Opinión

Un proyecto impulsado por el actual gobierno de Xi Jinping establece la conexión, vía terrestre y marítima, entre China y Europa, en lo que se ha denominado la Nueva Ruta de la Seda, una reproducción modernizada de la mítica trayectoria del mercader veneciano Marco Polo.
La Ruta de la Seda, que espera estar finalizada en 2025, ya ha realizado su primer transporte ferroviario desde Beijing hasta Madrid. Es un proyecto estratégico de una China pujante, que comienza a observar al mundo bajo sus propios parámetros. Lo que Xi Jinping ha venido explicando como “el sueño chino”.
Otros proyectos estratégicos son la CICA y la Casa Común Asiática, una especie Unión Europea a la china, donde Beijing observa al sureste asiático y Asia-Pacífico como su hinterland o espacio geopolítico estratégico. Obviamente, este proyecto contrasta con la Iniciativa TransPacífico de Barack Hussein Obama impulsada desde 2011, y que tiene a Australia y Nueva Zelanda, con Japón en la recámara, como socios estratégicos.
Todos estos proyectos certifican porqué progresivamente Asia irá concentrando la hegemonía global, toda vez Occidente vaya declinando (aunque no definitivamente) su poderío global. Por mucho que Beijing se esfuerce en no querer reproducir nuevas hegemonías, es irreversible e inevitable que China está preparándose para organizar un nuevo mundo bajo sus paradigmas, deseos, expectativas y ambiciones.
La Ruta de la Seda, proyecto faraónico viable, será esa punta de lanza del “sueño chino” que Beijing quiere expresar. Pero en el camino pueden ocurrir desajustes geopolíticos en una ruta estratégicamente importante, pero que verificará porqué la nueva bipolarización del poder global define un pulso tácito entre China y EE UU, entre Oriente y Occidente.

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