Opinión

Juan L. Ortiz cantó en gallego

Rodolfo Alonso | 23 de octubre de 2017

Si hubo una personalidad absolutamente original en la poesía argentina del siglo XX, fue sin duda la de Juan L. Ortiz (1896-1978). Afincado en su natal provincia de Entre Ríos, a la que literalmente abrazan dos grandes corrientes fluviales, el Paraná y el Uruguay, en su larga vida no salió de allí, salvo para alguna fugaz estadía en Buenos Aires y una inolvidable visita a su amada China. Originalmente simbolista y libertario, sin perder mucho de ambas vertientes su vida y su poesía, que eran la misma cosa, fueron derivando luego, con mansedumbre y fortaleza, como las aguas pardas del gran río que siempre lo acunó, al mismo tiempo a un panteísmo casi budista y a una visión de la experiencia comunista que se convertía más bien en una comunión universal, donde los hombres no sólo se reconciliaban entre sí sino también con la naturaleza, los animales, las plantas, los árboles y el cosmos.

Pero todo eso supo hacerlo con una escritura profundamente original, no sólo por la minúscula tipografía en que decidió dactilografiarla y publicarla (siempre en sus propias impresiones artesanales, que nada tuvieron que ver con el comercio ni la industria editorial), sino también por su tratamiento del lenguaje y del silencio, por los tics y las alusiones, por el discurrir cada vez más fluyente y más vasto de un gran poema creciente, que no sólo lo aludiera sino que llegara a ser el río. Su río, el caudaloso Paraná. En ese transcurso, que en su espontáneo apartamiento provinciano dejó también olímpicamente de lado los premios, las comidillas, las astucias y cualquier ingrediente para otros habitual de la mal llamada “vida literaria”, a mediados de los años cincuenta tuvo la suerte de ser descubierto y comenzar a ser reconocido por algunos jóvenes poetas y escritores, que empezaron a crearle el atisbo de un renombre que luego iría creciendo poco a poco. Yo fui uno de ellos y, puedo asegurarlo, nunca olvidaré el profundo impacto que entonces me causó ver que una idea a la vez exigente y límpida de la poesía, con la cual soñaba nuestra adolescencia, había podido llegar a ser ejercida en una existencia concreta.

Pero no fue la única sorpresa que iba a darme Juan L. Ortiz. Cuando la Universidad Nacional del Litoral decidió reunir en un monumental volumen de más de 1100 páginas su ‘Obra Completa’ (Santa Fe, 1996), descubrí en un momento con asombro que en uno de sus poemas, tan originales, aparecía reiteradamente vivo y fluido, enhebrado con su castellano más que personal, el luminoso idioma de Galicia, de la cual nunca le oí hablar y con la cual nunca supe que hubiera tenido alguna relación, que ahora se me hace evidente. Se trata del que tituló ‘Pasó a través de la noche...’ y, en su bello texto, obviamente como consecuencia del contacto con una “mujer o niña”, resplandece de nuevo aquella misma lengua gallega en la cual cantaron hace siglos los indelebles trovadores galaico-portugueses.

Se interroga allí Ortiz, a poco de empezar: “Y de dónde esos ojos? / Venían, ciertamente, de las ‘veigas’ que los vieron / mojar sombras de ‘paxariños’, / allá, / y abrirles otras ‘follas’ al rocío, / allá / entre pestañas de ‘herbiñas’?”. Y el poema continúa luego desarrollándose con intensa levedad, con delicada hondura. Y a nosotros que tanto lo admiramos, y especialmente a mí, que soy hijo de gallegos y de infancia bilingüe, me quedará para siempre como dolorosa demanda sin respuesta el no haber sabido preguntarle a tiempo cómo se había gestado este milagro, de poesía y de vida, que tan naturalmente se incluye en el fluir de su palabra entrañable y que permanece sin duda como obra de arte absolutamente lograda pero también, ¿por qué no?, e incluso más allá de nosotros, como un implícito y bien cuajado homenaje a ese inmemorial instrumento de poesía que fue siempre la lengua de Galicia, la misma que su pueblo supo mantener viva y en ejercicio, a lo largo de siglos, contra toda opresión y toda injuria, para que comenzara a renacer otra vez a partir de Rosalía de Castro.

Me resulta profundamente conmovedor, no sólo el tono, la densidad, el timbre con que esos diminutivos y esas eñes tan constitutivas, orgánicas de la lengua gallega se incorporan, natural, íntimamente, con el peculiar castellano del gran poeta sino, también, la no menos sutil (y para mí previamente inimaginable) calidad con que además conviven allí esas aguas, ese verdín, esas algas, ese “mojar sombras” que tan nítida y tan honradamente se integran con los mitos y símbolos que tan bien representan, como bella metáfora, la belleza húmeda y verde de la tierra gallega, mojada por el mar y las cien lluvias.

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