Opinión

El otro Roberto Arlt

Rodolfo Alonso | 08 de enero de 2018

Corría el año 1935. Aunque todavía no gozara de la justa fama que, a partir de la primera década después de su muerte, lo iba a convertir en uno de los más significativos escritores argentinos contemporáneos, Roberto Arlt (nacido, con el siglo, en abril de 1900, y que iba a fallecer un 26 de julio de 1942), ya había probado el éxito. Las agudas y desenfadadas columnas de sus Aguafuertes porteñas, que se publicaban cada mañana en el diario ‘El Mundo’ desde unos cinco años antes, y que ya sumaban varios cientos, eran prácticamente devoradas por el público. Por otro lado, en 1930, su segunda novela: Los siete locos, un auténtico clásico de nuestra narrativa contemporánea, obtenía el Tercer Premio Municipal de Literatura. No era mucho pero, para un escritor que no se ocupaba en absoluto de sus relaciones públicas, sino más bien todo lo contrario, implicaba sin duda una forma de reconocimiento.
La repercusión de sus crónicas de cada día en ‘El Mundo’ era tan relevante que, en 1933, se las recopila y se las edita en forma de libro por primera vez. Llevan el mismo título que su columna periodística: Aguafuertes porteñas, que se volvería prácticamente legendario. Como en esa técnica de las artes plásticas a que alude su denominación, el ácido despiadado pero en el fondo siempre compasivo y tierno de su visión, naturalmente desprejuiciada y sanamente crítica, los convertía en auténticos trozos de vida, retratos de costumbres en la gran tradición de Fray Mocho y de Roberto Payró, por supuesto nada complacientes. Y que, si en aquel momento tenían la vigorosa fuerza de lo inmediato, hoy se convierten tanto en testimonio vivo de un pasado como en otra demostración de la indudable pujanza de su pluma.

Hijo de inmigrantes muy humildes, Roberto Godofredo Christophersen Arlt (que tal era su nombre completo) podía hablar de los aspectos no sólo tristes sino inclusive siniestros de la vida cotidiana de su época, porque los había conocido de cerca. Por dentro, y desde abajo. Ser hijo de inmigrantes en la pujante y orgullosa urbe en desarrollo que era entonces Buenos Aires, no sin que entre sus destellos se comenzara a filtrar también un leve pero cada vez más penetrante aroma a decadencia (1935 es el año en que Discépolo estrena ‘Cambalache’, su tango más que visionario), no sólo era arduo sino también difícil. Pero mucho más difícil y arduo cuando se trataba de inmigrantes pobres, pertenecientes a una comunidad no demasiado numerosa y que, además chocaba con las dificultades de un idioma poco usual. Su padre, Carlos Arlt, un hombre al parecer autoritario y duro, era alemán de Posnen. Su madre, Carolina Iobstraibitzer, sensible y fantasiosa, quizá un tanto enfermiza, era de la Trieste entonces austriaca.

La dirección del diario ‘El Mundo’ decide, a fines de 1934, enviar a Arlt de viaje a España y África del Norte. De allí surgieron sus coloridas Aguafuertes españolas, que se iban a publicar en libro durante 1936. Pero sólo mucho después, y para mi sorpresa, pude enterarme que –durante ese mismo viaje– Roberto Arlt había visitado Galicia y enviado desde allí una nueva serie de crónicas, que se publicaron en el diario bajo el nombre de Aguafuertes gallegas. Cuidadosamente recortadas y pegadas, sin duda por el encendido fervor de algún paisano, esas páginas de hace más de medio siglo me llegaron así, fraternalmente salvadas del olvido. Y bien que se lo merecían. Y se cumplieron ya 20 años de su primera coedición simultánea, como debía ser, a la vez en Galicia y Argentina (1).

Porque esas Aguafuertes gallegas no son solamente un nuevo ángulo de enfoque para enriquecer nuestra visión, cada vez felizmente más compleja y fecunda, de uno de los más originales escritores argentinos. También nos sirven, además, como auténtico lazo de unión entre ambas orillas, entre ambos mundos, no sólo para conocer mejor a esa realidad porteña y argentina donde lo gallego se halla tan profundamente entreverado, como una sutilísima levadura, sino también para recordar cómo era aquella Galicia de hace ochenta años, que quizá no sabía que estaba a punto de anegarse (como toda España) en la tragedia heroica de la guerra civil.

Y hay un ingrediente más, todavía, que –a mi modesto entender– hace especialísimas a esas Aguafuertes gallegas. Y no es otro que el hecho de que, siendo el mismísimo Roberto Arlt, como ya dije, también un hijo de inmigrantes, estaba en inmejorables condiciones de comprender, fraternizar y evaluar (“Nosotros no valoramos al gallego por una subconsciente razón de envidia. En las tierras donde nosotros continuamos siendo pobres, él se enriquece. Si nosotros, los argentinos, tuviéramos que emigrar a Galicia a ganarnos la vida, moriríamos de hambre. Y erróneamente definimos como estolidez lo que es temperamento de hombre de acción”) a ese otro pueblo al que sólo las más difíciles circunstancias económicas y sociales (como él mismo bien lo señala) había obligado a la emigración. Y que, sin embargo, sabía amar tan profundamente a su patria de adopción como a la propia.      

Textos de dos amores, también, entonces, el de la patria lejana y el del mundo recién descubierto, las Aguafuertes gallegas de Roberto Arlt se vuelven (además de sus otros, muchos, innegables valores) como un espejo antípoda donde reflejar la doble relación de los inmigrantes con nuestro suelo y de los hijos de inmigrantes con la tierra de sus mayores.

 

  1. Aguafuertes gallegas, de Roberto Arlt, edición, prólogo y notas de Rodolfo Alonso, tuvo en 1997 dos primeras ediciones simultáneas: una en Galicia, de Ediciós do Castro, y otra en Buenos Aires, de Editorial Ameghino.

 

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