Opinión

La Conferencia de Seguridad celebrada la semana pasada en Munich (Alemania) certificó la escasa atención e interés de las potencias mundiales por solucionar un conflicto sirio cada vez más fuera de control, y cuyo drama humanitario reflejado en la crisis de refugiados parece ofrecer una oportunidad para reacomodar sinuosos y hasta vergonzosos intereses geopolíticos.
En el clima de fricción que viven EE UU y Rusia desde la crisis ucraniana, el conflicto de Siria parece abrir ciertas posibilidades de entendimiento, medido en cálculos de esferas de influencia, suerte de torneo medieval donde los pactos mínimos y tácticos abren la veda de futuros conflictos. Para Vladimir Putin, la parálisis de la crisis ucraniana y la eventualidad de que EE UU apoye bombardeos contra el Estado Islámico en Siria e Irak, bien a través de la OTAN como de otros aliados (Arabia Saudita) supone un triunfo geopolítico alcanzado tras la pantomima de conferencia de Munich.
Para Barack Hussein Obama, incapaz de encontrar una salida diplomática en Siria, el equilibrio de fuerzas en este conflicto es una estrategia calculada para quedar bien con todos los actores involucrados (Rusia, Arabia Saudita, Irán y Turquía), sobretodo en un contexto electoral estadounidense sumamente polarizado y arriesgado para intentar una aventura militar en el exterior. Todo ello sin olvidar que el equilibrio del status quo en Siria es un factor adicional de la ambición de Obama por no entorpecer los intereses iraníes, en aras de preservar las negociaciones que eventualmente den paso a una histórica apertura de relaciones entre Washington y Teherán, como ocurriera desde 2014 entre EE UU y Cuba.
La ausencia y división europea (Ángela Merkel no acudió a una cumbre que se celebró en su país) se evidenció con la ruptura en el seno de la Unión Europea (UE) sobre el sistema de cuotas de recepción de refugiados. Francia rompió con este sistema adoptado por Berlín, confirmando cómo Europa es una entelequia cada vez más insignificante y dependiente de los pactos y acuerdos que se alcancen entre Washington y Moscú.
En 1938 la conferencia de Múnich sirvió para que Hitler ‘apaciguara’ a Francia y Gran Bretaña en su gran proyecto de expansión continental, que tuvo en la extinta Checoslovaquia y en Polonia a sus siguientes víctimas. El pacto de Munich de 2016 sacrificó Siria y a sus atribulados refugiados en una serie de pactos geopolíticos orientados a preservar el poder de las grandes potencias. Mucho no hemos cambiado.

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