural lleva siglos matándose aplicadamente.
Después de ciertas guerras venía el ‘auge’ de la reconstrucción, el boom económico en el que se necesitaba mano de obra poco cualificada para poner ladrillos y trabajar como burros. Ahí estaban en primera fila portugueses, españoles, griegos e italianos. Cien años después de la primera guerra mundial, cuando empezaron las migraciones masivas por causas económicas, sólo españoles, portugueses y griegos continúan emigrando masivamente.
Pero xenofobia también la había en el Nuevo Continente. Theodore Roosevelt escribió un alegato contra aquellos que se autodefinían como germano-americanos o italoamericanos o cualquier otra cosa. Aseguraba que en Estados Unidos sólo se podía ser americano, lo otro no tenía cabida.
Y tenía razón. Sólo la miseria aguanta ciertas diferencias en Estados Unidos, la de los mexicanos y centroamericanos, pero la verdad es que, si bien la xenofobia no tiene patria en el mundo, sólo los europeos decidieron matar concienzudamente para quitarse ese rasgo que afeaba el carácter.
Europa es un cementerio edificado sobre los cadáveres que nuestros abuelos, con disciplina y esmero, se encargaron de sembrar. Sus nietos deciden ahora bombardear Libia o Siria y repartirse las migajas humanas que deambulan entre vías de tren.

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