Opinión

Es un hecho que la geopolítica recobra su peso. Por tomar un ejemplo actual, la crisis ucraniana cuestiona esta pretensión que, desde el final de la ‘guerra fría’, intentó hegemonizar la globalización imperante por desestimar los factores geográficos y la incidencia de los intereses de poder de las grandes potencias.
Los acontecimientos que vive Ucrania desde finales de 2013 confirman el peso de la geopolítica en la arena internacional. Sin menoscabar obviamente otros escenarios (Siria, Asia Oriental, espacio euroasiático), donde la incidencia de los factores geopolíticos entre las grandes potencias (Rusia, EEUU, China, etc) por conservar esferas de influencia parece constatar que los ‘geopolitólogos’ tienen trabajo para rato.
Con la audaz anexión rusa de Crimea y las actuales tensiones en el Este ucraniano, parece haberse recuperado conceptos geopolíticos tan vilipendiados y cuestionados como el de “espacio vital”. Concebido por uno de los padres de la geopolítica (Friedrich Ratzel), la Alemania nazi abusó de este concepto (lebensraum) para anexionarse territorios en Europa antes y durante la II Guerra Mundial.
Obviamente, sería una absoluta exageración establecer una comparación histórica entre lo que sucede actualmente entre Ucrania y Rusia con el “espacio vital” nazi. No obstante, es imposible retrotraer la memoria sobre estos hechos cuando el propio presidente ruso Vladimir Putin declaró en 2012 que “Ucrania es un país artificial” y, tras la anexión de Crimea y las tensiones entre Kiev y las comunidades prorrusas en el Este ucraniano, el Kremlin justificó su presión bajo el argumento de “defender a sus connacionales rusos” en Ucrania y el espacio euroasiático.
Lo que sucede en Ucrania y en Eurasia es una confirmación de las contradicciones y los problemas heredados de la disolución de la URSS, la cual fue calificada por el propio Putin como el “mayor desastre geopolítico del siglo XX”. Más que intentar recuperar el perdido ‘imperio soviético’, parece más bien el nacionalismo ruso el que motoriza sus demandas para recuperar espacios de influencia en su periferia euroasiática.
Periferia en la cual Occidente también venido jugando sus cartas geopolíticas (Georgia, Azerbaiyán, Ucrania, Kirguizistán) precisamente para debilitar a Rusia y aleccionar a China, la potencia emergente, dentro de su espacio contiguo. La geopolítica y sus vertientes (militares, políticas, energéticas, geográficas, etc) está definitivamente de vuelta o, quizás, nunca se ha ido.

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