Opinión

La tentación populista

Roberto Mansilla Blanco | 27 de junio de 2016

Cuando esta columna salga a publicación, ya sabremos los resultados del referendo británico sobre su permanencia en la Unión Europea (23 de junio) y la inédita repetición de los comicios generales españoles (26 de junio). Pero desde ya se pueden aventurar algunas reflexiones, y ambas se enfocarán en el retorno (¿inesperado?) de la tentación populista en la Europa de la crisis.
De populistas y nacionalistas se ha etiquetado a aquellos que impulsan el Brexit, el acrónimo que identifica a la salida británica de la UE, especialmente su más entusiasta simpatizante, Nigel Farage, líder del nacionalista británico UKIP. Del mismo modo que de populistas de izquierdas, o incluso como presunto eje del ‘chavismo’ en Europa dependiendo del punto de vista que se quiera enfocar, se le ha endilgado a Pablo Iglesias, líder de la plataforma Unidos Podemos, a quien las encuestas preelectorales le darían eventualmente la segunda posición en las generales españolas, incluso por encima del PSOE.
Si bien anclados en las antípodas políticas e ideológicas, hay algo que une a los Brexit de UKIP y a los simpatizantes de Unidos Podemos: su frustración y abierto rechazo al establishment existente, particularmente de las elites de poder, sean europeas, británicas o españolas, así como de la necesidad de inaugurar un “cambio”, una nueva era, o un ciudadano nuevo, que entrañe un nuevo sistema, un nuevo acuerdo político. 
Por naturaleza, los movimientos de corte populista tienden a polarizar, a sustentarse en una relación directa líder-masa que implique la movilización social, manifestada ésta en una constante confrontación sociopolítica plasmada en la visión maniquea entre “ellos” y “nosotros”, “amigo” y “enemigo”, “patriotas” y “antipatriotas”. Una tipificación que en la filosofía política se asocia al teórico alemán Carl Schmitt, y cuya impronta ejerció una notable influencia (así como fue hábilmente manipulada) por los diferentes movimientos fascistas europeos de la década de 1930. Por lo tanto, la polarización propia que encarna la naturaleza populista no está exenta de peligros de radicalización y de violencia política, como ocurrió con el asesinato de la diputada laborista británica la semana pasada y de los insultos de su presunto asesino ante las autoridades judiciales, calificándola de “traidora antipatriota”.
En el caso español, resulta incluso curiosa la utilización de discursos cargados de conceptos como “patria” y “patriota” en los mítines de Pablo Iglesias tomando en cuenta que, en el contexto de la izquierda española, el concepto de “patria” suele asociarse más bien a la derecha, con particulares referencias al pasado franquista y dictatorial.
Los populismos europeos suelen igualmente asociarse a procesos de desarticulación de las clases medias, que se sienten huérfanas de representación política dentro del establishment existente. Independientemente de sus colores ideológicos, muchos de ellos radicalmente contrapuestos, en el fondo el retorno de la tentación populista en Europa ya parece un hecho, y el referendo británico y la repetición de las generales españolas parecen evidenciarlo. Puede así intuirse el sepulcro del europeísmo socialdemócrata y demócrata cristiano de posguerra. 

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