Opinión

Las curiosidades políticas siempre están a la orden del día. Precisamente, el mismo día que el presidente socialista francés François Hollande recibía un duro correctivo a su gestión gubernamental, con una fuerte derrota en las elecciones municipales que confirmaron un mapa político atomizado donde la ultraderecha sube como la espuma, EE UU y Rusia acordaban en París el reparto de poder en Ucrania, Crimea y Eurasia, sin contar con ningún representante europeo.
No es todo. Hay más. Ese mismo día, el controvertido primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, y el gobernante partido islamista AKP, lograban una contundente victoria en las elecciones municipales que confirman una hegemonía política acicalada desde su llegada al poder en 2002, cuando casi todo el mundo esperaba su eclosión política.
Pero el contexto no es de nombres sino de escenarios. Hollande es una reliquia sintomática de un establishment político caduco que se va a atomizar ante el auge de la demagogia populista, visiblemente palpable de cara a las elecciones parlamentarias europeas de mayo próximo. Toda vez Erdogan puede ser un representante de un nuevo (o no tan nuevo) estilo ‘posmoderno’ de hacer política. Algunos analistas llaman a este estilo el de la “autocracia competitiva”, comprendida por líderes políticos con pretensiones hegemónicas que ganan elecciones prácticamente de carácter plebiscitario.
De éstas y de otras variables son conscientes Putin y Obama cuando, tras una conversación telefónica, decidieron hacer de París el centro neurálgico de un reparto de esferas de influencia en la geopolítica euroasiática, precisamente el “extranjero próximo” estratégico de una Europa en decadencia política.
En la capital francesa, mientras una mujer, la socialista de origen español, Anne Hidalgo, hacía historia ganando la alcaldía parisina, John Kerry y Serguei Lavrov, los representantes diplomáticos de Obama y Putin, trazaban las líneas rojas de actuación en Eurasia, sin contar con ningún líder europeo.
En medio de las guerras religiosas del siglo XVI en Francia, Enrique de Navarra, aspirante al trono francés, acuñó aquella famosa frase de “París bien vale una misa”. Hidalgo, Putin y Obama parecen ser los testigos de que la misma, seis siglos después, sigue teniendo vigencia, aunque sea simbólica.

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