Opinión

Cien años de Xosé Velo Mosquera

Xurxo Martiz | 02 de mayo de 2016

El pasado 21 de abril se cumplieron 100 años del nacimiento de Xosé Velo Mosquera en Celanova (Provincia de Ourense), villa de poetas y un país de poetas. Marcado por un destino incierto, él y su familia, sufrieron y sufren exilio y destierro.
Su viuda Jovita, dos de sus tres hijos, Lino y Manuela, fallecieron en Caracas, exiliados, extrañados del lugar en el que nacieron y hubiesen podido vivir de no ser por la dictadura fascista de Francisco Franco Bahamonde.
Ese primer exilio de Velo Mosquera en 1948 a Venezuela se perpetúa en todos sus descendientes. Incluso aquellos que decidieron volver al Estado español lo hacen como extranjeros, extrañados de estar pero no ser, porque la pertenencia a un país no la da un pasaporte, es otra cosa.
Por eso es bueno recordar que el exilio de Pepe Velo no fue una condena personal sino colectiva, como todas las condenas de exiliados. El desarraigo que produce esa marcha forzada se perpetúa en el tiempo dejando heridas imposibles de cerrar, muchas de ellas no se notan, ni se sienten, ni se ven… pero están ahí.
El exilio no acaba nunca, ni con el regreso. Aquellos que vuelven ya no son los mismos que se fueron, ni ellos ni sus familias.
Xosé Velo Mosquera falleció en Brasil como apátrida. Salió de Portugal con un pasaporte de cortesía expedido por una oficina comercial de Venezuela (en ese momento Venezuela no tenía relaciones diplomáticas con las dictaduras española y portuguesa). A Brasil llegó sin documentación y murió sin ella, pero siempre mantuvo su nacionalidad, su patria de nación, la que nunca le pudieron quitar, la que no tiene pasaporte: la gallega. 

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