Opinión

Una película de George Clooney ganadora de un Oscar, Syriana, mostraba los entresijos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y los servicios de inteligencia detrás de una guerra inminente en un país árabe. Como se sabe, Siria en inglés se escribe Syria.

No parece, por tanto, mera casualidad que Clooney hipotéticamente recreara la coyuntura que actualmente rodea a Siria, a las puertas de una acción militar conjunta liderada por EEUU y Gran Bretaña, aparentemente con o sin el aval de la ONU. Como ocurrió en Kosovo en 1999 e Irak en 2003. Como enmascararon en Libia en 2011, tras iniciar una intervención militar cuando el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó únicamente fue una apertura del espacio aéreo para abastecer logísticamente a los rebeldes contra el régimen de Muamar Gadafi.

Siria no es la excepción. El país no tiene grandes reservas de petróleo (aunque sí hidráulicas) pero sí una importante localización estratégica en el corazón de Oriente Próximo, lo cual le hace apetecible geopolíticamente. En todo caso, el Oriente Próximo contemporáneo parece evidenciar una sutil estrategia diseñada por EEUU e Israel para debilitar una especie de ‘triángulo árabe’: Irak en 2003; Egipto desde 2011 ahora bajo la represión militar; y Siria a través de otra hipotética intervención militar. Tres países tradicionalmente potenciales dentro del mundo árabe, desde el punto de vista militar, económico y geopolítico.

A sabiendas de que Rusia y China se oponen a una acción militar en Siria (los intereses rusos en el país árabe son estratégicos y sumamente importantes, especialmente en el apartado militar), Washington ya diseña su estrategia al margen de la ONU. El problema, aparentemente, puede estar concentrado en qué sucederá con el régimen de Bashar al Asad y con los rebeldes, una formación tan heterogénea como dividida en su naturaleza e intereses.

En primer lugar, está la justificación del ataque. Aprovechando que un equipo de inspección de la ONU se encontraba en Siria para verificar la supuesta utilización de armamento químico contra los civiles, los rebeldes acusaron al régimen de al Asad de una masacre con gas sarín contra civiles. Como sucediera anteriormente, los cruces de acusaciones entre leales al régimen sirio y los rebeldes sobre la presunta utilización de estos armamentos es el punto de salida que puede justificar la intervención exterior.

No obstante, Washington teme sobre la eventual desintegración del régimen de al Asad. Tras más de dos años de guerra, la ofensiva rebelde lleva meses estancada, lo cual evidencia la recuperación de posiciones por parte del régimen sirio. En perspectiva militar, el país está dividido en zonas y bolsones de control de cada contendiente.

Pero el problema principal para Washington es saber que la voz dominante de los rebeldes sirios son las células islamistas radicales, principalmente vinculadas a Al Qaeda. La hasta ahora prudencia del gobierno de Obama por adoptar una solución militar al conflicto sirio muy probablemente se debía a esa certeza del poder de las células yihadistas (a las cuales Washington obviamente no desea alentar), reproduciendo levemente un escenario similar al Afganistán de la década de 1980 con la invasión soviética y con el apoyo de la CIA a las células que luego darían curso al régimen Talibán y Al Qaeda. O el caos iraquí tras la invasión militar de 2003 y la caída del régimen de Saddam Hussein, donde las células yihadistas han proliferado con especial incidencia. De hecho, Al Qaeda en Irak ya incluye a Siria en su órbita de operaciones.

En todo caso, la hipotética intervención en Siria, sea con bombardeos selectivos desde posiciones en el Mediterráneo, parece definir una nueva geopolítica regional, donde EEUU intervendrá para garantizar la seguridad de Israel, alentando a otros aliados, especialmente Arabia Saudita y Qatar, con intereses dentro de Siria. La esencia de esta estrategia, además de debilitar a los ejes de poder del mundo árabe, tiene otro foco en la mira: Irán, especialmente por su programa nuclear. Y aquí también entra Hollywood, con esa película de Ben Afleck sobre el secuestro de estadounidenses en Irán en 1981, también ganadora del Oscar.

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