Opinión

El pasado 19 de agosto se conmemoraron 22 años del golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov, entonces secretario general del Partido Comunista de la URSS desde 1985 y abanderado del reformismo amparado en la Perestroika y Glasnost. Un grupo de la línea dura, compuesto por miembros del Partido y del sector militar, inició un surrealista golpe que fracasó tres días después, dando paso a la virtual desintegración del imperio soviético, formalizada el 22 de diciembre de 1991.

Desde una perspectiva histórica, la rebelión y posterior independencia de Lituania en enero de ese año significó el punto de partida clave para el posterior final de la URSS, ampliando una metástasis del sistema que comenzó a estallar tras el fracasado golpe a Gorbachov. Es posible considerar esta perspectiva tomando en cuenta que a la crisis que vivía entonces una URSS atomizada por una autocracia instalada tras décadas de poder (la famosa nomenklatura), con su dosis aplastante de planificación y represión, se le añadieron las demandas de libertad, la crisis de legitimidad del sistema y las reivindicaciones nacionales de las 15 exrepúblicas soviéticas. Aspectos que ni siquiera la Perestroika ni el carisma de Gorbachov pudieron evitar.

Obviamente, el mundo de 1991 es diametralmente diferente al de 2013, aunque quizás no tanto. En enero de 1991, cuando los lituanos alcanzaban su independencia, EEUU proclamaba el final de la ‘guerra fría’ curiosamente abriendo otra guerra, la de Irak, que pasará a la historia por ser la primera de la ‘posguerra fría’. En 2003, los estadounidenses ‘terminaron el trabajo’ con otra guerra en Irak que convirtió a Oriente Próximo en un caos perpetuo, aunque se saciaran con la ‘misión cumplida’ de propiciar la caída de Saddam Hussein. Curiosamente, ambas guerras, la de 1991 y 2003, fueron diseñadas por la dinastía Bush, padre e hijo.

Pero el tema de esta columna es la URSS, recuerdo anquilosado de la guerra fría del que más de dos décadas después, nadie parece recordar. Quedan, obviamente, recuerdos del mismo: aunque en su simbolismo político y militar, la República Pridnestroviana de Transnistria, un Estado de facto no reconocido internacionalmente, mantiene en sus instituciones y hasta cultura política cierta fidelidad al sistema soviético. No hablemos de los ‘satélites’ y otras experiencias socialistas como Corea del Norte, China, Vietnam o Cuba, que aún siguen su camino pero bajo otras perspectivas.

La Rusia post-soviética de hoy es inevitablemente la Rusia de Vladimir Putin, el líder más importante en ese país desde el final de la URSS. Más que Boris Yeltsin, el presidente ruso que practicó la defunción del cadáver soviético para aplicar una doctrina de shock económico neoliberal, aumentando las desigualdades sociales, postrando al país ante Occidente y dando una sensación de anarquía tan evidente como sus notorios problemas de salud (o de botella, vodka mediante).

La Rusia de Putin es una entelequia postmoderna de un país ansioso por mostrarse ‘moderno’, alejado del pasado soviético. Pero el sistema, de algún modo, pervive. Putin parece resucitar cierta nostalgia de la autocracia zarista aderezada con la pesada burocracia de las elites soviéticas, hoy llamados ‘oligarcas’. La calidad democrática rusa corre paralela al visible desmoronamiento demográfico: expertos en demografía rusos vaticinan que, de continuar los actuales índices demográficos, para 2150 es posible que nazca una sola persona en el actual territorio ruso.

La ‘yihad’ de Putin contra los opositores y cualquier síntoma de disensión e, incluso, sus prohibiciones contra la comunidad gay, ha creado polémica actualmente, mientras se celebran los Mundiales de Atletismo en Moscú. Un recuerdo lejano de aquella ‘guerra fría’ durante los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 que puede reactivarse ante futuros eventos deportivos como el Mundial de Fútbol 2018, a celebrarse en Rusia. Paralelamente, el actual ‘impasse’ de Putin con Obama también parece anunciar que algunos imperativos de la guerra fría siguen vigentes, aunque al final la realpolitik obligue al diálogo. Por tanto, 22 años después del final de la URSS, la Rusia postsoviética quiere dejar de ser ‘soviética’ bajo un mar de dilemas, incertidumbres y quizás frustraciones.

 

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