Opinión

El reciente “acuerdo” entre la Unión Europea (UE) y Turquía sobre la entrada de refugiados en Europa, mejor dicho, sobre el método de expulsión de éstos, demuestra una vez más la cicatería y la falta de moral de la Unión Europea respecto a la otra parte del mundo que no son ellos.
No se trata de abrir las fronteras para que entren todos. Entendemos que eso no se puede hacer porque ningún Estado, incluso siendo rico, tiene los medios adecuados para asentar a decenas de miles de personas. Pero sí sabemos que Europa podría hacer más de lo que está haciendo y que hay un trecho infinito entre abrir las puertas y expulsarlos colectivamente.
El problema de la expulsión colectiva es la deshumanización de la persona. Deja de ser él o ella para, junto a otros en su misma situación y sin atender a su situación personal, ser desposeída de su condición de persona.
Los alemanes ‘ordenaron’ a las personas por grupos durante el régimen nazi. De este modo, eran grupos (judíos, comunistas, testigos de Jehová, homosexuales, gitanos) y no seres individuales los condenados (por su pertenencia al grupo), pero no por su individualidad. Despojados de toda individualidad, morían sin nombre y con apenas una identidad: su pertenencia al grupo al que habían sido asignados por los alemanes.
Recordar esto es muy importante.

Más acciones:

Crónicas de la Emigración en la red

Boletín de noticias

Si quiere recibir información actualizada de Crónicas de la Emigración, envíenos su correo electrónico.
Suscribirse al boletín

Hemeroteca