Opinión

Trump, Año I

Roberto Mansilla Blanco | 12 de marzo de 2018

El pasado 20 de enero se cumplió el primer año de Donald John Trump en la Casa Blanca. El aniversario coincide con el inédito cierre parcial del gobierno federal estadounidense, tras el fracaso en el Congreso para aprobar los nuevos presupuestos. Un síntoma que quizás resume simbólicamente lo que ha sido el ‘huracán Trump’.

El polémico mandatario estadounidense no ha pasado inadvertido en su estreno presidencial. Pero hay aspectos que aún resultan difíciles a la hora de definir e identificar cuál es realmente su estilo de gobierno. O si más bien la improvisación y la confusión sean dos de sus herramientas más preciadas en su surrealista arte de gobernar.

Los calificativos y epítetos hacia Trump han sido prolíficos. Por supuesto, prácticamente todos han sido negativos, cónsono con sus grotescas declaraciones y su particular modus vivendi. Pero hay algo quizás clarificador: ha cumplido sus promesas electorales en materia de política exterior, pero pocas en política interior. 

Trump ha destruido cualquier atisbo del legado de Obama, desempolvando una versión más radical de la ideología ‘neo-con’ y ultraliberal. Pero no se ha erigido en el bastión de las clases populares, del ‘pueblo’, tal y como prometió en su discurso inaugural como presidente. Su gobierno, más bien, ha sido y es para las elites.

Sin experiencia política previa, se ha rodeado del ‘hard core’ del Pentágono y del lobby energético vía Rex Tillerson, su secretario de Estado. También parece inaugurar una nueva dinastía en la Casa Blanca, con la belleza fría y opaca de su controvertida (y forzada) Primera Dama Melania, contrastada con la activa presencia de su hija Ivanka y su yerno Jared Kushner. Este último, enlace clave con el poderoso lobby judío en EE UU.

Así que es difícil considerar si existe ‘trumpismo’ en EE UU. Aún no es seguro si podemos identificar alguna corriente política legitimada desde alguna perspectiva sociológica. Si tras él están los blancos de clase media rural, con estudios primarios y medios, pero empobrecidos por la crisis. Su bastión de apoyo electoral que aún no sabemos si se sienten representados por él o si están trazando esta vía política. O si más bien Trump es una consecuencia también simbólica sobre las sospechas que durante algunos años se vienen trazando en la alta política de Washington: la de un país en quiebra institucional y con dificultades de consenso por parte del gobierno federal.

El 2018 nos anuncia Trump para rato. Sobrarán los temas: inmigración, xenofobia ‘edulcorada’, Corea del Norte, privatización a marcha acelerada, Irán, Israel, la interminable sospecha de la trama rusa, Arabia Saudita, las declaraciones de tinte racista, la misoginia y el machismo grotesco, los escarceos con el impeachment presidencial. Un Trump químicamente puro. 

Pero también tenemos un 2018 con cita electoral. Las elecciones del ‘mid term’ de noviembre próximo para renovar el Congreso y un tercio del Senado serán el verdadero test político para el ‘trumpismo’. Allí se trazarán las cartas de definición con horizonte 2020 para la Casa Blanca.

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