Opinión

La semana pasada, tras el Consejo de Ministros, el gobierno conservador en Islandia retiró su candidatura de admisión a la Unión Europea (UE), realizada en 2009, y cuya decisión ya ha sido comunicada a Bruselas y demás instancias institucionales europeas.
El ejemplo islandés no es de menor magnitud. Este país vivió un singular proceso de “revolución ciudadana” en 2008, cuando la crisis económica mundial impactó en un país tan lejano como apacible, donde las palabras “crisis” y “corrupción” parecían un chiste. De un modo inédito e inusual, los tradicionalmente pacíficos islandeses hicieron valer sus derechos ciudadanos en plena bancarrota económica, tomaron la calle exigiendo la caída de banqueros y de una clase política desacreditada.
Con nuevos líderes y formaciones políticas, los islandeses dieron el vuelco político y electoral en 2012, eligieron nuevas autoridades y dejaron de lado las políticas de ajuste y de austeridad para conservar su Estado social del bienestar. Un ejemplo diametralmente distinto al del resto de Europa.
Hoy, Islandia parece alcanzar una meta apetecida en otras latitudes: un desempleo del 2 por ciento de la población económicamente activa. Y así, con un proceso racional de decisión, optaron por desestimar muy sutilmente su candidatura a la UE, preservando así su soberanía nacional al justificar esta decisión bajo el argumento de que “nosotros solos podemos decidir nuestro destino”.
¿Tendrá efectos el ejemplo islandés en la Unión Europea de la crisis? A tenor del descrédito de la clase política y de las elites financieras y económicas, muchos ciudadanos podrían optar por retomar el ejemplo islandés. Una perspectiva que para muchos derrumbaría los cimientos en los que se construyó el proyecto europeísta pero que más bien serviría de punto de inflexión para cambiar el crítico panorama que se presenta. Puede que esta sea la clave del exótico acertijo islandés.

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