Opinión

Europeos en Venezuela

Xurxo Martiz | 13 de marzo de 2017

Nunca ha sido fácil emigrar. El mundo siempre ha sido un lugar ancho y ajeno. No sólo era una cuestión de decisión, de decidir marchar y empezar, sino de encontrar un lugar en el que ser recibido. 
Cuando Venezuela abrió el veto migratorio, en 1957, que permitió la entrada masiva de italianos, portugueses, españoles, etc., había millones de venezolanos que vivían en la más absoluta miseria. Cuando se abrieron esas ‘puertas al futuro’ a cientos de miles de inmigrantes europeos en Venezuela, millones de venezolanos las tenían cerradas; su propio país no tenía lugar para ellos.
Son muchos los que creen que esa miseria estaba ‘instalada’ en el ADN de esos millones de venezolanos. La expresión ‘llevan el rancho en la cabeza’ es parte de ese convencimiento, absurdo, por cierto, de que la gente estaba en la miseria y era pobre porque así lo querían, así lo decidían. Pero detrás de esos millones de ‘ranchos en la cabeza’ había un Estado ineficiente, que no daba educación ni asistencia sanitaria, y que mantenía a esos millones de venezolanos en la misma situación material, en las mismas condiciones de vida que las de un venezolano de 1830 y ese, además, era el plan trazado para todas las generaciones futuras.
Existía esa comparación, odiosa como la frase hecha, según la cual el de fuera triunfaba y el que vivía aquí en Venezuela arrastraba su fracaso mientras colocaba una parabólica en el rancho. No es verdad que todos los inmigrantes europeos salieron exitosos de su aventura venezolana. Algunos tuvieron que volver y otros simplemente sobrevivieron. Ningún inmigrante europeo exitoso en los negocios logró sustituir a las grandes fortunas de venezolanos que, durante el siglo XX y aun hoy, tenían y tienen el control del dinero, de la industria y de la banca.
Bien es verdad que ese panorama a día de hoy ha cambiado algo, pero tanto el statu quo que pretendían las antiguas clases dominantes como el proceso revolucionario que pretende una justicia social pertenecen a venezolanos y la presencia de venezolanos nacidos en el extranjero es sólo anecdótica.
Tal vez la característica principal de la relación entre los inmigrantes europeos (y sus descendientes) y Venezuela sea la de uso y no la de identidad o pertenencia. ‘Estar’ pero no ‘ser’. Es como si estuviéramos de paso y ese ‘paso’ para algunos es eterno. 
Reflexionar sobre nuestra relación con este país que nos lo dio todo y reformular nuestro compromiso con Venezuela sería un buen ejercicio, sin olvidar que en 1957 el del rancho no era un compatriota… pero hoy sí.

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