Opinión

Nada define mejor nuestro tiempo que el minifundio. Lo que en su momento fue señalado como precario, insuficiente, autárquico, pobre, sólo apto para una subsistencia mínima, un caso paradigmático por ejemplo fue el caso de la sociedad gallega, se convirtió en el buque insignia de las sociedades occidentales con respecto a los derechos ciudadanos.
Los derechos son dados y exigidos a la carta. Oscilan entre los de los animales que dan los humanos hasta los de la llamada reproducción asistida, vientres de alquiler, ser madre (ahora es también un derecho), ser universitario, tener calefacción, una casa digna o hacer turismo.
El minifundio de los derechos choca frontalmente con los derechos de clase, ya no hay clases se esfuerzan en decirnos los que mandan, o con los derechos de los pueblos… son ideas trasnochadas, superadas, nos repiten.
Mientras diversas naciones sin Estado luchan por un futuro soberano en Europa mediante la ficción jurídica del poder constituyente, de Renan, de Kelsen o de cualquier otro teórico, el poder establecido, ese que reparte derechos y divide al pueblo en veganos LGTBI, animalistas, altermundistas, becarios erasmus… etcétera, se esfuerza en negar ese derecho.
Mientras se niega el derecho a los catalanes a elegir su futuro, por poner un ejemplo cercano y reciente, a los venezolanos a ser gobernados por el gobierno que han elegido (hondureños, nicaragüenses, paraguayos o cubanos entrarían en la lista) se cultiva con esmero el minifundio de los derechos de las sociedades opulentas, en las que más que derechos, lo que crecen son bonsáis.

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