Opinión

Réquiem por la Unión Europea

Roberto Mansilla Blanco | 02 de noviembre de 2015

Es común hoy en día escuchar de boca de los principales líderes europeos un discurso que ya prácticamente pareciera certificar la ruptura de la Unión Europea, incluso su eventual implosión. Es el énfasis en la defensa de la integridad territorial estatal y, en algunos casos, del retorno del concepto de frontera, del muro fronterizo, de la separación, discurso legitimado por la presunta existencia de amenazas internas y externas y cuya preeminencia en la agenda política europea está alterando sustancialmente las bases de integración que originalmente Europa pretendía construir.
La semana pasada, la canciller alemana Ángela Merkel visitó Turquía para recobrar la posibilidad, paralizada durante los últimos años, de una admisión turca a la Unión Europea. A cambio, además de 3.000 millones de euros de ayuda financiera, lo que realmente busca Bruselas (o más bien Berlín, el verdadero epicentro del poder europeo) es que Ankara se convierta en una especie de policía fronterizo para contener la peor crisis de refugiados desde el final de la II Guerra Mundial. Que actúe de gendarme necesario, una perspectiva más propia de la OTAN (de la cual Turquía es miembro) que de la propia Unión Europea (de la que Turquía no es miembro, al menos por ahora).
No se debe olvidar que Turquía recibió a más de dos millones de refugiados desde el comienzo de la guerra en Siria en 2011, prácticamente en silencio y sin mucho protestar. Ya en 2012 advirtió de la magnitud de esta crisis ante una Unión Europea que prefiere mirar para otro lado y no afrontar su responsabilidad. Sin menoscabar que la situación de los refugiados sirios en Turquía también ha sido dramática, el problema humanitario que ha tenido que soportar Turquía ha sido muy diferente a los 120.000 refugiados vergonzosamente tratados y repartidos por una ‘civilizada’ Unión Europea que, en 2012, llegó a ser galardonada con el Premio Nobel de la Paz.
Tras su paso por Ankara, Merkel recaló en Madrid para, durante un congreso del Partido Popular Europeo, explicar la necesidad de “defender las fronteras”. Frontera y territorio, dos conceptos históricamente inevitables pero que, durante siglos, sirvieron para definir las divisiones europeas y sus consecuentes conflagraciones bélicas, dos guerras mundiales mediante. Dos conceptos que, en su esencia, van en contra del pretendido ideal europeísta de la integración y la eliminación de las fronteras, ya no sólo territoriales sino culturales y mentales.
Pero no es Merkel el único caso paradigmático de recuperación del concepto de frontera como herramienta política, aunque intente desviar la atención aludiendo al éxito de una reunificación alemana que cumple ahora un cuarto de siglo. Viktor Orban, primer ministro húngaro, parece convertirse en el adalid de este retorno de defensa de la frontera y la división como bálsamo geopolítico en el mismísimo seno de la Unión Europea. Cerrando fronteras a los refugiados, Orban pretende erigirse como el centinela de una europeidad banalizada por la presunta amenaza de la “otredad”, identificada ahora en una supuesta ‘islamización’ de la cultura europea. 
Este mensaje ha calado en gobiernos vecinos (Eslovaquia, República Checa, Rumanía), regionales (Baviera) y otros movimientos xenófobos y de extrema derecha (PEGIDA en Alemania, Frente Nacional en Francia). Y puede que, colateralmente, en una Merkel que ha visto caer su popularidad en su propio país. En este contexto, otros pretenden imponer la falsificación del discurso revisionista como política de Estado con marcadas intenciones geopolíticas. En estos días, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu cuestionó ante un Congreso Sionista que Hitler ideara el Holocausto, acusando al Muftí islámico de Jerusalén de ser su “verdadero” ideólogo. 
Sin liderazgo creíble ni capacidad moral, Europa se sumerge en el bálsamo del discurso populista. Y allí la exacerbación de la patria, del pueblo, de la nación, de la comunidad, de la frontera y del supuesto peligro exterior emergen entre una ciudadanía polarizada y desencantada. Precisamente comienzan a cobrar forma política esas ideas y conceptos que, como demonios del pasado, el ahora desmoralizado proyecto europeísta ha intentado exorcizar. 
Con ello, el contexto actual parece intuir la implosión casi definitiva del proyecto europeo, fagocitado por una crisis de credibilidad que impide liderar iniciativas, toda vez se impone la preponderancia del eje atlantista, legitimado por la cuestionada ratificación del Acuerdo Transatlántico de Inversiones y Comercio (TTIP) y la revitalización del rol de una OTAN que recupera su sentido ante el regreso de “enemigos históricos” (Rusia) y la necesidad de conservar los imperativos estratégicos. Razones que permiten intuir la sensación de des-Unión Europea, observando su incapacidad para ser lo que pretendía ser.

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