Opinión

La nueva ‘América profunda’

Roberto Mansilla Blanco | 21 de noviembre de 2016

Durante la campaña electoral, el polémico nuevo presidente Donald John Trump aseguraba que “en diez años surgiría un nuevo partido político formado por nuevas clases de trabajadores y asalariados precarizados por la crisis económica”. A tenor del terremoto político causado por su victoria electoral del pasado 8 de noviembre, estas palabras pueden resultar premonitorias a la hora de explicar su inesperado triunfo y lo que está por venir.
Mucho se ha hablado en estos días sobre el mundo de Trump y lo que le espera en la Casa Blanca. También sobre la explicación social de su voto. El mapa electoral 2016 parece dejarlo claro: una “marea roja” del color del Partido Republicano domina el centro, centro-oeste y partes del centro-este de EE UU. 
Del mismo modo, la victoria presidencial de Donald J. Trump y de los republicanos en la Cámara de Representantes y el Senado garantizaría, cuando menos formalmente, la estabilidad y la gobernabilidad. Otra cosa son las excentricidades del propio Trump y su incierta visión sobre los equilibrios democráticos, un factor en juego ante su polémico estilo constantemente denominado como “populista”, fortalecido por su discurso anti-establishment y despreciativo hacia la democracia representativa y liberal. 
Nadando en confusos claroscuros ideológicos, Donald John Trump parece un producto deformado de la ‘América Profunda’ de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Le habla a un segmento social racialmente blanco, étnicamente anglosajón, profundamente conservador en sus costumbres y religión (sean éstas en su versión protestante o católica), rabiosamente nacionalista, al que no le gusta la multiculturalidad propia de la inmigración (especialmente hispana, aunque Trump ganara en un estado como Florida), proteccionista en lo económico y ferviente creyente del ‘Destino Manifiesto’, esa especie de revelación providencial propia de la “excepcionalidad estadounidense”. 
Pero hoy en día, los descendientes generacionales de ese segmento ya se han urbanizado, se han ‘profesionalizado’ y han sufrido la debacle de la crisis económica del 2008. Esa masa “proletaria, trabajadora, asalariada” a la que se refería Trump no se ve políticamente representada. 
Y en las elecciones 2016 terminó dándole el voto, irónicamente, a un outsider político multimillonario beneficiado por esa misma globalización que el propio Trump se ha encargado de denunciar y criticar durante su campaña electoral. Ese mismo que estos días se atrinchera en su Trump Tower neoyorquina, especie de nueva Casa Blanca en ciernes mientras la calle curiosamente arde de indignación por su victoria. 
Por incierto y polémico, no sabemos cómo será el mundo de Trump. Pero curiosamente el estridente ‘showman’ que ahora presidirá el destino de la que por ahora sigue siendo la superpotencia, parece haber dado en el clavo con una de las claves que definen no sólo su victoria y electoral sino el germen de los conflictos sociales y políticos que le esperan a Estados Unidos de América y al mundo en los próximos años. Esas “clases de trabajadores asalariados” precarizados por la crisis. Esas clases medias súbitamente empobrecidas por el “capitalismo de casino”. Tomen nota, porque en Europa también está ascendiendo una clase política que hace el mismo diagnóstico y denuncia los mismos males.

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