Opinión

Eugenio Montale, una lección de moral

Rodolfo Alonso | 17 de octubre de 2016

El 12 de octubre se cumplen ciento veinte años del nacimiento de un gran poeta europeo: Eugenio Montale (1896-1981). Aunque resulte hoy difícil concebirlo, a comienzos del siglo XX el lirismo italiano vivió un periodo fundacional. De tal calibre que fue conocido como “la grande stagione poetica”, donde sólo parecían erguirse las dos cumbres aisladas del (mal llamado) “hermetismo”: nada menos que Giuseppe Ungaretti (1888-1970) y el único que merece aproximársele: Eugenio Montale.

El nivel de exigencia que esta poesía se hizo a sí misma, en lo estético y ético indisolublemente unidos, se intentó devaluar aludiéndola como impenetrable o sellada. Pero esa experiencia lírica fue casi de inmediato valorada y comprendida, tuvo amplísimo eco, se incorporó a la cultura viva no sólo de su país sino también de Europa o más allá.

En esa línea intensa y evidente, densa y enriquecedora, está Eugenio Montale, una voz absolutamente original: “Felicidad lograda, se camina / por ti en filo de espada. / Al ojo eres vislumbre que vacila, / para el pie, tenso hielo que se raja; / y no te toque entonces quien más te ama.” Hombre de pocas y fecundas palabras, que sin apuro se despliegan en sus tres primeros y hondos libros (‘Huesos de jibia’, ‘Las ocasiones’, ‘La tormenta y demás’), el Premio Nobel de Literatura en 1975 vino a coronar, al menos esta vez, una obra y una vida absolutamente despojadas de vanagloria y exhibicionismo.

Cuidadosamente atento a su materia y a su canto, en una demostración de infinito pudor y de casi inefable artesanía, el lirismo de Montale dejó anidado en la cultura occidental, con esos tres primeros libros indelebles, un fermento no por silencioso menos eficaz, una auténtica lección de moral. Que no se aquieta y que no cesa.

El adjetivo “hermético” no deja de arrastrar diferentes y hasta contrapuestas perspectivas. Una de las cuales podría ser (aunque superficialmente, claro) el supuesto desinterés cuando no la indiferencia por su sociedad y sus semejantes. Pero ese matiz injusto mal podría caber a Montale. No sólo estampó su firma en aquel legendario manifiesto antifascista de 1925, encabezado por Benedetto Croce. Sino que, habiendo sido designado en 1929 director de una célebre y respetada institución científico-literaria, el  Gabinetto Vieusseux, diez años después el régimen fascista lo dejó cesante al no aceptar ser afiliado.

Contemporáneo ilustre de Ungaretti, aunque algo más joven Montale no vaciló en afirmar: “Él solo, en su tiempo, logró aprovechar la libertad que ya estaba en el aire, los otros no supieron qué hacer con ella, y cambiaron de oficio o gimieron incomprendidos...”. No es casual, entonces, que Eugenio Montale haya sido de los primeros en advertir las otras dos altas cumbres, decididamente individuales, de aquel gran momento lírico: “la naturaleza más personal y más oscura del mensaje bárbaro de Dino Campana” (1885-1932), un auténtico “poeta maldito”, y la escondida intensidad melancólica y cotidiana de Umberto Saba (1883-1957).

El mismo Saba, de madre judía, que sólo abandonó su Trieste natal durante aquel período, siniestro, en que se vio obligado a  refugiarse en Florencia, donde cambió hasta once veces de domicilio, escapando de las inicuas leyes antisemitas del fascismo (y donde la figura de Ungaretti se ilumina por haberlo ocultado en su casa), siempre bajo el temor de ser deportado a la Alemania nazi. A pesar del peligro, Montale lo visitaba casi a diario. Y no sólo eso: lo albergó en su hogar de Roma, así como a otro gran escritor perseguido por el racismo, Carlo Levi.

Como lo hacían por entonces otras dos figuras significativas:  el piamontés Cesare Pavese (1908-1950) y el siciliano Elio Vittorini (1908-1966), en implícita oposición al régimen, que prohibió la antología ‘Americana’ del segundo, Montale traduce entonces no sólo a Cervantes o Marlowe, sino también a grandes escritores norteamericanos como Herman Melville, Mark Twain, William Faulkner.

En las Notas con que cierra su tercer libro, ‘La tormenta y demás’, Montale dice textualmente sobre uno de sus poemas para mí más tocantes pero cuya potencia, no obstante, suele ser desapercibida: “La primavera hitleriana. Hitler y Mussolini en Florencia. Velada de gala en el teatro Comunal. Sobre el Arno, una nevada de mariposas blancas”. En cuyo largo texto, acaso nada herméticamente, dice: “Hace poco surcó la avenida volando un enviado infernal / entre un ulular de sicarios, un golfo místico encendido / y empavesado de cruces gamadas lo unció y  lo tragó, / se cerraron vidrieras, pobres / e inofensivas aunque también armadas / de cañones y juguetes de guerra…”.

Fue durante la segunda de las tres visitas que Hitler hizo a Mussolini, del 3 al 10 de mayo de 1938. Quizás recién ahora alcanzo a comprender cabalmente por qué, hace muchos años, en una revista belga, desde el título de un sutil ensayo ya entonces lo aludían así: “Una moral de la poesía italiana, Eugenio Montale”.

 

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