Opinión

Vallados

Roberto Mansilla Blanco | 16 de noviembre de 2015

Una mirada global de lo que sucede actualmente en Europa verifica el final del proyecto europeísta, o al menos su eventual (y cuando menos necesaria) reconfiguración en un nuevo modelo, si es que existe el mismo.
La crisis económica de 2008 y la crisis de refugiados de 2015 han acelerado esta perspectiva de declinación del modelo europeísta. En la primera, simbolizada por el interminable drama griego expandido a otros países ‘rescatados’, dejó en evidencia la existencia de varias Europas, escasamente solidarias, incapaces de procrear un modelo común, cuando menos punitiva y acusadora. 
Pero ha sido la crisis de refugiados de 2015 la que asestó la perspectiva de la falta de solidaridad y la indolencia del establishment europeo. La persistencia de vallados y cierre de fronteras, principalmente en las regiones balcánicas y orientales, incrementa las expectativas del auge de movimientos xenófobos y antiinmigración, como se está observando actualmente en Alemania, Hungría, Francia o Austria, entre otros. Y una enorme porción social que prefiere mirar hacia otro lado, indiferente ante un drama humanitario donde las medidas políticas han sido más bien represivas, aderezadas con un vergonzoso reparto de refugiados. 
En el medio de estas crisis hemos visto aflorar otras demandas, tan necesarias como legítimas, que exigen fomentar otro modelo europeo. Las naciones sin Estado y regiones que reclaman mayor autonomía del igualmente periclitado modelo centralista se han intensificado desde Escocia hasta Cataluña. Es la otra Europa que reclama su voz y participación, y donde el establishment europeo ha querido callar, ahogar o simplemente degradar.
Así, lo que quería ser la Europa sin fronteras se ha reconfigurado en 2015 en la Europa de las fronteras y los vallados, toda vez ningún líder europeo está a la altura de pulsar la voz de la calle. Adiós, por tanto, al sueño trazado en la posguerra por Jean Monnet, Robert Schumann, Charles De Gaulle o Konrad Adenauer, los baluartes de la actualmente mal llamada Unión Europea. Triste final para el experimento.

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