Opinión

Cuando esta columna sea publicada, el Mundial 2014 habrá entrado en juego. Ignoro por tanto los resultados, cuyos primeros encuentros involucran a los favoritos al título, siendo ellos Brasil, España, Alemania, Portugal, Italia, Inglaterra y Argentina.
No veo conveniente hacer cábalas prematuras. Más bien, lo que me ha llamado la atención es la sensación de pesimismo actualmente existente en Brasil, país organizador y meca del fútbol mundial, pentacampeón que aspira a lograr su sexto título mundial y enterrar así, aunque sea timoratamente, la pesadilla del ‘Maracanazo’ de 1950.
En el ojo del huracán está el oneroso coste de las infraestructuras de organización, que desde 2013 ha provocado una persistente marea de protestas por parte de nuevos movimientos sociales precisamente en un país que tradicionalmente se ha caracterizado por ser prolífico en cuanto a la conformación de movimientos sociales y del altermundialismo.
Quienes aparentemente lideran e impulsan estas protestas son los que oficialmente en Brasil se denomina como la “nueva clase media”, beneficiada por los programas sociales de la era Lula y que demandan mayor atención social en educación, sanidad e infraestructuras viables. “Más educación y menos fútbol” es su lema más frecuente.
Esto demuestra un saludable cambio social y de cultura política en un país, Brasil, siempre estigmatizado con la idea de ser un “país de futuro”, un polo de desarrollo en constante despegue. Un cambio que cobra relevancia en un año electoral, donde la presidenta Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores (PT) creado por Lula Da Silva y en el poder desde 2003, se juegan una nueva reelección en octubre próximo bajo un contexto complejo.
Con este Mundial y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro de 2016, Brasil esperaba fortalecer su imagen exterior como un país “moderno”. Pero las protestas sociales nos remiten a una realidad mucho más compleja e imprevisible. Hay deficiencias en infraestructuras para transporte, educación, sanidad y servicios sociales, toda vez las desigualdades socioeconómicas siguen vigentes, a pesar del enorme esfuerzo social establecido por Lula y el PT.
Brasil es visto como una “potencia emergente” bajo parámetros establecidos en la fortaleza económica, en los intereses de inversión de las multinacionales, en una diplomacia global activa que, a grandes rasgos, reproduce igualmente los intereses de las multinacionales brasileñas, aunque también justo es decirlo con mayor conciencia social y visión Sur-Sur. Pero la realidad obliga a ver otro perfil, otro espejo, donde lo social merece ser atendido. Sólo un dato, frío pero revelador: oficialmente se reconoce que en Brasil existen 25.000 personas viviendo aún en la esclavitud, cuando ésta fue abolida en 1888.
Es curioso e irónicamente sintomático que el país que es percibido desde el exterior bajo parámetros “mercantilistas” como “fútbol y samba”, como a “alegría do povo”, no sea hoy noticia, precisamente, por un ambiente de festividad justo cuando se celebra uno de sus iconos, un Mundial de fútbol. Lo que predomina es el desconcierto y el poco entusiasmo, un clima que aparentemente no se aliviará ni siquiera con el hecho de que la ‘canarinha’ gane el Mundial y se convierta en la única hexacampeona de la historia.

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